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Esto no es un cuento

domingo 06 de septiembre de 2020 | 1:30hs.
Esto no es un cuento

Evelin Rucker

Domingo, diez y treinta de la mañana.

Suena el timbre de casa, abro la puerta y un hombre de sonrisa plena me muestra mi billetera.

¡Mi billetera!

Bueno, esto fue hace algunas primaveras atrás; porque era primavera. Y era primavera en Posadas y en Villa Sarita, mi barrio.

Villa Sarita es un lugar amigable donde los vecinos se sientan a tomar fresco en la vereda, donde las casas son de puertas a la calle, como la mía y tenemos el almacén cerca que a veces hasta nos fía.

-La encontré, tenía esta dirección y su documento -me dijo.

Lo observo sonriendo ahora yo también.

-¡Si!, es mía.

Y entonces comienzo a verlo más allá de la alegría. Es un señor mayor, de más o menos mi edad, le faltan algunos dientes en la cara amistosa. Viste humildemente y sostiene una bicicleta herrumbrada y vieja que lo trajo hasta mi casa.

- No tenía dinero -me dice casi a modo de excusa, como doliéndose por no poder entregarla completa.

- No había dinero -le digo yo. Evité comentarle que además del documento, tarjetas y una sube de Buenos Aires, tenía un papelito viejo y arrugado con un corazón dibujado y un te quiero de esos que necesito tener siempre cerca. No era necesario explicarle el tesoro que había ahí adentro.

¿Saben qué pasa?, ese papelito… ese papelito era importante, y creo que él lo supo.

Su mirada fue de alivio.

- ¿Cuánto le debo? –dije en el momento en que depositaba la billetera en mis manos.

- ¡No, por favor! Es suya; se la traje.

- Si, pero permítame a mí también regalarle algo.

Negó con la cabeza.

Volvió a sonreírme mientras pedaleaba alejándose. Vi otra vez la pobreza material que lo envolvía y la dignidad majestuosa de su porte.

Esto no es un cuento. Sucedió realmente una mañana. No apareció en los diarios y no habrá manera de que algún periodista le haga una entrevista en la que cuente la historia ya que no había dinero; ni dólares ni euros ni miles de pesos.

Además, y como un dato no menor, cuando chequeé este recuerdo me di cuenta de que no sé su nombre.

Los ángeles y los duendes no siempre tienen nombre, pero yo, a partir de aquella mañana de domingo, volví a creer en los hombres buenos.

Relato inédito. Rucker es docente, crítica literaria. Integrante de la Asociación de Escritores de Literatura Infantil y Juvenil de Misiones

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