lunes 23 de noviembre de 2020
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La otra cara del deporte

domingo 28 de junio de 2020 | 7:00hs.
Castillo lleva 11 años trabajando dentro de distintos penales de la provincia.
Diego Vain

Por Diego Vain[email protected]

Si de chico alguien le decía que iba a jugar al fútbol y salir campeón seguramente no lo iba a creer. Tampoco estaba en sus planes trabajar dentro de una cárcel, pero la actualidad de Darío Castillo es justamente esa: el fútbol en contexto de encierro.
El ex jugador, que pasó por varios clubes de la Tierra Colorada, trabaja para el Servicio Penitenciario Provincial como profesor de educación física y a partir del deporte busca que la situación de los internos sea mejor. Al oriundo de Jardín América no se le había ocurrido trabajar dentro de un penal, pero las vueltas de la vida lo llevaron a ese lugar, que ahora es una parte importante de su vida.
“Me ofrecieron un laburo y era en la cárcel de menores. Abrí bien los ojos, más que nada por el desconocimiento que tiene uno y como la sociedad lo ve. Le dije a mi mamá esto es un trabajo, no pienso mal de nadie”, recordó Castillo, quien allá por 2009 empezó a trabajar en la Unidad IV, la Correccional de Menores.
“En 2009 un amigo del fútbol me preguntó si tenía trabajo. Hablé con el director Carlos Belloni y entré. Yo desconocía ese mundo. Arranqué como profesor, dependiendo del Consejo General de Educación. Tenía algunas horas en Jardín América y viajaba a Posadas”. Esos fueron los primeros pasos del ex zaguero central, que eligió trabajar en los penales primero por necesidad y luego por vocación.
Darío encontró la manera de combinar dentro de los muros de la cárcel dos pasiones: el fútbol y ayudar a los demás. Después de varios años jugando en diferentes clubes se recibió de profesor de educación física. Esperó un tiempo para empezar a trabajar dentro del circuito educativo, porque en aquel 2005 (cuando se recibió) todavía se veía como jugador y, de hecho, siguió un tiempo largo dentro de la cancha.
Pero una vez que decidió desandar el camino de la educación, Darío encontró en el trabajo con los internos de los penales una buena manera de transmitir los valores que aprendió jugando a la pelota: “Yo con el fútbol aprendí muchos valores. Aprendí mucho del trabajo en equipo. Respetar las reglas y al otro y me dio muchas amistades. Me terminó abriendo muchas puertas”.

A través del deporte
“A través de la educación física trabajamos reglas y valores. Para recuperar una pelota no podes venir a chocarme y pegarme. Hay que respetar y a partir de eso vamos trabajando porque tenemos que buscar la reinserción de ellos en la sociedad, de la mejor manera posible”. Esas son las bases que Darío Castillo busca cimentar dentro de la Unidad Penal I de Loreto y de la Unidad Penal VII de Puerto Rico, los dos lugares en los que trabaja.
“Hay muchas causas, muchas personas que cometieron errores, pero es la Justicia la que se tiene que encargar de eso. Yo hago otro trabajo ahí adentro. Ellos tienen el derecho de hacer actividad física y también obligaciones y eso se los hago ver”, aseguró.
El profesor fue aprendiendo a lo largo de todos estos años trabajando puertas adentro de los penales y encontró la manera de generar un vínculo con los internos, que le sirva para generar un mejor ambiente dentro de la cárcel.
“Lo principal es que yo siempre marqué que somos todos personas iguales, pero ahí yo soy el profe y ellos internos. Nos respetamos desde lo básico como a cualquier persona. Yo partí de ahí y hoy tengo más de 10 años trabajando y marqué un código partiendo desde el respeto”, reflexionó.
Sin dudas trabajar en una cárcel no es lo mismo que hacerlo en una escuela o en un club, pero para Castillo eso simplemente es cuestión de perspectiva y de elección en la vida. Tanto en un ámbito como en otro, la educación física sirve para trabajar varias cuestiones y eso es lo que busca el profesor: “Nosotros tenemos que darle las herramientas necesarias para que puedan volver a reinsertarse”.
“El ser humano es muy complejo, pero la persona que está privada de su libertad por un determinado tiempo, tiene un desgaste psicológico mayor. Al igual que las personas (del Servicio Penitenciario) que están ahí con ellos. No es fácil. Uno nunca termina de conocer a los internos, pero con el tiempo ya sabes cuando uno se levantó de mal humor o que tiene predisposición”, expresó Castillo.
Pero más allá de las ganas de los internos o de la vocación del profesor, hay momentos en los que la realidad no es tan fácil como parece.
“Una vez en menores un interno se me paró de manos. Tuve un altercado. Me quedé firme, no levanté la mano y me defendí sin insultar, vino un efectivo de seguridad y se lo llevó sin problemas. Al tiempo hablamos y me pidió perdón. Ahí tiene que aparecer el profesionalismo para actuar con el otro, los saberes que uno tiene, para hacerle ver sus errores”, recordó el profe.
“Nunca es tarde para mejorar, pero las realidades de la infancia, de sus familias y un montón de cosas que nosotros no sabemos, aunque yo les digo siempre ‘yo elijo no robar, no drogarme’. Trato de inculcar eso”, aseguró y agregó que “lo que yo veo en los últimos años no hay tumultos, no hay enfrentamientos, al menos conmigo”.
“Nadie está exento de perder algún día la libertad, todos nos podemos equivocar, pero como les digo ‘si salen, traten de no equivocarse’. Yo respeto las opiniones de todos, pero yo veo otra realidad. Ojalá las personas que están privadas de su libertad se reinserten y recuperen su vida, pero nosotros, como sociedad, a veces impedimos muchas cosas. Es por el miedo y el desconocimiento”, analizó.
Darío encontró en el fútbol un buen incentivo en el penal de Loreto. El martes se cerró el cuarto torneo interno y el profesor destacó que “en el último torneo hubo un expulsado en la final y uno en la primera fecha”. “Ellos saben que conmigo es blanco o negro. Tienen que entender que la vida no es cuando vos querés, sino que hay reglas a seguir”, aseguró.
A través de esas acciones, del deporte y, en particular, del fútbol, Castillo halló la manera de bajar los niveles de violencia interna y de darles a quienes están privados de su libertad, una alternativa para el encierro: “La idea es que el tiempo libre lo ocupen en algo productivo, porque cualquier cuerpo cansado tiende a dormir mejor, por eso la actividad física es importante en ese mundo. Los mantiene ocupados”.
“Yo trabajo hasta con los inimputables y es muy fuerte esa realidad. Hay que estar fuerte mentalmente, pero a través del deporte buscamos la manera de que estén mejor. Que te pasen el puño, la mano, es muy gratificante”, se sinceró.
Sin pensarlo y casi de casualidad, Darío Castillo llegó de la mano del fútbol a Posadas y de la mano de la educación física a trabajar en el Servicio Penitenciario Provincial. Encontró un mundo nuevo puertas adentro, pero en el cual el deporte cobra un significado especial y vital, para tratar de cambiar la realidad de las personas que están allí.


“Yo tenía pensado jugar hasta los 40”

El viernes, Darío Castillo cumplirá 40 años. El nacido en Jardín América tenía a esa edad como la marcada para finalizar su carrera, pero más allá del coronavirus, el ex defensor ya había dejado las canchas. “Le agarré el gustito a los asados del domingo, a levantarme más tarde y a pasar tiempo con mi hijo”, confesó entre risas el profesor de educación física.
Así como llegó casi de casualidad a trabajar en el Servicio Penitenciario Provincial, el inicio de su carrera en el fútbol fue parecida, pero la apuntaló a base de mucho trabajo y esfuerzo.
“En 1998 me fui a probar en Ferro y quedé, pero mi mamá no me dejó irme porque quería que termine la secundaria. Me encerré en la pieza y me largué a llorar, pero hoy agradezco que no me haya dejado”, recordó Darío, en lo que fue su fallido inicio.
Sin haber jugado en Timbó, de su Jardín América natal, Castillo debutó en 1° de Mayo de Corpus, pasó por Tigre de Santo Pipó y, cuando llegó a Posadas para estudiar, se probó en Guaraní.
“No sé cómo llegué, pero entré y me senté en el banco de suplentes. Darío Labaroni me preguntó si iba a jugar y cuando terminamos me dijo que volviera al día siguiente”, contó Castillo, quien fichó para la Franja y jugó un par de años en Villa Sarita. Hasta se dio el gusto de consagrarse con el conjunto franjeado: “Nunca pensé jugar y salir campeón con Guaraní. Jugué más de lo que imaginé”.
De esa etapa por la Franja, Castillo recordó que “iba a clases temprano, de ahí a entrenar y después de nuevo a clases”. “El arreglo en su momento era ese. Yo juego, pero mi necesidad es estudiar. En ese momento Darío Labaroni me ayudó mucho y me recibí en los cuatro años de la carrera”, contó.
Después de dejar Guaraní, Castillo se fue a Atlético Posadas y recaló en Crucero, club con el que ganó la Liga Posadeña y luego de ese buen certamen Tuty Boede lo llamó para jugar en Atlético Misiones y “también salimos campeones”, expresó Castillo.
En esa final, la del torneo Apertura 2005, Atlético Misiones venció justamente a Crucero y el DT Boede contó una anécdota que lo tiene a Castillo como protagonista: “Me acuerdo que Darío Castillo, cuando compramos el equipo de música, en la caja del equipo puso Atlético Misiones campeón del Apertura de la Liga Posadeña”. Cuando terminó el partido el entrenador, en medio de los festejos, le dijo al defensor “’te acordás Darío cuando escribiste eso’ y ahora es una realidad”. 
La Picada, Alianza Corpus fueron otros clubes en los que Castillo dejó su sello, hasta que en 2014 se sacó las ganas de jugar para Timbó y llegó con el Verde hasta instancias decisivas del torneo Federal C.
La última experiencia del ex defensor fue en 25 de Mayo, de la liga de Puerto Rico, a mediados del año pasado, cuando le puso punto final a su carrera luego de 21 años en el fútbol misionero.
Castillo festeja el título del Apertura 2005 con Atlético Misiones.
Castillo festeja el título del Apertura 2005 con Atlético Misiones.. Sixto Fariña/Archivo
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