jueves 26 de noviembre de 2020
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El yacaré vanidoso

domingo 17 de mayo de 2020 | 2:30hs.
El yacaré vanidoso

José A. Cecilio Ramallo
Escritor

Desde hacía horas el monito, encaramado en lo más alto de un pindó observaba los movimientos del yacaré el que parecía dormir inmóvil junto a la playa. Rascándose una y cien veces la cabeza, pensaba en la forma de burlar al celoso guardián del río, quien aparentemente dormido, no cesaba de vigilar al monito fingiendo un estado letárgico, aunque sus ojos semicerrados, controlaban los menores movimientos del tití. 
Cuando el monito dio la vuelta alrededor de la costa para tratar de cruzar el caudal de agua que lo separaba de la isla a la que tanto deseaba llegar, engolosinado por los cachos de bananas que pendían de las plantas, como así también los naranjos y mandarinos cubiertos de dorados frutos como un fantasma el yacaré se sumergió en las oscuras aguas del Paraná y apareció luego justo frente al caprichoso mono, por lo que este, ni corto ni perezoso, volvió a trepar subiendo por una liana hasta el árbol más próximo, lejos del alcance de la formidable boca y dentadura del yacaré. 
Varias tentativas e idénticos resultados obtuvo el simpático tití pues, siempre los aparentes cuernitos yacaré asomaban al borde del agua, en la costa en donde él se acercaba poniendo peligro entre su apetito y glotonería y la isla cada vez más lejos de sus anhelos. 
Pero nuestro héroe era un monito muy inteligente y empecinado y al recordar que los yacarés son muy vanidosos, se aproximó a una distancia prudencial con una sonrisa en el rostro y una frase galana en los labios. 
- ¡Qué hermoso capitán del puerto! -dijo dirigiéndose al yacaré, el que sonrió abriendo una bocaza de tres palmos y un poco más, poniendo al descubierto fuertes hileras de dientes, visión que hizo estremecer al monito a pesar de estar a salvo en el lugar en que se encontraba. 
-¿Usted es el Capitán del Puerto, no es verdad?- interrogó el monito. 
-¡Ejem!...¡Hum!- dijo el yacaré aclarándose la voz, antes de contestar, halagado por el epíteto que jamás había oído de otros labios.
-¡Sí, mi amiguito! -¿Y cómo sabes que soy el Capitán del Puerto?
-Pues…anoche estuve en un baile y cuando conté que quería llegar a la isla, me dijeron que antes tenía que solicitar permiso al Capitán del Puerto y que él me trasladaría hasta ella. También me dijeron que el que ocupaba ese cargo era usted, que aparte de ser el más fuerte de la comarca, era el mejor bailarín a cien leguas a la redonda- mintió descaradamente el tití. 
-¿Quiénes dijeron que soy el mejor bailarín? - interrogó contento y orgulloso el yacaré. 
-Si me lleva hasta la isla, le contaré con lujo de detalles todas las cosas lindas que dijeron de usted. 
- ¡Con mucho gusto!- respondió interesado el saurio. Sube a mi lomo, y en tanto atravesamos el río me contarás todo lo que hablaron de mí. 
Sin titubear un instante, el monito sin miedo se aproximó y de un salto trepó al lomo del yacaré, diciéndole al mismo tiempo: -Las damas son las que más lo recuerdan. 
- ¡No me digas!  ¿Y qué dicen de mí las damas? -interrogó sumamente interesado el vanidoso animal, emprendiendo la marcha hacia la isla. 
-Bueno... Dicen que usted es muy buen mozo, incansable para bailar y que es un deleite sentirse entre sus brazos. 
Una cosquilla de alegría recorrió hasta las últimas fibras del cuerpo del yacaré, gozoso y halagado en grado sumo. 
-¿Y qué más dicen? – preguntó.
- Que cuando usted sonríe, muestra los dientes más perfectos que existen, y que es uno de los seres más habilidosos de la selva, aparte de ser el Capitán del Puerto más elegante de todo el río Paraná.
-¡Caramba!...¡Caramba!...¡Seguí contando, monito! ¡Seguí contando! repitió el yacaré que no cabía en sí de orgullo, pues jamás le habían dicho cosas tan agradables.
Ya estaban a punto de llegar a la isla y el tití calculó que en cinco segundos más, podía de un salto llegar hasta las ramas de un sarandí que pendía sus gajos sobre las aguas y por supuesto quedar a salvo de las fauces del feroz como vanidoso yacaré. 
– También dicen…y se preparó para trepar al árbol.
-¿Qué es lo que dicen?- preguntó el yacaré justo en el momento que tití daba el salto encaramándose en las ramas del sarandí, poniéndose lejos del alcance de éste. Sin contestarle, el monito trepó a una planta de bananas y sacando de uno de los cachos uno de los apetitosos frutos, lo peló tranquilamente y comenzó a comerlo golosamente, en tanto miraba irónicamente al yacaré que esperaba ansioso su respuesta.
-¿Qué es lo que dicen?- reiteró el yacaré.
-¡Que eres el más estúpido y vanidoso animal que han conocido! respondió el monito riendo con la boca llena de la riquísima banana. 
-¿Cómo dices? -preguntó entre sorprendido y amoscado el yacaré que creyó haber oído mal la respuesta. 
-Que no solamente eres un dientudo bocón y tonto, sino que olés a azufre en tu asquerosa boca, aparte de tener un lomo de serrucho, -contestó riendo a más no poder el tití, en tanto le hacía morisquetas y cuarto de narices. 
En vano el burlado saurio quiso atrapar al monito. 
Este, desde la altura donde se encontraba a salvo del peligroso como enfurecido animal, mientras comía deliciosos bocados de banana, le decía con la boca llena y medio atragantado de la risa: -Había una vez un yacaré muy vanidoso ... y seguía contando a gritos como había engañado a éste, el que a pesar que intentaba voltearlo y así atraparlo dando fuertes coletazos a la planta donde el cuadrumano se encontraba, nada pudo hacer terminando por huir del lugar donde su personalidad había sufrido duro contraste en manos de un pícaro, como ladino tití, máxime que los demás animales de la selva que conocieron el caso en labios del monito, en cuanto asomaba las narices el yacaré se burlaban y reían a sus costas. 
Digamos para finalizar este cuento, que los vanidosos son los más fáciles de engañar pues, es suficiente que los alaben para que estén prontos a hacer cualquier cosa que se les pida a cambio de las palabras que endulzan a sus oídos. 

De Cuentos de la Selva del Tío Rubio 1981. El autor fue docente, Inspector de escuelas, Director de Cultura de la provincia y escritor con varias obras publicadas, entre ellas La Curandera y el Maestro. Falleció en 1980
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