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El mito del kechuita

domingo 06 de septiembre de 2020 | 5:00hs.
El mito del kechuita
Por Alfredo Poenitz

Por Alfredo Poenitz Historiador

La incomparable experiencia vivida entre guaraníes y jesuitas perduró en los mitos y leyendas que se fueron transmitiendo de generación en generación a lo largo de más de dos siglos entre los nuevos pueblos guaraníes que fueron ocupando el espacio que había sido abandonado por sus hermanos frustrados por la “utopía” jesuítica. Estos grupos indígenas, como hemos repetido en varias ocasiones, se mezclaron con los criollos, produciendo un mestizaje que caracteriza al hombre del Litoral en los tiempos actuales.

Los nuevos avá no sólo reocuparon sus selvas, sino que también tomaron elementos de su historia, la interpretaron a su manera y la incorporaron a su milenaria espiritualidad ancestral. Entre esos mitos se destaca el del kechuita, que se halla firmemente incorporado a la mitología de los mbya, quienes relatan que “un varón virtuoso (el kechuita) había alcanzado la perfección espiritual (agwyjé) gracias a su amor al prójimo. Sin sufrir la prueba de la muerte se traslada al país de los bienaventurados, el ‘Yvy mará he´y’ (la Tierra sin Mal), donde él mismo crea, al igual que otros hombres divinizados a lo largo del peregrinar, su propia morada en la tierra áurea. Antes de su partida pidió a su pueblo que ‘siguiesen sus huellas y superen sus obstáculos’ para poder gozar también de ese país. De lo contrario, quedarían abandonados. Dicho esto, partió en su ‘apyka’, una especie de silla de montar, y nunca más regresó”.

Esto lo ha escrito León Cadogan, un autodidacta paraguayo, quien vivió entre los mbya y a quien le debemos el entendimiento de la espiritualidad de los guaraníes de hoy. Se sobrentiende que el varón virtuoso, el kechuita, es una figura legendaria que recuerda el paso de los sacerdotes de la Compañía de Jesús en el pueblo guaraní. Es evidente que lo que se mitifica es la expulsión de los jesuitas. Pero la utilización del singular “el kechuita” y no del plural “los kechuitas” origina interrogantes acerca de la existencia de algún cura en particular que haya inspirado el mito. El pai Martínez, antiguo cacique de Fracrán, comentaba que le habían contado que “un padre pudo escapar de su apresamiento y que vivió muchos años entre ellos y que les prometió reencontrarse algún día…”. Y este mito, como la mayoría de ellos, tiene en la historia su explicación. Hacia 1792, cuando el caos y la decadencia de los pueblos guaraníes después de la expulsión de los jesuitas había llevado a implementar una serie de infructuosas políticas de salvamento por parte de la corona española, un rumor sacudió a la corte del rey Carlos IV: un furtivo sacerdote jesuita había quedado escondido en los montes cercanos al pueblo de San Carlos. Hacía ya 24 años que los padres habían sido expulsados de la Provincia del Paraguay. Sin embargo, el rey creyó la historia y ordenó su inmediato apresamiento junto con la apertura de un sumario “que compruebe que es un jesuita quien seguramente es el promotor del caos de las misiones mediante malas influencias sobre los guaraníes en contra de España”. La orden fue remitida al virrey del Río de la Plata, Nicolás Arredondo, y éste la trasladó al gobernador del Paraguay, Joaquín de Alós. Éste, por su parte, consultó al gobernador de Misiones, Francisco Bruno de Zabala, quien finalmente inició la investigación. Toda la región misionera fue rastrillada. Se consultó a los administradores de los pueblos, se apercibió a los comisarios, caciques y a los propios indios con amenazas de duros castigos a quienes ocultaran información. Sin embargo, después de un tiempo, desalentado, Zabala responde que “del tal jesuita no hay noticias”. Indica Bartomeu Melia que “si esas autoridades hubieran averiguado conversaciones y consejas, que toman las cambiantes formas del fuego chisporroteante alrededor del cual se tejen las fábulas, se habrían percatado que efectivamente ya había nacido la leyenda del jesuita oculto y omnipresente en los montes de las antiguas Misiones”.

¿Quién era ese tal jesuita “oculto entre los montes”? ¿Había quedado realmente algún sacerdote por estos lares? Sí. Francisco Brabo, quien catalogó los inventarios de los pueblos después de la expulsión, da cuenta que cuando llegaron los ejecutores de la orden real al pueblo de Apóstoles, se encontraron que un viejo sacerdote de 82 años, enfermo y postrado en una cama desde hacía varios años, no podía ser trasladado a Yapeyú junto con el resto de los expulsos para, desde ahí remitirlos a Europa. Por eso decidieron dejarlo bajo el cuidado del nuevo sacerdote del pueblo, un mercedario. 

El padre Furlong, principal cronista de la Historia de las Misiones Jesuíticas, dice que este sacerdote, el padre Francisco Asperger, nacido en Insbruck en 1678,  vivió en Apóstoles por cuatro años más después de la expulsión y falleció allí en noviembre de 1772, siendo enterrado en el altar de esa Iglesia. Fue famoso por sus descubrimientos de hierbas medicinales y por su capacidad de “sanador”.

Félix de Azara escuchó la historia del “jesuita oculto” cuando estuvo demarcando las fronteras entre España y Portugal. En su obra ‘Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay y Misiones de Guaraníes’ relata que el “último jesuita” habría muerto a la edad de 114 años. Pero la fábula llegó aún más lejos. En la década de 1820, cuando esta región estaba prácticamente desierta, un viajero alemán, Johann Rudolph Rengger, narra que entre los indios del lugar “hay un jesuita, al cual honran como padre y consejero, el cual es tan viejo y decrépito que todos los días deben sacarlo al sol para que se caliente”.

Y en los tiempos presentes, el mito sigue vivo. Es común escuchar en las áreas rurales de Corrientes y Misiones historias que hablan de sacerdotes que viven ocultos en los montes, que se han transformado en inaccesibles a partir de la vivencia de estos mitos. O aquel otro mito que perdura en San José, que relata la presencia de un jesuita que custodia la cripta en la que están enterrados sus compañeros para que descansen en paz. Historias constadas y retransmitidas por generaciones con nuevos matices, pero que forman parte de un único hecho histórico interpretado de diferentes maneras de acuerdo a la región donde se ha originado el relato.
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