lunes 26 de octubre de 2020
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El último hachero

domingo 30 de agosto de 2020 | 2:30hs.
El último hachero

Rodolfo Roque Fessler

“No me resigno a que, cuando yo muera, el mundo seguirá como si yo no hubiera vivido”
Pedro Arrupe

Con la cercanía y el tiempo nos encariñamos con las personas, con los animales y las cosas, pero a un árbol podemos llegar a amar, porque el amor es un espejo que mira lo que llevamos adentro y lo refleja en naturalezas que conciertan con la nuestra.

Para el joven Muncho, ese amor aprendido a los golpes era un acervo imperecedero e inevitable sostenido en un linaje; su abuelo fue hachero y su padre le había enseñado a ejercer el arte de los filos.

En la robusta estirpe de los leñadores la vida nunca es una elección sino un destino, un conchabo irrevocablemente ligado a los grandes árboles; a su utilidad y belleza, a su tacto y su tala, es decir, a su vida y a su muerte. Ese amor inexplicable puede ser hondo, intenso, penetrante. Como un hacha

Pero en el obraje no hay mucho tiempo para ejercer el amor por nada. Ni nadie. Allí todo se limita a sentir de noche o cuando llueve junto al descanso del fogón, algunas pasiones ilusorias y emociones fugaces que se disipan con el humo y el sueño. Los descansos son breves, casi inadvertidos; el cansancio por las fatigas del día no deja mucho tiempo para vigilias ociosas -siempre efímeras- al cubierto del lapacho que, tan pronto como cobija y abriga, recibe el brutal desprecio del desmonte, la cortante ingratitud del hachón. Alguien dijo alguna vez que el hombre destruye todo lo que ama; los valientes con la espada, los cobardes con un beso.

Allí se encontraba el fornido pero sensible hachero Muncho, sólo con su alma, su hacha y su hijita de apenas unos meses a quien criaba como podía; con los descuidos propios de un hombre y su ruda condición de montaraz. Su mujer, unas semanas atrás se aventuró al arroyo lejano que proveía de agua para el guiso y el mate y donde lavaba la ropa de su guapo. Pero, cosa rara, no advirtió en el barro de la vera las pisadas de un yaguareté y la de su cría a quien enseñaba a cazar.

Aquel ominoso día la selva era respetada por un silencio sospechoso, una quietud turbadora y extraña. El calor podía desplegar sus canículas sin que ninguna brisa se le anime a sus bochornos y las horas pasaban largas, interrumpidas por el zumbido de las moscas. Toda la atmósfera parecía atorada con negros presagios. De repente, aturdió el acuciante llanto de la pequeña que dormía cerca del abrumado mensú.

─Tendrá hambre, pensó Muncho. Una línea de quebranto surcó su frente, pues su mujer tardaba demasiado en volver. Dio un descanso al hacha y muy resuelto fue en su busca.

Las penas infinitas nunca abandonan a los miserables olvidados por Dios y por los capangas; al llegar a la orilla del arroyo aún pudo ver, junto con los despojos de su mujer, a las hermosas fieras que en palabras del poeta encarnaban a la más feroz naturaleza; el rojo en la garra y los colmillos. Las bestias ya saciadas o asustadas se alejaron ante el alarido de pánico y horror de Muncho que temblando y a los gritos blandía su machete cegado por la desesperación. De rodillas cayó negando con la cabeza y el llanto duro sin resignarse al corazón de lo irremediable.

En los días que siguieron se redoblaron los miedos, las guardias y las armas; un tigre cebado y con cría era el mayor demonio que podía parir el monte. Tampoco hubo más consuelos que el esfuerzo duplicado, las penas ahogadas con el brío, la eficiencia remachada por la rabia, el ímpetu aumentado por el dolor y los gritos del capataz; un fantasma que repite con ardor incitando el hachazo: ¡neike, neike! Ni caña había para ahogarse en los bálsamos de la inconciencia.

Así fue como Muncho se convirtió en el vehículo de un amor femenino y delicado para el cual no fue educado ni era capaz de absorber en su tosco entorno. Imposibilitado de abandonar el obraje en espera del lejano relevo, por las noches su rostro se mojaba acariciando a su niña dormida. Con el resplandor del fuego elevaba su mirada hacia el cielo en busca de la sonrisa sedante de una estrella o algo de luz de la luna hinchada. No se veía nada. Las ramas del gigantesco lapacho obscurecía todo; hasta de día apenas dejaban ver al sol, pero cuando éste alumbraba en agosto, se convertía en un fabuloso faro de la luz difusa que esparcían sus flores, más blancas que un relámpago.

Debajo estaba el campamento, la carpa, los jergones, el fogón, las herramientas. Casi sonríe cuando, al mirar el inabarcable volumen del tronco del dios vegetal, recordó que su mujer, con una dulce y melancólica sonrisa le dijo:

─No tumben a éste. Es demasiado hermoso.

Con mil pretextos y excusas rebuscadas el gran lapacho milagrosamente se fue salvando de las órdenes del capataz. Al parecer el hijo del obrajero, al mando por esos días de la cuadrilla, también se había enamorado a escondidas del majestuoso lapacho en flor; solía pararse a mirarlo detenidamente elevando la frente quitándose el sombrero para, con una sonrisa y haciendo gestos negativos, sortear su ejecución con fingida mala gana. Nadie escapa a los embrujos de la belleza rutilante.

Finalmente vino un relevo, pero no para Muncho, a quien ni siquiera permitieron llevar a su pequeña hija al cuidado de la abuela; los pedidos de Buenos Aires eran muy grandes y urgentes y había que aprovechar la jangada antes que las lluvias del invierno traigan la inundación. Y Muncho era el mejor, el más categórico imprescindible. El reemplazado fue el capataz: un nuevo arrogante de la ciudad, frío y preciso en sus mandatos, determinado en su crueldad: apenas arribado reparó en el gigante del monte. Con una mirada de desprecio inquirió casi gritando:

─¿Y éste? ¿Cómo es que no lo voltean? ¡Ya me desarman el campamento, despejan la cancha y lo quiero abajo en dos días!

Con diversas engañifas dos días enteros Muncho atajó a sus compañeros para no ejecutar la implacable orden; las lluvias y tormentas proveyeron de tres días más de yapa, pero a su vuelta el capanga fue lapidario:

─Muncho, o me volteas el lapacho o vos y tu hija se van boyando por el río. Ni canoa te voy a dar.

La criatura ya estaba famélica, el agua tibia endulzada con la ácida miel del monte, provisoriamente ponía a raya al apetito apremiante, pero su vientre comenzaba a hincharse y su cetrino rostro fue adquiriendo el mismo tono del “chipá cuerito” freído en grasa, la tostada palidez del reviro ineludible.

La necesidad, la desesperación por la paga para poder huir, la urgencia por llevar de allí a su niñita por fin lo convenció; sólo derrumbando a su amor podría salvar a su hija. No había escapatoria; difícilmente hubiera otro lapacho inconmensurable como ese, pero la risa o el llanto de la pequeña lo movían con más fuerza que el sonido del viento entre las hojas y las ramas del coloso del monte.

Sus compañeros llegaron a pensar que estaba quedándose loco; por las mañanas Muncho saludaba con viva voz al lapacho:

─¿Cómo amaneció mi amigo? Y aguardaba un instante. En algún momento soplaba el viento y se movían las ramas y Muncho:

─Ahí contestó, dice que muy bien.

No hay mayor tragedia que escoger entre dos amores sin poder optar por el simple abandono de uno de ellos y quedar frente a la más desgarradora elección; la vida del uno o la del otro; el lapacho o su hija. Se agotaba el tiempo para que continúen vivos los dos.

Nunca un monstruo del monte fue tan duro; las hachas se desafilaban más rápido, rebotaban como golpeando un metal, los mangos se rompían, desaparecían de las rudas manos los viejos callos dando paso a nuevas ampollas. Cada golpe era una herida en el árbol y una magulladura en los verdugos. El descomunal árbol en silencio parecía responder la agresión soltando en cada golpe copiosamente sus flores blancas. El aviso ostensible del lapacho en flor de que ya no volverían las heladas, que tanto había deslumbrado y demorado su ejecución ya no servían: la codicia desprecia a la belleza.

Finalmente, los parejos filos de los aceros con fuerza repetida e incansable, en tres días de nervios y agonía, vencieron al titán que, tras crujir con más fuerza que el gruñido de un yaguareté en celo provocó un estrépito capaz de asustar a los truenos y lentamente se fue cayendo haciendo temblar a todo el monte, abrazándose a sus hermanos vegetales que, sin poder sostenerlo, sólo hacían más lenta su caída o también se derrumbaban con él. Los rigurosos sapucays ni se oyeron tapados por el estruendo ensordecedor, pero, como un último estertor el tronco en su base herida “pateó”, es decir se corrió con violencia hacia los hacheros. Sólo la fortuna evito que arrancara las mandíbulas de Muncho quien con presteza se tiró hacia atrás, pero en la virada logró herirle el brazo haciendo volar su hacha por los aires. Dando varias volteretas la herramienta fue a caer a muy pocos centímetros de la chiquilla que jugaba con las níveas flores entre los dedos. El albur de alguna deidad de la siesta evitó una segunda tragedia. Fue una señal. La segunda y clara señal. El lapacho le había perdonado, pero lo hacía notar; a los malvados nunca les ocurre nada, pero a los buenos la justicia cósmica tiene dispuesto que puede suceder lo peor si se ensañan con las criaturas del monte.

Un silencio blanco de flores acolchaba el suelo certificando la muerte del caído.

Esa misma noche sigilosamente cargó a su hija, un atado de carne seca y su raída cobija, robó una canoa y se hizo “al garete” aguas abajo en el río iluminado por el faro de las noches llenas. Dejaba atrás dos amores muertos que jamás abandonarían su corazón ni su memoria. Por última vez miró hacia atrás y vio cómo se alejaban los moribundos centelleos del fogón del quieto campamento y juró que nunca, nunca más, nunca entonces, nunca siempre, nunca mismo, nunca nunca, volvería a tomar un hacha.

Lo animaron un poco, hinchándole de efímera determinación, los ojos fijamente abiertos y brillantes de su niña que reflejaban todas las claridades de la noche. Se regocijaba pensando en su surte, pues, nadie lo había visto ni escuchado en su huida, a la que contribuyó la niña que tampoco se quejó, ni lloró.

Es que no pueden llorar quienes se desprenden de sus flores, ni quienes ya no respiran.

Relato inédito. Parte del libro “El rey de la cuaresma y otros cuentos” de próxima publicación. El autor publicó además Los blancos dientes de la aurora y otros cuentos.
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