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Puntito

domingo 12 de abril de 2020 | 2:30hs.
Puntito

Por Norma Varela Escritora

Era una vieja amargada. La partida de su única hija, primero, y la inesperada muerte de su esposo, después, la habían dejado sola en la enorme casa donde sobraba lugar por todos los rincones. Odiaba los cuartos oscuros llenos de fotos y olores antiguos que clavaban dardos en el centro del cerebro, justo ahí donde se almacenan los recuerdos. Cómo le dolía el pasado.... Cómo le dolía la ausencia... Cómo le dolía el vacío... Estaba enojada con su hija porque había elegido estudiar tan lejos y por formar su familia a mil kilómetros de distancia. Estaba enojada con su marido porque no había cumplido la promesa de envejecer juntos. Estaba enojada con los compañeros de trabajo que la miraban con temor y lástima. Estaba enojada con la vida... Su existencia se había convertido en un erial. Nadie con quien hablar. Nadie para quien cocinar. Nadie a quien amar. Su corazón era un bloque de sal que bombeaba amargura. Cerraba las ventanas y bajaba las cortinas porque le molestaba la alegría de la luz del sol. Cerraba las puertas y ponía llaves y pasadores tratando, inútilmente, de impedir la entrada de los miedos. Una atmósfera pesada y viscosa inundaba la casa y envolvía en vahos tóxicos a quien intentaba trasponer el umbral. Y allí fue, justamente, donde él apareció.
-!Perro de porquería, salí de ahí!- aulló amenazando con darle un escobazo, esa madrugada cuando salió a barrer la entrada -Seguro que venís a ensuciar. El dio un saltito al costado esquivando el golpe y se quedó mirándola.
-Todavía estás aquí... ¡Rajá! ¡Mandate a mudar! ¡Desaparecé! Pero él no se fue; al contrario, dio un paso hacia delante, movió la colita y, sorpresivamente, lamió la mano que intentaba golpearlo. En ese momento, algo se quebró dentro de ella, quizás el muro que había construido con tanto esmero para contener sus odios, sus angustias, sus temores...y por una grieta húmeda empezó a fluir la maravillosa descarga de las lágrimas. Cayó de rodillas al piso y se abrazó a esa presencia pequeñita y negra. El, feliz, se acurrucó en el pecho y ronroneó mimoso. Ella sintió de nuevo palpitar la vida en su seno, tibieza de leche en los pechos, mariposas de ansiedad en su estómago y una cintura que se volvió ágil para poder depositar en el piso la taza con agua y los platitos con comida. Puntito, así lo llamó, le hizo recordar, con sus necesidades, que había un patio en el fondo y, con sus ladridos, la obligó a abrir la puerta del frente para jugar con los chicos del barrio en la vereda.
-Queremos conocer a tu perrito, tía- le dijeron los sobrinos por teléfono, anunciando una visita mucho tiempo evitada.
- Qué perrito más lindo y chiquito- le decían las vecinas, mientras ella lo sujetaba orgullosa entre sus brazos en la cola de la carnicería. Poco a poco sus horizontes fueron ampliándose. Le compró una correa roja a Puntito y a la tardecita salían a caminar. Periódicamente iban a la veterinaria para vacunas y controles. Ingresaron a un club de mascotas y se hicieron amigos del revistero quien les conseguía una interesante revista sobre cuidados del cachorro. Como resultado de este proceso, llegó el día, tan temido, tan negado, tan postergado, en que ella se decidió a abrir el garaje, donde estaba guardado como una reliquia, el auto que había sido de su esposo. Respiró hondo, le sacó el polvo, lo llevó al mecánico, le hizo hacer un control de rutina, preparó el bolso, acomodó a Puntito en su canasto y, sin pensarlo dos veces, partió rumbo a la casa de su hija para que los nietos pudieran conocer al nuevo miembro de la familia.
(De: Vivir muchos años-Norma Varela )
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