sábado 16 de octubre de 2021
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Roque González, fundador de pueblos jesuíticos

domingo 31 de mayo de 2020 | 5:00hs.
Roque González, fundador  de pueblos jesuíticos
Alfredo Poenitz

Por Alfredo Poenitz Historiador

La evangelización de lo que los jesuitas llamaron la Provincia Jesuítica del Paraguay, creada en 1609, se extendió, en sus inicios, hacia un espacio mucho más amplio que aquel que definitivamente concentró a los 30 pueblos alrededor de los ríos Paraná y Uruguay, después del triunfo de Mbororé sobre los bandeirantes.
La labor misional se distribuyó en sus orígenes en cuatro regiones: el Guayrá, el Paraná-Uruguay, Itatim y Tapé y se realizó en forma paralela.
Mientras los padres Cataldino, Simón Maseta y Antonio Ruiz de Montoya predicaban, evangelizaban y fundaban reducciones en el Guairá, en la región paranaense emprendía similar misión el padre Roque González de Santa Cruz, un asunceno nacido en l576. En l598 se ordenó como sacerdote entrando a la Compañía de Jesús. El conocimiento del idioma guaraní, como así el modo de ser de esta cultura, fue decisivo y muy valorado en la etapa evangelizadora. Roque González fundó en el año 1615, en el sitio donde hoy se halla ubicada la ciudad de Posadas, la reducción de Nuestra Señora de la Anunciación de la Encarnación de Itapúa, que seis años más tarde, en 1621 se trasladó al otro lado del Paraná. Desde aquí, el padre Roque González de Santa Cruz recorrió y exploró toda la zona sureste de la actual provincia de Misiones, llegando hasta el río Arecutaí, actual arroyo Tunas, cerca de Apóstoles. Allí consiguió convertir y bautizar al conocido cacique Cuaracipú y con él a toda la parcialidad guaraní que lo seguía. Con este grupo fundó en el año 1619 la reducción de Nuestra Señora de la Limpia Concepción del Ibitiracuá. Al respecto, el Padre Nicolás del Techo, quien fuera Provincial de la Orden Jesuítica entre 1672 y 1676, indica:
“Mientras los padres Roque González y Diego Boroa propagaban el Evangelio en el Paraná, algunos uruguayos, amantes de la religión cristiana, habían acudido a Itapúa, población recientemente fundada, con pretexto de comerciar, y trabado amistad con los misioneros, por los cuales fueron agasajados; así que los religiosos concibieron halagüeñas esperanzas. Un obstáculo había y era la escasez de misioneros; al fin el P. Oñate destinó al padre González para la conquista espiritual del Uruguay. Este religioso, después que imploró el favor divino, acompañado de reducido número de celosos neófitos, salió del Paraná y caminó por lugares ásperos, hasta que llegó al río Aracutain, afluente del Uruguay; allí le esperaban muchos bárbaros, noticiosos de su ida por aviso de los exploradores, armados de arcos y macanas, y completamente desnudos; le ordenaron imperiosamente que se volviera, si no quería perecer; mas el padre González, sin temor de la muerte, dijo que no había de retroceder, pues esto le era prohibido al misionero apostólico. Después comenzó a explicar los misterios de nuestra religión, con tal elocuencia, que los indios moderaron su altanería y se retiraron a sus aldeas sin intentar nada malo. Al día siguiente celebró el santo sacrificio en un altar portátil, rogando al Señor por la salvación de los uruguayos. Sus preces fueron oídas, pues al poco tiempo se le presentó Cuaracipú, cacique noble, prometiéndole su favor y protección. Hizo más el indio, porque persuadió a varios caciques para que acudiesen un día, a fin de escuchar las predicaciones del misionero, quien delante de numeroso auditorio explicó las causas de su ida… y habiendo reunido un gentío inmenso, colocó en la orilla del Uruguay una cruz de gran tamaño, ….y determinó en seguida echar los cimientos de una población… y acordó llamar al nuevo pueblo La Concepción por ser esta fiesta aquel día, como al primero del Paraná le llamara La Anunciación, pues él estaba convencido de que la Virgen era la que conseguía tantas victorias”.
Desde Concepción el padre Roque González siguió su tarea evangelizadora y fundacional, cruzando el río Uruguay, frente a Concepción, y fundando en el año 1626 la reducción de San Nicolás, en territorio hoy brasileño. Hallándose en la región del Caaró, junto a otros dos sacerdotes, los padres Alonso Rodríguez y Simón del Castillo hallaron brutal muerte en una celada organizada por los chamanes de la región que se oponían a la evangelización emprendida por los padres jesuitas, convirtiéndose a partir de ahí en Mártires de la Iglesia Católica.
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