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“¡Había sido tan linda tu voz!”

domingo 06 de septiembre de 2020 | 5:30hs.
“¡Había sido tan linda tu voz!”

Guillermo López Gómez

Por una u otra razón, el arroyo San Alonso tenía el mote de ser un lugar extraño, tanto así que se contaban de a cientos los relatos de cosas inexplicables; como algún porteño que terminó sus días refugiados en una iglesia al encontrar junto a su carpa pisadas  que iban y venían hacia todas direcciones y  se perdían en el barrial lindante al arroyo. Unos por escépticos alegaban que lo de ese sitio era solamente causa de  los gases que provenientes de algunas curtiembres ubicadas en las proximidades de la zona, volvían tan tóxico el ambiente que los paseantes terminaban por alucinar o sufrir ataques de pánico. Otros más entrados en años, decían que lo que ocurría ahí era causa de los “entierros” que databan de la guerra del Paraguay cuando muchas familias adineradas realizaban  rituales a los dioses para luego ocultar y poner en resguardo sus objetos de valor-siempre con la intención de volver por ellos ni bien acabase la contienda.

Por lo pronto la gente, circulaba por el puente para ir de un pueblo a otro. Fue en una tarde calurosa,  en la que Jorge un poco  abombado, se encontraba en medio de la ruta vacía, el asfalto brillante y seco a su alrededor y las curvaturas, hacían del paisaje un caleidoscopio. La carretera, era una serpiente de mil colores que zigzagueaba continuamente entre monte y valles cargados de más monte.  Pensaba que ese calor y ese olor pestilente no eran normales, sentía un dolor de cabeza que le cruzaba el cráneo de este a oeste. Se distraía imaginando la cerveza helada que se tomaría al llegar a su destino. Además, el aire acondicionado de su vehículo había dejado de funcionar hace unas semanas, las gotas de sudor se derramaban una tras otra sobre su espalda. A  lo lejos divisó  la  figura de un policía, de rostro brumoso  que parecía  atornillado a la banquina junto a otro sujeto, sin remera y algo desprolijo. Discutían.  Unas cuantas leguas lo separaban del pueblo a donde se dirigía, y al pasar por el puente, pensó que lo mejor era detenerse un instante, a fumar un cigarrito en la baranda, ya lo había hecho antes pero para su mala suerte se le habían acabado. De repente vio que desde el asiento del acompañante, emanaba una pequeña humareda, corrió asustado a ver que lo estaba causando y se sorprendió al ver sentado en el asiento al sujeto desprolijo que  antes discutía con el policía.

Le pareció extraño, ya  que lo había cruzado muchos kilómetros por detrás, pero volviendo sobre sus pensamientos creyó que debía ser el calor abrumador.

Inmediatamente el muchacho hizo  un comentario sobre  la mala fama del lugar, le dio unas pitadas al cigarro que cargaba entre sus dedos, y luego lo convidó a Jorge que gustoso le dio unas cuantas bocanadas como si fuera el último pucho del mundo.

Iba a decirle al sujeto que era de muy mal gusto presentarse así en auto ajeno. Aquel, mientras observaba por la ventana del  acompañante, le dijo -riendo irónicamente-  que  su neumático estaba a punto de salirse del eje. Asombrado, Jorge giró la cabeza instantáneamente, hacia la rueda delantera. Cuando volvió a mirar,  vio al muchacho dirigirse  en dirección al arroyo bajando por un desfiladero no muy empinado lleno de barro y palos secos.

Sin darle mayor importancia, al asunto se acomodó al volante nuevamente. Iba a arrancar el vehículo,  cuando notó -a través de la polvareda que había dejado el sujeto, bajando hacia el arroyo- que el policía, que había estado discutiendo varios kilómetros atrás, ahora caminaba directo hacia él. Jorge dio un golpe de vista al  pucho que aun humeaba,  -en el aire fétido de la siesta le pareció  una flor de jazmín soltando su aroma, además le llamaron  la atención unos chapoteos y carcajadas que venían desde la parte inferior del puente-.   Volvió a salir del auto, observando disimuladamente la rueda delantera, que no parecía estar fuera de lo normal.

Mientras aguardaba al policía se asomó un instante, a la baranda desde donde observaba a dos jóvenes sentados en la vera del riacho, que entre risas y jolgorio conversaban.

-A veces es bueno escuchar, como solía escucharte yo cantar, pero al revés, mientras se enjuagaba los pies, que blanquecinos jugueteaban con el pedregal del arroyo San Alonso. Cuantas veces te lo tengo que repetir, -dijo graciosamente  una chica sin dejar de observar su reflejo en el agua casi podrida, sin embargo ese metro y medio donde se miraba estaba cristalino-. Sobre ellos el puente y la ruta, brillantes. El sol se reflejaba en el agua verdacea del arroyo donde las moscas revoloteaban sobre algún espejo poco profundo, alrededor de algunos peces que inútilmente luchaban por un poco de oxígeno. El aire a esas horas ya era algo irrespirable, causa del tufo de las fábricas que impunemente arrojaban sus desperdicios sobre la naturaleza y de algunos animales muertos cuya carroña al sol destilaba un olor nauseabundo.

-La polvareda, casi terminaba de disiparse- Jorge casi sobre el pavimento aguardaba al policía,  que a unos cuantos metros venía tranquilamente hacia él haciéndole algún tipo de seña para que no arrancase el vehículo. Miró de reojo hacia los jóvenes que  en el arroyo reían alegremente. En ese ínterin,  en ese parpadeo el uniformado se esfumó en medio del asfalto, y Jorge, incrédulo se quedó parado en medio de la ruta, tapándose la nariz y haciéndose víscera con las manos hacia todos lados, intentando ver quizás si aquel  se había refugiado en alguna sombra. Nada.  Se lo había tragado la tierra.

Los autos pasaban a toda velocidad tocándole bocina y gritándole improperios pero Jorge, parecía estaqueado sin entender que había ocurrido. De repente un estruendo, y la cubierta delantera se desprendió, cuyo impacto contra el asfalto hirviente, lanzó una mínima chispa.

 Braulio era uno de los jóvenes    que metros más abajo “parlaba” alegremente, aunque no recordaba haber iniciado conversación ni haber visto nunca a la chica. Se dejaba llevar  de una manera extraña y natural.

Ella le hablaba como si solo hubiesen pasado unos días sin verse. Luego se pusieron de pie, y caminaron algunos metros por la ribera. Conversando  de muchas cosas, hasta que comenzó a oírse un ruido como de alguien acercándose a grandes zancadas en el arroyo, era un sujeto que bajaba tranquilamente desde la ruta con pantalones rotos, mirada sería y ojos inexistentes.

Antes de que pudiese preguntar, Braulio notó que la joven se le acercaba lentamente, aunque todavía sin poder vislumbrar su cara, las palabras que salieron de su boca, invisible por una bruma que apareció en un instante y  que bien podía ser por la pestilencia del ambiente o por algo sobrenatural, le propinaron  una catarata de sudor frio y pegajoso

_ ¡Braulio, había sido tan linda tu voz!  -Haciendo un ademán dulce con el rostro- y  tomándolo por el mentón, le sonrió por última vez, avanzando tranquilamente hasta encontrarse con el muchacho harapiento, que antes había cruzado salpicando el agua embarrada del arroyo,  dejando a  Braulio  algunas manchas marron-verdaceas en la pierna.

Juntos, la joven y el extraño se perdieron en la alborada. La espesura del monte los abrazaría hasta desaparecer, como si  se camuflaran con el brillo de la luna, luciendo de repente un verde entre musgo y esmeralda

Luego de eso, la calma y el olor que del  tabaco de Jorge que parado en la baranda del puente se había quedado a esperar una grúa,  fumando todavía incredulo y observando la escena.

Mucho después de aquellos sucesos extraños, Braulio supo de un tío abuelo suyo llamado igual que él. Aunque vivió casi 90 años, desde muy joven se quedó completamente mudo. Dicen que una vez fue a nadar al  arroyo,  y al  volver temblaba y  que  jamás volvió a pronunciar una sola palabra.

López Gómez es profesor de Historia, nacido hace 30 años en la provincia de Corrientes. Reside en Oberá.
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