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Ficción súbita de terror

domingo 30 de agosto de 2020 | 6:55hs.
Ficción súbita de terror
Rogelio Dalmaroni

Después que se arrojó por la ventana y cayó dislocado sobre el asfalto. Su padre, que era muy meticuloso, bajó inmediatamente para acomodarle el cuerpo, limpiarle la cara de sangre, ponerle el barbijo y abotonarle el saco. Antes de que se llenara de curiosos.

Final abierto
“…hambrientas, atraviesan el desierto, las infinitas plantaciones de R2 y las ciudades vacías, en busca de carne animal o humana. Ya no encuentran. Comienzan a comerse entre ellas.
Los últimos humanos sobreviven en plataformas flotantes en las aguas cálidas y oscuras de la Antártida. Están afectados por un retrovirus porcino y les avanza una parálisis muscular.”
Estaba cerrando el cuento, pero decide descansar y continuar al otro día.
Tiene un extraño presentimiento. Se levanta y camina hacia la ventana lentamente, como no queriendo llegar a ella.
Al abrirla…se encuentra con millones de ellas… a pocos metros.
Desesperado intenta volver al escritorio, pero el orín de una de las hormigas lo paraliza y rápidamente lo devoran.


Otoño en París

Con sesenta años y unos kilos de más, aunque aún atractiva, a Josefina le estaba ocurriendo lo previsible, sus clientes de años dejaron de llamarla y en La Biela, a donde iba todas las mañanas, ya nadie buscaba levantarla.
Acepta la persistente invitación de Pierre para visitarlo en París; un diplomático retirado, viudo, con el que había tenido una relación sentimental en Buenos Aires hace varios años.
El primer día fueron a almorzar al elegante Le Grand Véfour.
Era un luminoso día de mayo.
Él estaba envejecido, con 76 años, pero conservaba la pinta y seguía siendo tan agradable como cuando lo conoció.
Ella estaba ilusionada, se sentía muy bien con él.
Pierre se percató de que la mujer de la mesa de al lado se dejó olvidado su bolso y llamó al mozo para avisarle.
Estalló la bomba.

Rutina

Se levantó el domingo media hora más tarde que el resto de la semana, preparó el desayuno, le dio de comer a los gatos y a la perra, recogió el diario en el buzón, se sentó debajo del limonero a leer: primero el pronóstico del tiempo, después el horóscopo, luego el obituario para ver si había conocidos.
“Ricardo Iribarne falleció el 12 de enero de 1948. Será enterrado hoy a las 16hs”
- No sabía que había otro Iribarne… - pensó.
Buscó en la guía telefónica y no encontró su apellido. Llamó a la funeraria y le confirmaron que estaban velando a Ricardo Iribarne; pidió entonces para hablar con algún familiar; cuando escuchó la voz llorosa de su hija prefirió no responder.
Sacó del placar el traje de hilo blanco del casamiento y lo puso sobre la cama.
Volvió al limonero y siguió leyendo el diario, a las 12 almorzó, luego durmió la siesta hasta las 15y30, se dio un baño y acompañó el traslado de sus restos al cementerio.

Y un buen día
Llegaron
No en naves. Caían del cielo.
Y nos comieron.
A la parrilla, a la estaca, a la olla, al disco, al horno, en escabeche; bien cocidos, medios cocidos, crudos. Con diversas salsas.
Y quemaban nuestros huesos, porque sus cenizas eran un potente afrodisíaco.
Solo Dios sabe porque se fueron a las pocas semanas; abducidos por una tranquila luz dorada.
Pero, a los efectos de nuestro relato diremos que siguieron de viaje a otro planeta, y que la Tierra, en la que habían estado aparentemente otras veces hace millones de años, era solo una parada como para comer algo, pero sobre todo, para llevarse nuestras cenizas.

Dalmaroni nació en Apóstoles. Publicó microficciones y poemas breves en Final Abierto (2014)
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