lunes 26 de octubre de 2020
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Sobre el Río

domingo 30 de agosto de 2020 | 6:30hs.
Sobre el Río

Miguel Ángel Alterach

Luna grande/sobre el agua oscura,
noche del Paraná/Costas negras
remolinos y restingas/creciente de chocolate
jangada de cadáveres/Río Paraná

Amalio González era un hombre rudo, de negros bigotes largos, tipo chino, cara aindiada y cuerpo recio. En el Alto Paraná era conocido por Mensú. Era muy trabajador.

Se recorrió casi todos los obrajes y yerbales, pero como era hombre derecho, de esos que no toleraban las mentiras, ni los chismes, había perdido todos sus conchabos.

En rueda de caña sobre el mostrador del almacén “La Cuñatay” de la Bajada Vieja, cerró trato con uno que bajó a Posadas en busca de gente.

Como decidido que era, cumplidor de contrato que firmaba, se alquiló una canoa para llegar al nuevo empleo. Hacía tiempo que estaba en la ciudad y el olor a perfume y revuelo de polleras rojas lo estaban mareado, como solía decir. Por eso, cuanto antes, buscó compañía y ya sobre el río Paraná, cerca de la isla Cañete, tendió al viento su pañuelo colorado y saludó a Itapúa (Posadas).

Cuando pasó frente a la Virgen de Itapúa, en costa paraguaya, se hizo la señal de la cruz, reprochando a sus compañeros de no haber hecho lo mismo, pues era deber de cristianos respetar a la virgencita milagrosa, dijo.

Estaban apiñados contra la barranca de la costa, en solemne procesión, ofreciendo promesas cientos de devotos.

El viento había rizado el río que moría en la arena.

La selva de la orilla parecía reverenciar la llegada de la gente extraña, inclinando sus penachos hasta tocar el borde peñascoso. Las costas eran murallas verde oscuras, enrejados de troncos corpulentos que embretaban al Río.

El agua oscura, a veces arisqueaba a las piedras negras, que como brazos de hierros trataban de abrazar y aprisionar los rollizos y vigas de jangadas deshechas, que corrían a la deriva…

El bote Pirá Pytá (pescado colorado) daba corcovos sobre el lomo oscuro y su curso a tranco lento de viento norte.

El bote rojo dejaba tras sí una cola ondulada de Teyú (lagarto) que se perdía después de andar un trecho. El viejo marinero del Tabaí, con un medallón de la Virgen de Itatí sobre el pecho peludo, mascaba sus recuerdos con la mirada perdida en la distancia. Sus nervios de acero crispaban sobre el remo de guatambú, con el calor rajante pegado sobre sus espaladas.

La canoa perezosamente avanzaba contra la corriente. Del sol no quedaban más que destellos de fuego detrás del monte. Todo el río era un canal de sombras. Cuando el sol se acuesta los navegantes buscan la costa para descansar hasta el nuevo día. Arrimaron la canoa hasta el arenal de la orilla. Se acomodaron alrededor de un fuego improvisado y ya un amargo corría de boca en boca. Mientras tanto la luna estaba asomando como con vergüenza detrás del monte negro.

Entre bostezos, sorbos de mate y leyendas se iba apagando el fuego.

El urutaú lloró sobre una rama de araticú su agorería y en el silencio de la noche selvosa se les metió como espina en el fondo del alma de los viajeros.

-Añamembuy, e’ ma’ fiero que un llanto e’ niño que etá por morí- musitó González.

-E’ como dice la leyenda nomá, etá llorando a su amado la niña guaraní- agregó el marinero dando una mascada a su tabaco negro y escupiendo sobre la arena.

Había un silencio de cementerio y el trágico lamento les puso miedo sobre los hombros.

-Pasá el mate, porqué ticó le tené’ tanto miedo a un pájaro, te via’ cazar mañana una y con una pluma del ala izquierda colocada en la oreja derecha por tre’ noche’ y acostado mirando la luna te v’ olvidar…-remató el mitaí Juan, tirándose sobre la arena con un bostezo.

La madrugada los tomó sobre el río. Soplaba un viento fuerte que hacía ladear la canoa que era algo celosa. El marinero bravo para el remo conocía bien el río. Las restingas se eludían con facilidad y se buscaban los remansos, para aprovechar el agua muerta y evitar la fuerza del canal.

Miraron hacia arriba y vieron el perfil de la Reina Victoria, esculpido sobre la piedra. El Tupá hizo hacer para proteger la navegación. Es como un faro que desde arriba guía a los baqueanos del río.

-Me contaron ahí en San Ignacio- decía Mensú, mirando la hermosa efigie de la piedra en lo alto del enorme peñón,- que después del gran hundimiento que hubo en lo’ rápido’ e’ Córpu’, apareció.

-Una hermosa cabeza de mujer, de una de las que naufragaron, fue depositada por la’ agua’ sobre la costa y lo’ cuervo’ no pudieron comerle y la llevaron arriba. Pasó el tiempo y se petrificó. Desde entonces todo’ lo’ navegante’ respetan el lugar y jué llamada Reina Victoria, reina de lo’ navegante’. Desde lejo’ nomá’, puede mirársele, uno nicó se quiere acercar y desaparece- terminó González.

El sol le clavaba las espuelas al lomo del río en un mediodía tajante.

Tres cuerpos tostados al sol y al aire sudaban sobre el bote. El marinero bufaba sobre los remos firmes y el sudor sobre la cara daba la impresión de estar picado de viruela. Tenía la melena lacia y blanquecina, ojos azules. Era cruza de india y un español rubio que vino a cosechar yerba virgen. Los músculos tensos se habían lubricado de sudar. Cada escupida de tabaco negro sobre el agua, arremolinaba a los pacúes. Amalio, estirado en un rincón dormitaba como peludo al sol.

El mitaí había tirado la cuchara, pues a veces se prendía algún dorado hambriento. El calor apretaba y la comisura de los labios se llenaba de espuma pastosa que se secaba al viento.

Las hojas del tártago que habían recogido de la costa, les refrescaba algo las sienes recalentadas, que parecía que iban a reventar.

-Uno trabaja d’ sol a sol, se parte l’ alma en el monte con el hacha al hombro y el machete a la cintura y maldice ese trabajo cien vece’ y sin embargo uno siente un cosquilleo de emoción cuando se aleja de él- decía Mensú succionando con fruición un enorme cigarro paraguayo, que lo movía de un extremo al otro de la boca –e’ nicó duro nuestro trabajo, vivimo’ como burro e’ carga, cuando no abrimo’ el monte para buscar la yerba virgen, estamo’ sobre un lapacho o cedro dándole hachazo tras hachazo y ansí e’ todito…

El conchabador- seguía recordando González- me adelantó Cincuenta Peso’ y ya empezaron lo’ descuento’ d’ entrada, que veinte peso’ por la casa que me darán y cinco por la limpieza y do’ peso’ por la libreta que me abrieron en la proveduría, el asunto e’ que no me quedan ma’ que cinco peso’, para pagarle a usted chamigo.

Del libro Fiebre Verde Mensú y otros (1995). El autor fue Gobernador de Misiones en 1975 y desempeñó varios cargos.
Publicó La ciudad que ya no existe, La expulsión de los Jesuitas, Rudecindo el descubiertero, entre otros títulos.
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