Pinta tu aldea y pintarás el mundo
miércoles 11 de marzo de 2020 | 5:00hs.

Por Rubén Emilio Tito García rubengarcia1976@live.com.ar
“Pinta tu aldea y pintarás el mundo” es una frase atribuida a Liev Nikoláievich “León” Tolstoi, el genial escritor ruso. Y leyendo los libros del doctor Rolando Kegler, cónsul de Alemania, presidente de la Junta de Estudios Históricos de Misiones y prolífico y multifacético escritor misionero por adopción, retrata no solamente su aldea, también esboza pinceladas descriptivas que, sobre el lienzo, se observan bosquejos de otras situaciones del mismo cuadro, afín al escenario que describe. Para este escritor de ascendencia teutona, es una necesidad espiritual relatar la fundación de un pueblo creado de la nada, merced a la tesonera labor de un puñado de sus ascendientes y otros connacionales que idearon modelar su aldea en un punto distante del Paraguay, muy lejana a la patria amada que dejaron atrás. Porque no es fácil abandonar la tierra natal, ajada de sinsabores que ya no podía contenerlos por carencias acumuladas y otras vicisitudes padecidas. Pues siempre se ha argumentado que la desazón de la angustia y el futuro incierto determinan la dispersión de los individuos, de la familia y de pueblos enteros como aconteciera desde tiempos bíblicos, llevando consigo la profunda tristeza de abandono y desarraigo.
Y Rolando Kegler, retomando el hilo conductor de la diáspora de estos hermanos alemanes, relata la llegada al oasis de la tierra prometida a través del pueblo Hohenau, la nueva aldea. Lo hace a través del libro a publicar “Protagonistas en la Memoria”, rememorando aconteceres y sucesos pueblerinos en las figuras de sus abuelos Edwin y Cristian y compañeros de aventuras. Antes publicó “Hohenau, Cien Años en las Altas Praderas”, cuando la aldea cumplió la centuria de edad. Es por ello, que esta futura publicación repite el sentido homenaje, pues el 14 de marzo de 2020 cumplirá los 120 años de su creación. “La nueva patria donde se afincaron mis abuelos, donde nacieron mis padres y hermanos, donde viví mi niñez y parte de mi juventud”.
El presente relato tiene su base de sustentación en su obra culmen: “Los Alemanes en Misiones”. Donde describe el dolor del desarraigo, la adaptación al hábitat sin que conozcan aquellos inmigrantes el idioma vernáculo, menos el guaraní, hasta que paulatinamente y después de un tiempo estos esforzados luchadores comienzan a sentir el dulce sabor del arraigo en armonía con el medio, que les hace sentir un profundo sentido de pertenencia. Y es ahí cuando el gringo renace en su nueva patria. Digo gringo porque la obra “Los Alemanes…”se extiende y abarca a todos aquellos extranjeros que vinieron a colonizar Misiones reflejados en decenas de pueblos creados como Hohenau, principalmente los emigrados de la sufriente Europa. Continente donde los desvalidos de siempre, hombres y mujeres, fueron exterminados, desterrados y sufrieran los opresivos horrores de la guerra. Porque así fueron siempre sus territorios, terrenos de ocupación y de saqueos; corredor de los guerreros de imperios en pugna; campo de batalla de los poderosos de turno desde épocas milenarias, ya sean Hunos, Mogoles, Zaristas, Napoleónicos, Nazis o Bolcheviques.
Y en la exaltación del alma humana, uno de sus hijos reafirmando el sentido de pertenencia razona meditando: ¿Cómo no ha de ser así? Si venimos del tronco de nuestros antepasados cuyas raíces quedaron sepultadas vaya a saber en qué lugar de la lejana Europa. Y yo y mis hermanos seríamos las ramas que reciben la misma savia y el mismo alimento. La savia que se recicla in eternum y que transmite generación tras generación la condición espiritual del género humano. De lo contrario, no se explica, como mis ascendientes que han perdido bienes materiales y seres queridos en la vieja Europa, se asentaron en esta pequeña patria de tierra colorada y, sin saber el idioma, lograron un pedazo de tierra para vivir y trabajar en paz que, en el viejo continente dejado atrás, únicamente los ricos terratenientes eran los altivos propietarios y los dueños de cada palmo de suelo.
Cómo no creer entonces en el milagro sagrado de la continuidad de la especie si estos seres, venidos del otro lado del mundo, se asentaron en un puntito de la vasta geografía de Sudamérica para unirse, formar familia y dar vida a retoños a quienes inculcaron los sagrados valores de la moral y de la fe; cómo no creer, entonces, en el génesis que habla del principio de todas las cosas.
Y más acá, en las provincias hermanas, también se da el desarraigo con seres que migran de una a otra. Pues, nada más cierto que dos estrofas del explícito poema de la poetisa correntina Lucrecia Buasso, cuando expresa en los versos de:
“Peregrinas correntinas”
Que migramos a otras tierras.
Que llevamos colmada el alma.
De historias y leyendas.
Dejando sueños de infancia.
De amigos y de familia.
De comparsas y colegios.
De costanera en colores.
De jacarandá y chivatos.
De lapachares rosados.
De sus balcones al río.
Del Paraná siempre abierto…
No es fácil ser inmigrante.
En latitudes distantes.
Hoy brota la gratitud.
A su tierra a su gente.
A quienes nos recibieron.
Con los brazos muy abiertos.
Acompañando estas almas
A madurar la ilusión.
De ser parte, de integrarnos.
De aportar y de aprender.
En un dar y recibir.
De construir nuevos mundos.
Para volver a empezar.