Varela y la novela de Misiones
lunes 25 de febrero de 2019 | 5:00hs.
Varela y la novela de Misiones
Por Federico García sociedad@elterritorio.com.ar
En 1943 aparece ‘El río oscuro’, novela fundamental de Alfredo Varela que se instala como un punto relevante en las discusiones que giran en torno a la historia del género en Misiones debido a sus características que la ubican como representante del realismo literario. En ella se relata la vida de los mensú, trabajadores esclavos de las plantaciones de yerba mate, tema que define los inicios de la prosa en la tierra colorada.
Como dice Guillermo Kaul Grünwald, en los inicios del siglo XX, la literatura de Misiones se caracteriza principalmente por el tema de protesta. El surgimiento del periodismo trae consigo el arribo de profesionales como León Naboulet o Esteban Cavazzutti, cuyas publicaciones giran en torno a la figura del mensú y su explotación en los obrajes.
“Si bien la literatura de los autores citados conlleva el sello político del socialismo argentino, su prédica combativa contra los amos del Alto Paraná y contra las autoridades que nada hacían por mejorar la situación del mensú constituye un tópico de las letras misioneras que no puede ni debe silenciarse por sus características especiales”, dice en su ‘Historia de la literatura de Misiones’.
Paralelo a esta actividad, la literatura misionera se ve enriquecida por la cuentística de Horacio Quiroga, que trasciende los límites provinciales y se instala a nivel nacional e incluso internacional. El escritor uruguayo llegó a la tierra colorada en los albores del siglo y se arraigó para dar paso a una escritura marcada a fuego por su experiencia en el territorio.
De su lado, el italiano Benito Zamboni, que llega a Misiones hacia 1900, alterna el cultivo de la yerba mate con la escritura bajo el seudónimo de L’ortelano. Desde ese lugar, da origen a artículos de carácter narrativo que luego integrarían el libro ‘Scene familiari campestri’, en el que la narración asume formas de cuentos de ambiente regional con vetas realistas y humorísticas. Con esta obra se cierra el ciclo de la literatura misionera escrita en lengua extranjera, cuyos primeros eslabones comienzan en el siglo anterior con los textos de Cavazzutti, Giacomo Bove, Salvatore Curzio, entre otros.
La prosa misionera se vuelca entonces a los grandes problemas de la sociedad, como la educación y la justicia. En esos escritos se va mezclando la crítica y la experiencia con los dotes narrativos. Ramón Suaiter Martínez, por ejemplo, da luz a trabajos de crítica pedagógica teñidos de una poética particular. También su hermano Francisco -ambos eran catamarqueños- se distingue por sus estudios sociológicos.
De allí se salta a una etapa dominada por el periodismo y la lírica, géneros que imponen su impronta con mayor fuerza a partir de 1925. Por caso, el diario El Territorio, fundado ese año por el periodista y poeta Sesostris Olmedo.
Ahora bien, el género novelesco que nos interesa aquí tiene una de sus primeras manifestaciones también en la figura de Horacio Quiroga, quien en 1908 publica ‘Historia de un amor turbio’, aunque algunos críticos, como Alberto Briole, aducen que la novela fracasa en varios aspectos de su composición. Mismo juicio surge ante la insistencia de Quiroga con la novela ‘Pasado amor’, de 1908, en la que dramatiza una historia de amor propia.
Hacia 1931, el porteño Joaquín Alejo Falconet escribe ‘Un filósofo en Posadas’, de género híbrido que no se llega a configurar como novela ni como ensayo.
En ese marco, la figura ineludible de Germán de Laferrére parece inscribirse en la seguidilla de escritores que van configurando el horizonte narrativo de Misiones. A la par que las fronteras geopolíticas se delimitan, se genera también un discurso que la retrata. Así, en 1943, el mismo año en el que se publica ‘El río oscuro’ de Varela, ‘Aguas turbias’, de Germán de Laferrére, sale a la calle como un representante legítimo de la tierra colorada pasada por el tamiz de la estética literaria, así como su novela de 1945 ‘Selva adentro’, donde ya se observa una mayor preocupación por los mecanismos literarios y un grado superior de profesionalismo y madurez de la escritura.
Sobre su estilo, Kaul Grünwald aduce que no ofrece novedades, aunque “nos hace vibrar poéticamente” y se vuelca hacia la captación directa. Sin embargo, a Laferrére “Misiones le debe el testimonio del proceso sufrido en su paisaje, cuando el hombre comenzó a desentrañar la selva fascinante”. ‘El río oscuro’, lejos del tono vecinal de Germán de Laferrére, se liga más bien a las intenciones contestatarias que caracteriza a la literatura misionera de principios del siglo XX, por lo que hasta podría tomarse como un fruto tardío de aquella etapa.
En la intención del escritor y en su descripción del ambiente altoparanaense, junto a los tipos humanos que allí circulan, radica la diferencia entre el discurso fundacional de Laferrére y el de protesta de Varela. Si bien no es nuestro ánimo realizar un análisis comparativo, estos son factores a tener en cuenta a la hora de considerar un discurso como representante fundacional del género novelesco.
Lo que Juan Enrique Acuña escribe sobre el tema en la revista Misiones de junio de 1944 es esclarecedor: “Alfredo Varela, también periodista, fue a Misiones en gira de corresponsal, recorrió sus tierras, habló con su gente, tomó nota; hizo en fin todo lo que acostumbra un escritor. Poco tiempo después publicó ‘El río oscuro’ (...) De esta manera el más apresurado de los tres (Quiroga, Laferrére y Varela) acomete su obra. Quiroga cuentista dramatiza casi siempre acontecimientos de su larguísima experiencia selvática; Laferrére cuenta las aventuras que vio y vivió durante diez años en Misiones; Varela, en cambio, viajero de dos o tres meses, escribe una obra que no se contenta con una transposición literaria de experiencias o una pintura de ambiente que pretende la recreación de todo un proceso social, del complejo drama de una tierra”.
Así, se establece la diferencia entre la experiencia como forma y desencadenante de la escritura y la intención de protesta que radica en la obra de Varela, la cual podría funcionar de igual forma si fuera otro el escenario en el que se mueven los personajes de ficción, pues la tierra de Misiones no ejerce allí el poder de ser un personaje más, sino una pintura inerte sobre la que se tejen relaciones de poder que el escritor desea mostrar. No obstante, por analogía o contraposición, ‘El río oscuro’ se vuelve un hito fundamental a la hora de encarar un debate de este tipo y, por ello, no deja de ser un representante fiel de la literatura de estas latitudes.
Como dice Guillermo Kaul Grünwald, en los inicios del siglo XX, la literatura de Misiones se caracteriza principalmente por el tema de protesta. El surgimiento del periodismo trae consigo el arribo de profesionales como León Naboulet o Esteban Cavazzutti, cuyas publicaciones giran en torno a la figura del mensú y su explotación en los obrajes.
“Si bien la literatura de los autores citados conlleva el sello político del socialismo argentino, su prédica combativa contra los amos del Alto Paraná y contra las autoridades que nada hacían por mejorar la situación del mensú constituye un tópico de las letras misioneras que no puede ni debe silenciarse por sus características especiales”, dice en su ‘Historia de la literatura de Misiones’.
Paralelo a esta actividad, la literatura misionera se ve enriquecida por la cuentística de Horacio Quiroga, que trasciende los límites provinciales y se instala a nivel nacional e incluso internacional. El escritor uruguayo llegó a la tierra colorada en los albores del siglo y se arraigó para dar paso a una escritura marcada a fuego por su experiencia en el territorio.
De su lado, el italiano Benito Zamboni, que llega a Misiones hacia 1900, alterna el cultivo de la yerba mate con la escritura bajo el seudónimo de L’ortelano. Desde ese lugar, da origen a artículos de carácter narrativo que luego integrarían el libro ‘Scene familiari campestri’, en el que la narración asume formas de cuentos de ambiente regional con vetas realistas y humorísticas. Con esta obra se cierra el ciclo de la literatura misionera escrita en lengua extranjera, cuyos primeros eslabones comienzan en el siglo anterior con los textos de Cavazzutti, Giacomo Bove, Salvatore Curzio, entre otros.
La prosa misionera se vuelca entonces a los grandes problemas de la sociedad, como la educación y la justicia. En esos escritos se va mezclando la crítica y la experiencia con los dotes narrativos. Ramón Suaiter Martínez, por ejemplo, da luz a trabajos de crítica pedagógica teñidos de una poética particular. También su hermano Francisco -ambos eran catamarqueños- se distingue por sus estudios sociológicos.
De allí se salta a una etapa dominada por el periodismo y la lírica, géneros que imponen su impronta con mayor fuerza a partir de 1925. Por caso, el diario El Territorio, fundado ese año por el periodista y poeta Sesostris Olmedo.
Ahora bien, el género novelesco que nos interesa aquí tiene una de sus primeras manifestaciones también en la figura de Horacio Quiroga, quien en 1908 publica ‘Historia de un amor turbio’, aunque algunos críticos, como Alberto Briole, aducen que la novela fracasa en varios aspectos de su composición. Mismo juicio surge ante la insistencia de Quiroga con la novela ‘Pasado amor’, de 1908, en la que dramatiza una historia de amor propia.
Hacia 1931, el porteño Joaquín Alejo Falconet escribe ‘Un filósofo en Posadas’, de género híbrido que no se llega a configurar como novela ni como ensayo.
En ese marco, la figura ineludible de Germán de Laferrére parece inscribirse en la seguidilla de escritores que van configurando el horizonte narrativo de Misiones. A la par que las fronteras geopolíticas se delimitan, se genera también un discurso que la retrata. Así, en 1943, el mismo año en el que se publica ‘El río oscuro’ de Varela, ‘Aguas turbias’, de Germán de Laferrére, sale a la calle como un representante legítimo de la tierra colorada pasada por el tamiz de la estética literaria, así como su novela de 1945 ‘Selva adentro’, donde ya se observa una mayor preocupación por los mecanismos literarios y un grado superior de profesionalismo y madurez de la escritura.
Sobre su estilo, Kaul Grünwald aduce que no ofrece novedades, aunque “nos hace vibrar poéticamente” y se vuelca hacia la captación directa. Sin embargo, a Laferrére “Misiones le debe el testimonio del proceso sufrido en su paisaje, cuando el hombre comenzó a desentrañar la selva fascinante”. ‘El río oscuro’, lejos del tono vecinal de Germán de Laferrére, se liga más bien a las intenciones contestatarias que caracteriza a la literatura misionera de principios del siglo XX, por lo que hasta podría tomarse como un fruto tardío de aquella etapa.
En la intención del escritor y en su descripción del ambiente altoparanaense, junto a los tipos humanos que allí circulan, radica la diferencia entre el discurso fundacional de Laferrére y el de protesta de Varela. Si bien no es nuestro ánimo realizar un análisis comparativo, estos son factores a tener en cuenta a la hora de considerar un discurso como representante fundacional del género novelesco.
Lo que Juan Enrique Acuña escribe sobre el tema en la revista Misiones de junio de 1944 es esclarecedor: “Alfredo Varela, también periodista, fue a Misiones en gira de corresponsal, recorrió sus tierras, habló con su gente, tomó nota; hizo en fin todo lo que acostumbra un escritor. Poco tiempo después publicó ‘El río oscuro’ (...) De esta manera el más apresurado de los tres (Quiroga, Laferrére y Varela) acomete su obra. Quiroga cuentista dramatiza casi siempre acontecimientos de su larguísima experiencia selvática; Laferrére cuenta las aventuras que vio y vivió durante diez años en Misiones; Varela, en cambio, viajero de dos o tres meses, escribe una obra que no se contenta con una transposición literaria de experiencias o una pintura de ambiente que pretende la recreación de todo un proceso social, del complejo drama de una tierra”.
Así, se establece la diferencia entre la experiencia como forma y desencadenante de la escritura y la intención de protesta que radica en la obra de Varela, la cual podría funcionar de igual forma si fuera otro el escenario en el que se mueven los personajes de ficción, pues la tierra de Misiones no ejerce allí el poder de ser un personaje más, sino una pintura inerte sobre la que se tejen relaciones de poder que el escritor desea mostrar. No obstante, por analogía o contraposición, ‘El río oscuro’ se vuelve un hito fundamental a la hora de encarar un debate de este tipo y, por ello, no deja de ser un representante fiel de la literatura de estas latitudes.