lunes 26 de octubre de 2020
Lluvia moderada 25.1ºc | Posadas

Sutiles visiones de ultratumba

domingo 20 de septiembre de 2020 | 4:30hs.
Sutiles visiones de ultratumba

Luis Ángel Larraburu

La tarde iniciaba su retirada hacia Occidente y la noche se anunciaba como una de las más calurosas del año.  Era el viernes 29 de enero de 2010. Villa Obtusa, casi adormecida por el intenso calor, soportaba temperaturas récord en los anales de la meteorología lugareña.

Cuando las luces del crepúsculo teñían el paisaje de un fuerte tono rojizo, el vehículo que trasladaba al periodista posadeño Aguara-í detuvo su marcha frente a la cantina del Club Social, y de él descendieron sus ocupantes muertos de calor, ya que el rodado no contaba con aire acondicionado, tan necesario en los tiempos actuales.

Aguara-í y dos acompañantes, auxiliares del periodista, llegaban a Villa Obtusa cumplimentando la invitación del Intendente municipal, con la intención de pernoctar en una pensión del centro de la localidad, para proseguir la marcha a la mañana siguiente con destino a distintos puntos de la colonia para dar tratamiento, a modo de noticia, de la serie de sucesos extraños y asombrosos que acontecían y que mantenían en vilo a los habitantes del lugar.

Por ello, no fue de extrañar que, luego de la cena, los viajeros se integraran a una rueda de parroquianos quienes, frente a un gran ventilador encendido, dejaban deslizar extrañas historias de fantasmas y aparecidos, para el asombro y, por qué no, para entretenimiento de los integrantes del grupo. Una manera más de pasar el tiempo en las calurosas noches del poblado.

Entre tereré y copas de bebidas heladas, se habló de cosas misteriosas que, según los circunstanciales narradores, ocurrían ahisito nomás, a la vuelta de cualquier esquina o de cualquier recodo de los solitarios caminos rurales de la zona desde hacía más de un mes, “echándose al tapete”, como para hacer más interesante la cosa, la narración de algunos viejos fenómenos sobrenaturales como “la mujer sin cabeza” que solía aparecer detrás del cementerio, en proximidades de cada Semana Santa. Varios testigos afirmaron haberla visto y hasta hubo quien se atrevió a dar la identidad del fantasma, una antigua mujer vecina del lugar que muriera de causas nunca esclarecidas.

 La luz mala fue objeto de variadas interpretaciones, según el criterio de quienes la vieron en distintas oportunidades y en lugares muy distantes uno del otro. Hasta se discutió sobre el voltaje de la misma y si ésta estaba generada por corriente continua o por corriente alternada.

Todo eso y mucho más.
Llegada la medianoche, la sensación de misterio se había apoderado de todos los concurrentes, mientras los recién llegados mantenían un relativo y respetuoso silencio, expresando de vez en cuando alguna que otra frase o interjección de asombro por las cosas que allí se narraban, y participando de las conversaciones de índole general cuando les tocaba intervenir.

Cuando las expectativas del grupo ya estaban colmadas de tanto asombro por las narraciones escuchadas, un vecino de Villa Obtusa, integrante de la rueda de relatos, dirigiéndose de manera muy amable y respetuosa al periodista, le lanzó un público desafío:

-”A ver usted, don Aguará, si en su nota Osununú del diario El Territorio, y como corolario de todas estas cosas que hemos disfrutado esta noche, nos regala con algún cuento de fantasmas, pero que sea original. No nos venga con el asunto ese de la hermosa mujer que dejó olvidada una prenda en el taxi y luego, al intentar devolvérsela, el taxista se enteró, por medio de la madre de la chica, que ésta se había muerto unos días atrás. Cuéntenos algo novedoso…”.

El periodista sonrió y guardó silencio. Unos minutos después, los integrantes de la rueda se despidieron y cada uno emprendió el regreso a su hogar, o a donde fuere.

Al día siguiente, el equipo de Aguara-í prosiguió la marcha para cumplir su tarea. No se supo más de él hasta el lunes siguiente, primero de febrero, cuando al abrir las páginas del diario El Territorio, los lectores de Osununú encontraron una cordial dedicatoria y un texto no muy extenso pero que causó la admiración de sus lectores y que decía:

El anuncio postrero
“Hay movimiento fabril en el muelle del viejo puerto, se mueven guinches, canta la bodega, humean pipas, graznan las gaviotas. Se levantan puentes, se sueltan amarras, se alza ancla, y en doloroso gesto se agita abajo un pañuelo”.

“Proa al horizonte, hacia la contienda de nubes se empeñan las calderas como soles”.

“Al rato el barco ya es en el pañuelo del muelle, un recuerdo, y en el mundo concreto apenas un puntito extraviado en el océano, como esas lejanas estrellas de tan baja magnitud que no conmueven pupilas de musas”.

“La tripulación, ociosa y errabunda, con sueños de ron duerme en sus camarotes. Sólo tienen los ojos abiertos el vigía y el timonel de turno. Y alguien más. En la cubierta del barco, que ha perdido forma para el universo, apoyado sobre la baranda, un marinero insomne, sombra en la noche, medita con cierta desazón. “¿Qué puertos le esperan? ¿Cuándo volverá al que ha dejado?” se pregunta. Entonces ve, o le parece ver, un bulto entre la bruma; se acerca una embarcación menor. Ya oye el aquietamiento de los remos sobre las olas y por la escalerilla de estribor aborda una dama. Impercibido, el bello espectro se acerca sin hablar y le mira a los ojos tristemente. El marinero exclama: ¡madre! y su madre, no caben dudas que lo es, tras alzar la mano en despedida, se difuma hacia la popa y desaparece como una visión afiebrada”.

“Días después al arribar al nuevo puerto el marinero taciturno presiente algo inexorablemente trágico. Viaja por tierra a su pueblo. Reconoce el camino cuando divisa a lo lejos las luces del malecón. Más allá está su casa, apura al cochero. ¡Allí está su madre! que al verlo se sacude de sus idénticas desazones, las mismas que él sintió, y exclama espantada como quien ve a un fantasma: ¡Hijo!”.

“No hay movimiento fabril en el puerto de guinches quietos. No hay gaviotas. Ni se levantan puentes, ni se sueltan amarras, y menos aún se alza ancla; a diferencia de aquella bifurcación del tiempo, nadie agita ningún pañuelo porque ha muerto un marinero”.

* * * * * * *

Aguara-í, aunque en silencio, había aceptado el desafío y, desde su particular manera de ver el mundo, desde tierra firme, regalaba a sus circunstanciales amigos un cuento de alta mar, con sutiles visiones de ultratumba.

El presente relato forma parte del libro Pueblo Fantasma. Larraburu es autor además de El Monje Negro, En los pagos de oro verde, Sobre duendes, mitos y leyendas, entre otros.

Te puede interesar
Ultimas noticias