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La virgen de la tía Eleodora

domingo 27 de septiembre de 2020 | 0:30hs.
La virgen de la tía Eleodora

Aníbal Silvero

Jeremías pasó por enfrente de la ermita y se persignó. No pudo evitarlo, un sentimiento indescriptible de confusión se apoderó de toda su mente, y daba vueltas en su corazón como un remolino. Cruzó la cerca de un solo salto e increpó a Tobías.

Esto no es posible, decía, tiene que haber otra solución, tal vez no pensamos lo suficiente. Tobías, a pesar de ser siempre un joven bastante controlado no pudo evitar mostrar la cara sudorosa. Ya lo pensamos bastante Jeremías, pero todavía hay tiempo de volver para atrás. Jeremías lo miró preocupadamente, dibujó a través de su rostro la posibilidad de una gran abominación, de un error no resarcible. Yo amo a la chica, le dijo, el amor debería limpiar la infamia.

El mediodía mostraba su cara más calcinante, el calor se reflejaba en la tierra colorada y subía por sus cuerpos como una llama silenciosa, como un pequeño infierno campesino.

Los muchachos decidieron realizar la operación esa misma noche.

Cuando Jeremías llegó a la casa de la tía Eleodora, el corazón le palpitaba inquietantemente, la boca se le llenaba de agua y las manos le sudaban copiosamente.

La tía Eleodora, que había criado a Jeremías desde su nacimiento, tenía la ermita más grande del pueblo. A través de sus ahorros, había logrado comprar a un grupo carismático brasilero la impresionante pieza. Medía un metro setenta y estaba cuidado hasta en los más mínimos detalles. Sus facciones eran impecables, las señoras que solían reunirse a la novena solían exclamar que en cualquier momento la efigie cobraría vida. La virgen inmaculada de la tía Eleodora era la más famosa del pueblo y sus alrededores, y hasta se le atribuyeron algunas curaciones.

 La tía Eleodora había hecho tortas fritas y esperaba a Jeremías con la misma sonrisa de siempre. Le sirvió mate cocido y le preguntó cómo le había ido en el viaje. Bien, respondió él, callando sus marcadas vivencias en Santa Teresita, donde había ido con Tobías a vender “compacts” de películas. Bien, se repitió a sí mismo en silencio, intentando ocultarse el haber conocido a Juanita y acostarse con ella.

Mañana, ya sabés, hay novena temprano, a eso de las seis, dijo la tía, ofreciéndole pan casero y miel, por si aún no se había llenado con las tortas fritas. Sí, sí, lo recuerdo, contestó el joven, mientras la cabeza le daba vueltas a mil por hora.

Esperó que la tía Eleodora se durmiera, y a eso de las 12, salió a la cerca, allí, muy cerca de la ermita, estaba Tobías, esperando.

La miro y recontramiro y cada vez me animo menos, le dijo Tobías a su amigo, señalando la ermita. Yo tampoco me animo, dijo Jeremías, pero creo que tengo que hacerlo.

Abrieron la ermita con la llave que Jeremías había sustraído a su tía y sacaron a la virgen. Uno agarrándola de la cabeza, otro de los pies la llevaron hacia el monte más cercano. El trillo parecía cada vez más angosto, más asfixiante; Tobías tenía la impresión que las pocas yararás que había en el monte, huían espantadas. Un extraño vaho de calor sumió esa parte del monte. Ya en el claro, Juanita, quien estaba esperando, observó el cuadro semi-horrorizada. No podemos hacer esto, no, gritó preocupadamente. Jeremías la tomó del brazo, y besó repetidamente su mejilla y su frente. Yo te amo, es la única razón por la que hago esto, le dijo. ¿Y por qué no podés simplemente presentarme a la tía Eleodora?, le preguntó ella. Porque sos una chica de la calle, contestó secamente Jeremías, tardarán unos días en averiguar quien sos y nos echarían a ambos de la ciudad. Tobías miraba la escena con mucho estupor, y ya comenzaban a temblarle las manos cuando Jeremías le hizo una seña que deberían desvestir a la virgen. Le sacaron la ropa a la estatua, y se la dieron a Juanita, ésta se la puso con mucho temor y confusión. Acompañaron a Juanita hasta lo de la tía Eleodora, y la ayudaron a entrar en la ermita que Jeremías cerró con el candado. Tobías cuidó de poner un velo sobre el rostro de ella. Ya era cerca de las 4, se despidieron y Jeremías fue a su habitación a intentar dormir. Obviamente, no pudo. A las 5 la tía estaba caminando en la cocina, preparando su mate y recibiendo a las mujeres del pueblo que venían entusiasmadas a rezar la novena. Una de las vecinas, Doña Jacinta, había dado la voz de alarma: al pasar por frente de la ermita, vio un extraño velo sobre el rostro de la virgen, lo que le pareció un signo milagroso.

Quizá sea una señal de algo que está por ocurrir en el pueblo, dijo doña Filomena, aún más asustada. Una a una, las mujeres fueron viniendo a la casa y se sorprendían por la extraña aparición del velo en la estatua, y a eso de las seis, ya completa la cantidad de vecinas, comenzaron a rezar el rosario.

Tobías y Jeremías permanecieron detrás, esperando el momento. Cuando creyó conveniente, Jeremías gritó: ¡La virgen se mueve! Todas las mujeres quedaron estupefactas ante el grito de Jeremías, y más aún cuando vieron a su virgen realizar pequeños movimientos con la mano. Ninguna de las señoras supo cómo reaccionar, menos la tía Eleodora, así que Jeremías fue a buscar la llave de la cocina y abrió la ermita. Lentamente, ante la mirada atónita de más de treinta fervientes rezadoras, la virgen inmaculada comenzó a caminar en el patio. Doña Filomena se desmayó y alguien corrió a traerle un vaso de agua. Tobías se acercó y lentamente quitó el velo a la virgen, la cara de Juanita brillaba como nunca, en la madrugada de Villa Elisa.

Una de las vecinas pareció recuperar la palabra. ¿Es usted la virgen?, le preguntó.

No, respondió la chica, no sé qué hago aquí, estaba en mi ciudad, en Santa Teresita, y de pronto aparecí acá, explicó como confundida.

¿Y qué estabas haciendo? Preguntó otra de las señoras. Juanita bajó la cabeza.

Debe ser una chica de la calle, comentó Doña Jacinta por lo bajo, pero muchas de las rezadoras pensaron lo mismo.

¡Un milagro de la Virgen!, gritó una de ellas, eufórica por la situación. Cierto, sí, sí, un milagro, murmuraban todas las viejas al unísono. Pasado un poco el estupor, llevaron a Juanita a la cocina, la tía Eleodora preparó mate, y todas las mujeres se sentaron alrededor de la chica aparecida milagrosamente y le hacían muchas preguntas, unas tras otras. Juanita contestó con sinceridad todo, excepto el hecho de su aparición en la ermita, como le habían indicado Jeremías y Tobías, se debía fingir el milagro, era la única posibilidad de aceptación en un pueblo tan pero tan católico. Y efectivamente, la tía Eleodora, conmovida por la triste historia de Juanita y por la forma en que había aparecido en su casa, la invitó a quedarse. Es justo lo que Jeremías planeaba. Ya se había completado la idea que Tobías y Jeremías habían elucubrado.

Pero faltaba algo aún.

A la tarde, los muchachos fueron al monte y cavaron un pozo bastante profundo, allí arrojaron la estatua de la virgen y la taparon con tierra.

Tiempo después, Jeremías logró casarse con Juanita, ésta parecía muy feliz. Jeremías en cambio, vivía mortificado. El recuerdo de los hechos le carcomía las entrañas y cada vez que pasaba frente a la ermita vacía, le embargaba un remordimiento muy fuerte, a tal punto que a veces se largaba a llorar solo. Las mujeres de la novena ya habían comenzado a ahorrar para comprar otra virgen, pero ninguna se compararía a aquella que una noche, él había enterrado desnuda en lo profundo del monte, para cambiarla por una chica de la calle, a quien había conocido por casualidad y se había enamorado 15 minutos después. No se comparaba con aquella virgen que desde pequeño era la dadora de bendiciones, aquella que, de parte de la tía Eleodora, le hizo crecer sano y fuerte aún con lo poco que tenían.

Jeremías ya no podía saltar más la cerca, pues su corazón se le estreñía y le daba puntadas insistentes. Salía con paso lento a través del portón, aunque evitando ver la ermita que brillaba con sepulcral vacuidad al costado derecho del patio. Las pesadillas en su lecho se hicieron cada vez más frecuentes, a tal punto que ya no tenía relación alguna con Juanita.

Un día Jeremías desapareció, dejaron de verlo por todas partes y nadie supo más de él.

Su mejor amigo, Tobías, se encerró desde entonces en su casita de machimbre sin atender a nadie. ¡Váyanse!, solía gritar casi fuera de sí a los curiosos que se acercaban a visitarle, mientras se servía otra medida de caña en su vasito de plástico. Y recordaba, claro que recordaba, cuando varios días atrás había ido al claro del monte y encontró a Jeremías desangrado con su propia navaja. Recordaba perfectamente cuando cavó el pozo en la tierra, y arrojó el cuerpo de Jeremías, muy cerca de la virgen desnuda.

Tobías, entre caña y caña, se sentía seguro, pensaba que se sentía casi seguro, que había hecho lo que había que hacer.

Relato incluido en el libro “Cuentos sin Espacios”, del escritor misionero nacido en Posadas, libro publicado en edición limitada por la Casa de la Moneda. Más textos del autor en su página web: www.silvero.com.ar
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