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Los dulcinos

domingo 19 de abril de 2020 | 0:30hs.
Los dulcinos

Por Anibal Silvero Escritor

Nosotros, los clones caminantes, declaramos que amamos los dulcinos. Y para nosotros, los clones caminantes, este presente es dulce, porque marchamos hacia la Lejana Zulle. Este presente es dulcísimo.
Los clones caminantes comenzamos a transitar por el Gran Desierto Hisménico hace ya varias semanas, y vamos hacia la lejana Zulle, tierra donde mana leche y miel, sin más compañía que nosotros mismos, mientras un sol difuminante procura alumbrar por sobre las borrascosas nubes de dióxido que sobrevuelan nuestras cabezas.
Me pusieron de nombre T5413 a los dos días de haber nacido. Al tercer día pasé por el proceso de la dermiplastia, un extraño invento de los colonios para anular nuestro sentido del tacto.
Nos contamos por millares en la ciudad de los colonios. Decenas de millares.
Todos idénticos.
Al principio, cuentan que utilizaban genes diferentes para producir seres clonados, y esto daba como resultado humanoides de rasgos y caracteres diferentes; pero bien pronto, tomaron el gen más apto y desde allí continuaron haciendo humanoides en serie.
Yo soy uno de ellos.
De todas las series de clones generadas por los colonios, la T5000 a la que pertenezco es la más avanzada e inteligente. A través de varias generaciones, hemos descubierto la importancia del Sabor.
Para nosotros, no existe placer más grande que el sabor en sí mismo, no importa cuál fuese.
Nos gusta lo amargo por ser amargo, lo agrio por ser agrio y lo dulce nos encanta aún más.
Tuve acceso a la biblioteca de los colonios en más de una oportunidad, y sé que los humanos auténticos habían previsto muchos posibles futuros para el planeta, pero no he conocido uno que haya profetizado éste que estamos viviendo ahora. Hay quien decía que pelearíamos por el agua, otros por la tierra, otros por el dinero, otros por la comida.
Ciertamente, todo eso sobra en estos tiempos, y da lo mismo tener o no tener estas cosas.
Por eso declaro que hoy combatimos por las sensaciones. Ésa es la lucha de los colonios. Y ésa es desde hace un tiempo nuestra batalla.
Quien no lucha por las sensaciones cae en el nihilismo, lamentablemente. O se arroja a la Fosa de Experimentación, desde dónde se prueban nuevos arquetipos clones que poblarán la tierra del futuro.
Desde que somos pequeños, los colonios nos hacen ingerir alimento encapsulado que no tienen sabor alguno. Estos alimentos contienen las sustancias necesarias para el mantenimiento físico, pero son desabridos en un ciento por ciento.
De este modo, sin tener percepciones táctiles y consumiendo extractos sin gusto alguno, nos convertíamos en seres grises y neutros, no encontrábamos color alguno a la vida.
Pero, debido al proceso de dermiplastia que hemos sufrido de chicos, consumir productos con azúcar es, para nosotros, una experiencia fantástica.
Fue T5435 quien encontró un día un producto pequeño, ovalado y muy dulce, que dura entre dos y tres horas en la boca.
T5435 llevó una buena cantidad de estos productos a nuestros compartimentos, productos que llamamos “dulcinos”, y que él se encargaba de repartir entre todos los T5000, los clones de nuestra generación.
Y así es como decidimos escaparnos del lugar, ya que después que probamos los dulcinos, nuestra mentalidad cambió.
Un día de esos tantos, nos fugamos de la ciudad de los colonios, y nos lanzamos a la lejana Zulle, tierra donde mana leche y miel, atravesando este gran Desierto Hisménico.

Hace rato que estamos ya caminando por este gran desierto, con la esperanza de llegar pronto a la ciudad prometida.
Nuestras bocas están sedientas y hambrientas, no de agua ni de comida, sino de la sensación del agua y del sabor de la comida, de la impresión en nuestros paladares de mil manjares diversos, que vimos en las enciclopedias de la vasta biblioteca colonia. Nos dirigimos casi instintivamente a esa región donde los últimos sobrevivientes colonios viven una vida de reyes.
Sabemos que no nos esperan, pero nos interesa mucho cumplir este proyecto de vida.
Y lo que más nos interesa, si logramos entrar en la lejana Zulle, es empalagarnos con sus extraordinarias uvas y sus sensacionales cerezas, con sus espectaculares plátanos y sus maravillosas naranjas, con las prodigiosas manzanas que crecen naturalmente en esa fértil tierra. Ansiamos degustar hasta el último fruto que se yergue sobre sus praderas.
Anhelamos, con una apetencia enfermiza y crónica, sentarnos todos los T5000 alrededor de una gran mesa frondosa y exuberante, revestida con bocadillos de todos los tipos. Y saborear antojadizamente todos los platos típicos y extravagantes: deleitarnos con las clásicas pizzas que vimos en fotografías, indigestarnos con sazonadas hamburguesas, sustanciosos canelones, pastosos ñoquis, adobados tallarines y ataviadas lasagnas, y toda la variedad posible de alimentos que el hombre ha inventado, y que figuran en la vasta enciclopedia de la biblioteca colonia. Queremos abarrotar nuestras bocas de suculentos helados, apetitosas tortas, deliciosos flanes y exquisitos budines.
Es cierto, hace unos días se nos terminó la provisión de dulcinos que traíamos de reserva, y a veces nos entra la percepción de que la lejana Zulle está mucho más lejos de lo que creíamos.
Pero no nos hacemos problema por esto.
Al contrario, saboreamos el presente como el primero de los manjares que el destino nos coloca en el camino.
En lo que a nosotros respecta, el presente es dulce.
Dulcísimo.
Sabemos que existe un lugar, una tierra donde mana leche y miel y hacia ella nos dirigimos.
Por ella caminamos.
Y por ella existimos.
Y tenemos la certeza que en sus praderas hay mucho, pero mucho por probar. “Los dulcinos” es un cuento de ciencia ficción incluido en el libro “Cagliostro y el museo de piedras”, edición 2011. Se puede encontrar más textos narrativos y poéticos de Silvero en www.silvero.com.ar
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