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Putrefacto

domingo 12 de abril de 2020 | 7:30hs.
Putrefacto

Por Noelia Albrecht Escritora

Hay ciertas noticias que se difunden en un pueblo chico con la velocidad de la luz. El lunes 9 de julio, mientras las madres llevaban los niños al acto, no se hablaba de otra cosa. La captura de Antonio y los descubrimientos posteriores asombraron a todos. Tres mil habitantes redactaron la crónica del acontecimiento durante un par de semanas hasta que otro chisme llamó su atención. Quiero contarles esa historia porque, a medida que pasa el tiempo, vamos conociendo más información y volvemos a hablar de aquel vecino ejemplar.
Nadie podía creer que ese hombre vestido con medias de naylon, bermudas, crocs, anteojos de abuelo y remeras de Disney se hubiera convertido en un asesino serial. De hecho, lo defendieron durante varios días hasta que las pruebas quedaron expuestas. Prefirieron responsabilizar a extraños, buscar cómplices y hasta instigadores porque Antonio no podría haber ocultado su verdadera identidad durante tantos años. Había un enojo que se relacionaba con la mentira. ¿Cómo pudieron desconocer sus crímenes por tanto tiempo? ¿Por qué no sospecharon nunca de sus acciones? Un hombre que ayuda a sus vecinos, que planta árboles o que le enseña a andar en bicicleta a los niños no puede ser malo. Su figura no condecía con la imagen estereotipada de un homicida. De todos modos, volvamos a lo que les estaba contando.
Durante la noche del domingo 8 de julio un grupo de policías, entre los que me encontraba, nos acercamos al bar de Don Julio. Luego de los comentarios de rigor relacionados con el clima, uno de los agentes guardó en una bolsa los elementos necesarios para la cena. Solemos cobrarnos favores abasteciéndonos de lo que deseamos comer. En ocasiones pedimos algún plato elaborado y en otras con un poco de pan y fiambres saciamos nuestra hambre. Recuerdo que esa noche mi compañero comía papas fritas mientras conversábamos con el personal del negocio.
Cuando salimos del local, sentimos un aroma ácido y putrefacto. Según el comerciante hace unas horas habían comenzado a apreciarlo y debido a eso, quienes bebían afuera decidieron ingresar al comercio. Juntos cruzamos la calle y comenzamos a recorrer el terreno baldío que se ubicaba frente al negocio. No encontramos nada, ni siquiera una bolsa con residuos. Los vecinos volvieron al bar y nosotros a la comisaría. Cada quien siguió con su vida. Mientras tanto, el viento sur continuaba desperdigando un olor horrible sin que se pueda precisar de dónde provenía.
Los habitués del local se retiraron cerca de las tres de la mañana y cuando se despedían a uno de los caballeros se le ocurrió que el aroma podría provenir de la casa de Antonio. Todos sabían que se dedicaba a momificar los animales que cazaba. El término taxidermista resultaba muy científico pero conocían sus capacidades. Bastaba decir que conservaba la cabeza de los animales que cazaba y se comía el resto de su cuerpo. De hecho, quien pasaba por su casa podría ver, desde la vereda, el acceso a la galería donde guardaba su auto y luego la escalera que se unía con el sector de la parrilla. Allí exhibía la cabeza de un ciervo, un ternero y un jabalí. “Quizás está secando otro bicho. Mañana podemos ir a ver” dijo Elías al ser indagado horas después. Él fue el primero en presentarse a testimoniar acerca del caso, aunque creo que lo movía la curiosidad más que su deber como ciudadano. Vale decir que preguntó más de lo que pudo narrar. Después de escucharlo supe que llegamos tarde, sin embargo no hubiéramos podido modificar los hechos.
Antonio vivía solo y le gustaba acostarse a dormir temprano. Cuando enviudó, luego de la larga agonía de su esposa, muchas personas decidieron presentarle mujeres pero él nunca aceptó. Solo se dedicó a sus clases de biología y cuando regresaba a su hogar se lo podía ver arreglando el patio. Eso sí, no volvió a abrir las puertas, ni siquiera en los días de intenso calor. Si alguien golpeaba las manos debía hacerlo varias veces y esperar a que aparezca su gran cabeza entre el marco y la puerta.
Había conocido a Inés cuando ambos estudiaban en la capital. Ella se recibió de maestra y fue, durante décadas, la encargada de enseñar a leer y escribir a casi todos los niños del pueblo. Era una mujer elegante, de cabello ondulado y grandes ojos claros. Cuando se casó con Antonio, él se mudó al pueblo y quienes la recuerdan relatan como entre ellos construyeron parte de su hogar. Se los veía muy felices colocando ladrillo sobre ladrillo.
A medida que pasaba el tiempo notaron que pese al cariño de Inés por los niños, no podían verla embarazada. Según lo que se comentaba, ante la imposibilidad de tener hijos, Antonio optó por no adoptar y ella acompañó su voluntad. Igualmente, todo lo relatado cobra otro sentido a la distancia y más aún cuando pienso lo que ha hecho.
Los psicópatas suelen ser personas muy educadas, correctas y cordiales. Así lo afirman los psicólogos y psiquiatras que nos han capacitado en los últimos años. Antonio era así o debería decir es así. Tal vez ahora pueda mostrarse como realmente es. De todas formas quiero pensar que queda algo de aquel hombre sencillo que conocí. Llevo poco años en la fuerza pero escuché sobre casos similares. Es decir, hombres aparentemente normales que un día pierden la razón y cometen delitos aberrantes. A veces quiero minimizar sus acciones aunque sé que, Antonio mató a cuatro mujeres sin que nadie lo notara. Es más, veía sus cuerpos todos los días y nunca fue capaz de confesar sus asesinatos. Su frialdad me asusta. No puedo pensar cómo hizo para convivir con las personas que mató. Entiendo su soledad y su carencia de afecto pero existen otras maneras de relacionarse.
Durante muchos años, Livio, su perro fue su única compañía. No se le conocía familiares ni amigos, pese al buen trato que prodigaba a todos. Lo invitaban a almorzar, a casamientos, cumpleaños y en raras ocasiones se sumaba a algún festejo. Siempre pedía perdón y se disculpaba por no ir. Parecía que le temía a la noche porque cuando atardecía doblaba el sillón desde el que contemplaba la vida de otros y se refugiaba en su casa. Se lo veía madrugar para ir a dar clases o ir a cazar. Retornaba cerca del mediodía y salía nuevamente martes y miércoles para volver al colegio.
Cuando nos detuvimos frente a su casa, la mañana del 9 de julio, para preguntarle si podíamos ingresar puesto que considerábamos que el aroma podría ser resultado de su particular hobbie, Antonio salió lentamente y se acercó a nosotros. Lo conocíamos desde chicos. Ambos lo vimos, varias veces, con el rifle al hombro y bajando la conservadora de la camioneta. Esa escena se repetía durante distintas épocas al año. Incluso, él había sido nuestro profesor. Nos reconoció y nos dejó pasar. Nos pareció raro que accediera a nuestro pedido con tanta facilidad. Al ingresar, notamos una mujer de espaldas sentada en el sillón, la saludamos sin embargo, la mujer no respondió. El aroma era realmente insoportable dentro de la casa. Se podía distinguir una mezcla entre amoníaco y carne podrida. Antonio apareció con dos vasos de agua y pidió que lo esperáramos un minuto. Nos sentamos en la mesa del comedor. Hacía calor y un ventilador de pie apenas removía el aire al girar. Cuando él volvió, traía un bolso en la mano y nos dijo: “Llévenme a la comisaría, maté a cuatro mujeres”. Lo esposé y lentamente fuimos hacia el móvil. Él cerró la puerta y el portón de la calle. Luego le dio la llave a mi compañero. Mientras lo transportábamos seguía hablando, precisando cada uno de sus homicidios. No sé en qué momento dejé de oírlo, solo sé que una parte de mi cabeza decidió anular su voz.
Cuando llegamos a la comisaría me desligué de la situación o, al menos, intenté alejarme del caso pero en el pueblo no se hablaba de otra cosa de modo que sin desearlo continuaba agregándole información al hecho.
No podía escaparme de la sensación de asombro e incredulidad. Sé lo que vi aunque también creo saber quién es mi vecino. Antonio era un hombre ejemplar, puntual en su trabajo, de camisas y pantalones planchados. Se hacía querer y todos respetaban su particular carácter. Incluso admiraron su voluntad cuando se excusó por no permitir el ingreso de otras personas a su hogar. “Quiero que todo se mantenga igual, como cuando vivía aquí Inés”.
Ahora lo entendíamos, su deseo de privacidad le servía para ocultar sus homicidios. Como suele suceder, se comenzó a atar cabos sueltos y lo que fuimos descubriendo no solo nos sorprendió, sino que causó tal indignación que debimos solicitar ayuda a las fuerzas de otras localidades para controlar la movilización de los vecinos frente a la comisaría. Querían gritarle, decirle asesino y conocer las razones que justificaron sus hechos. Él nos mintió y la ofensa debía cobrarse de alguna manera.
Un hecho se destacó dentro de la variedad de acciones que explicaron su detención. Antonio separaba los pechos de las mujeres que había matado y los colocaba sobre una madera barnizada. Al resto del cuerpo le aplicaba el mismo proceso de taxidermia. Según las evidencias, colgadas en la pared, había matado a cinco mujeres. Posteriormente descubrieron, tras su confesión, que se había iniciado en esa práctica con el cuerpo de su propia esposa. Cuando el médico notificó su muerte en la cama que compartían como pareja, él decidió prepararla para el funeral y es obvio que nadie le miraría los pechos a una mujer fallecida.
Sobre las victimas reconoció que las había elegido por las similitudes con su esposa. “Todas se parecían a Inés, pero ninguna me quiso como yo las quería entonces decidí matarlas. No sabía cómo deshacerme de sus cuerpos así que decidí conservarlas. Ellas eran mi compañía. Las peinaba y les cambiaba la ropa. Solo les quité sus pechos y los colgué en mi habitación. A la primera mujer, la senté en la mesa de la cocina para que me haga compañía. Ella me había invitado a cenar en su casa y quise recrear ese momento. A la segunda, la ubiqué a mi lado en el sillón de la sala. A la tercera, la senté en el pasillo y a la cuarta no la pude momificar porque no tenía la cantidad de químicos que necesitaba. Intenté detener el tiempo de deterioro de la muerte pero no pude. Me enojé conmigo mismo y con un puñetazo a la mesa hice que los pocos elementos que me quedaban se rompieran.” Sus palabras se detuvieron allí.
Antonio confesó que no posee familiares cercanos vivos. Sus padres fallecieron hace más de diez años y su única hermana murió unos meses antes que su esposa. Nos dijo que tiene un sobrino que vive en España y hace años no se comunica con él. Durante el testimonio describió con detalles cada uno de los homicidios. En ningún momento evadió nuestras preguntas y según los comentarios del médico psiquiatra él está consciente de haber asesinado a esas mujeres pero no demuestra sentirse culpable.
El fiscal volvió a la casa y fotografió los fragmentos de vidrio que habían quedado en el suelo y algunos frascos que encontró en un viejo mueble. Se podía leer en las etiquetas: Formalina, ácido arsénico, sulfato de aluminio que parecía sal gruesa, alcohol, metanol, eosina, glicerina y agua entre otros.
Antonio develó la identidad de las mujeres y reconoció que hace muchos años había abandonado la cacería. Sus viajes lo llevaban a ciudades alejadas. Allí conocía a las mujeres, las dormía y lo que sucedía a continuación puede deducirse con facilidad. Cada una de ellas llevaba puesto un vestido de su esposa y las había peinado repitiendo el estilo de Inés. El pueblo llegó incluso a preguntarse, nuevamente, acerca de aquella primera muerte y el médico que la había atendido fue citado a declarar. Los análisis confirmaban su enfermedad pese a ello, los vecinos abalaban la idea de envenenamiento.
Antonio continúa en prisión y su casa se volvió un atractivo turístico. Ya no se ven las cabezas de los animales porque el juez las confiscó sin embargo, junto a quien se detiene a observar, aparece un vecino agregando anécdotas a la historia que ya conocen pese a que los avergüenza haber convivido con un ser de esas características. Noelia Albrecht es profesora de Lengua y Literatura vive en Posadas. Publicó “Lo que escribí mientras no me mirabas” (cuentos). “Putrefacto” es un texto inédito
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