lunes 19 de octubre de 2020
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El jesuita Vizcardo y Guzmán

miércoles 30 de septiembre de 2020 | 5:00hs.

El general Francisco Miranda en su residencia londinense tenía entre manos el documento “Carta dirigida a los españoles americanos, por uno de sus compatriotas”.  Recordó que lo recibió sin expectativa alguna suponiendo que sería uno de los tantos panfletos que circulaban sobre posibles revoluciones que podrían consumarse en la América española. Leyó sin interés, pero una vez concluido, ¡oh, sorpresa!, quedó tremendamente impresionado del texto y, conmovido, volvió a releerlo una, dos y tres veces, hasta que la lógica reflexión lo hizo entender que el contenido no expresaba artilugios de cómo hacer la revolución, sino que se trataba de un altísimo mensaje de doce largos puntos que daba sustento ideológico a la expresión más pura de la libertad de los pueblos.

 ¡Válgame Dios! exclamó regocijado, aquí están enunciadas con prístina claridad las ideas más contundentes de la emancipación americana. No es un panfleto, es un verdadero manifiesto intelectual que da sustento ético a la independencia de nuestro continente y brinda el fundamento moral de la insubordinación de los pueblos oprimidos. Reconoció que solamente la prosapia brillante de un gran erudito podía definir con clara lucidez que la *ingratitud, la injusticia, la servidumbre y la desolación*, infligidas por la corona española hacia sus súbditos coloniales, merecían la ruptura.      

¿Qué designio conmovió a este simple cura jesuita, muerto años antes que, expulsado de su patria y en la amargura del destierro, lo estimulara a desarrollar semejante manifiesto y le hiciera concebir ideas tan preclaras? ¿Acaso al enterarse de la sublevación de Tupac Amaru, que una vez apresado fuera torturado hasta morir, y su descuartizado cuerpo impiadosamente desparramado por los pueblos del Perú como escarmiento? ¿O por el breve “Dominicus ac redemptor noster” del Papa Clemente XIV que decretó la supresión definitiva de la faz de la tierra de la Orden de los Jesuitas? ¿O acaso la muerte penosamente triste del General de la Compañía de Jesús Lorenzo Ricci confinado y olvidado en la soledad de la prisión? Pobres curas que despojados de toda protección fueron recogidos como parias por la Madre Rusia, porque la curia romana les negó asilo. Curas humildes que en gesto de agradecimiento brindaron enseñanza a una generación de jóvenes rusos, transmitiéndoles, como buenos maestros, sapiencias y valores mientras trataban de subsistir precariamente como organización de hecho. ¡Podrán destruir el cuerpo, pero nunca a las hifas de la voluntad moral porque están protegidos por el Espíritu Divino! Por lo tanto, ¿Puede la simiente del mal vencer al árbol que da frutos convenientes?, ¡jamás! Porque de esos mismos frutos saldrán las semillas que harán que se reproduzcan y multipliquen. De la misma forma volverán a reproducirse estos curas heroicos y ocuparán en el futuro el lugar que se merecen en el mundo de la fe.  Miranda interpretó que la independencia de América surgida de la mente de Viscardo obligaba a los revolucionarios a poner el cuerpo y lanzarse a la lucha. Caviló un momento y se preguntó ¿Quién era esa cura pensante?

Juan Pablo Viscardo y Guzmán nació en Perú, cabecera del virreinato. Siendo muchacho ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús y tras sus votos, su hermano menor se inició como novicio en la misma orden. Pero, cuando en 1767 el rey Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas de sus dominios, Viscardo y sus compañeros fueron arrestados y arrojados en oscuras bodegas de buques. En sus recuerdos escribía:   El Papa Clemente XIII no permitió nuestro arribo a Italia aduciendo que no tenía forma de sostenernos por falta de dinero. Incluso mandó a decir que sus cañones apuntaban a los barcos, sin contemplar que estuvimos hacinados por siete meses en bodegas convertidas en prisión. Cuando bajamos a tierra parecíamos espectros macilentos, pero no doblegados espiritualmente porque manteníamos con fuerza y entereza la llama sagrada de la fe. La misma que conservamos los seis mil jesuitas expulsados de todas las edades. Los hubo jóvenes y ancianos, de los cuales algunos quedaron para siempre en el camino. Indignación causó nuestro violento despido de los que bien nos querían y del humilde pueblo. Es que despidieron a los curas que enseñaban en los colegios y en las universidades; los que cuidaban en lazaretos enfermos olvidados; los que atendían hospitales, los asilos de niños y de ancianos; los que prolijamente anotaban los nacimientos y fallecimientos; los que realizaban bautismos y bodas; los que capacitaban en los talleres, enseñaban trabajos manuales y daban la extremaunción en la última asistencia espiritual a los mortales. Y a quienes levantaron la Nación Misionera bajo un régimen socialista y humanista como jamás hubo en la tierra.

Así el Rey perdió a sus mejores sostenes, pues eliminó a los soldados que cuidaban sus fronteras con el ejército indiano y creó, con su actitud despótica, ánimos de subversión en vastos sectores de América que ya empezaban a reclamar libertad, ergo, insuflando aires independentistas a los más osados. Es lo que brotó en mi ser y me impulsó a escribir la carta a los americanos españoles que instigaba a la rebelión.

En tiempo actual, el tercer congreso de Historia de América realizado en Buenos Aires, reconoció a Viscardo y Guzmán como el primer precursor ideológico de la independencia americana. Cabe preguntar ¿cómo es posible que una compañía fundada en 1540 por diez jesuitas humildes sin capital ni plan económico llegó a ser la más influyente del mundo? Si hay respuesta, es porque impusieron auto disciplina y formación de liderazgo bajo el lema *trabaja como si el éxito dependiera de tu propio esfuerzo, pero confía como si todo dependiera de Dios*. De manera que hoy, por medio de 22 mil curas repartidos por el mundo, influyen y dirigen 2 mil instituciones en más de 115 países. Y la pregunta visceral: ¿Cómo sería Misiones y nuestra Argentina si no hubieran sido expulsados?

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