El leprosario de don Amado

viernes 22 de febrero de 2019 | 5:00hs.
El leprosario de don Amado
El leprosario de don Amado
Por Alfredo Poenitz

Por Alfredo Poenitz Historiador

Pocas historias de vida en la historia argentina y, especialmente en la historia regional, han sido tan apasionantes, intensas y trascendentes como la del francés Aimé (Amado) Bonpland. Nacido en La Rochelle, Francia, un 28 de agosto de 1773, estudió en la Universidad de París la carrera de Medicina, a la que ingresó en 1791 y donde encontró su pasión por la Botánica. Obtuvo su doctorado en 1797 teniendo como profesores a los más eminentes científicos franceses. Uno de ellos, Antonio Jussieu, lo recomendó a Alejandro Humboldt quien presidía un proyecto del gobierno francés de exploraciones científicas en África y América del Sur. Si bien ese proyecto no prosperó, Humboldt y Bonpland viajaron juntos entre 1799 y 1804 por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y otros países americanos. En 1805, la emperatriz Josefina, esposa de Napoleón, lo nombró intendente de la residencia rural del Emperador, la Mailmason que poseía un gigantesco vivero de plantas exóticas de todo el mundo. A la muerte de Josefina en 1814, y con el bonapartismo en crisis, Bonpland decide viajar a Buenos Aires con su mujer Adelia y la hija de un matrimonio anterior de aquella, Emma, adolescente entonces.
La historia de don Amado a partir de su llegada al Río de la Plata ha sido magníficamente narrada por Luis Gasulla en su obra El solitario de Santa Ana, la que, a pesar de ser considerada en el género literario como una novela histórica, es, según lo han manifestado los más importantes biógrafos de Bonpland e incluso sus descendientes nacidos en territorio rioplatense, la obra más fidedigna de la vida de este particular personaje en nuestro país.
Don Amado llega a Buenos Aires en plena crisis política del Directorio. Gasulla hace una atrapante descripción de lo que era entonces Buenos Aires y las disquisiciones políticas internas, las opiniones de los vecinos de la capital de las Provincias Unidas que no dejaba de ser una aldea que intentaba asumir su trascendente rol de capital de un vasto territorio de América del Sur.
En ese contexto, un grupo de franceses, célebres en la historia argentina como Leloir, Lagreze, de Conneaut, Vaulquin, Isabelle, Parchappe, atraídos por la gran posibilidad del comercio yerbatero desde Misiones y Corrientes hasta Buenos Aires se asocian procurando instalar el tráfico de la yerba por el río Paraná con el objeto de exportarla desde Buenos Aires. Para la exploración y las posibilidades de éxito de la empresa se lo destinó a Bonpland en 1821 rumbo a Corrientes, donde comenzarían sus desventuras y su apasionante historia en nuestra región.
Habiendo viajado sin su esposa, quien jamás se adaptó a estas tierras y a quien nunca más volvió a ver, Bonpland rápidamente se relacionó con la clase dirigente política y empresarial de Corrientes, que le facilitó el equipamiento necesario para su exploración a las Misiones, territorio que se hallaba escasamente poblado, sus viejos pueblos jesuíticos en ruinas, prácticamente sin gobierno estable donde algunos caudillos se autoproclamaban gobernadores de un territorio que intentaba sobrevivir como provincia.
Para colmo de males, el gobierno del Paraguay, administrado entonces por Gaspar Rodríguez de Francia, sostenía que el territorio desde el río Aguapey hacia el norte (toda la actual provincia de Misiones y el nordeste de Corrientes) les pertenecía por derechos consuetudinarios. Estando en Santa Ana, donde tenía su campamento temporario, quien ostentaba en ese momento el título de Comandante Militar de Misiones, el indio Nicolás Aripí, el 8 de diciembre de 1821 el pueblo en ruinas es atacado por un importante ejército paraguayo, siendo golpeado ferozmente el científico francés, trasladado al otro lado del Paraná y confinado en un pequeño pueblo, Santa María, a unos 15 kilómetros de San Ignacio Guazú.
Allí permaneció por nueve años, hasta el 21 de diciembre de 1830, fecha en la que fue liberado. En Santa María formó un importante vivero, una pequeña destilería donde preparaba licores regionales y fue el médico del pueblo. Muy querido por los lugareños, lo llamaban “caraí arandú” (señor sabio). En esos años don Amado, el científico de las principales academias de Francia, amigo de los más importantes líderes políticos americanos, se transformó en un aldeano más de Santa María, tierra que amó profundamente, donde dejó por lo menos un hijo de una relación con la hija del comandante del lugar y a la que costó dejar cuando fue anunciada su liberación por Rodríguez de Francia, a quien nunca conoció.
Ya en libertad se dirigió a San Borja, desde donde inició contactos con las principales autoridades de Corrientes, provincia que ya había anexado el territorio misionero desde el río Miriñay hasta el río Aguapey. Se asoció con Ferré, Pujol, Berón de Astrada, trabó una profunda amistad con el oriental Fructuoso Rivera obteniendo del gobierno de Corrientes en enfiteusis un importante campo cerca de Paso de los Libres, en ese entonces denominado Paso de Santa Ana.
En esta época de la vida de Bonpland hay una historia poco difundida, la de la reconstrucción de un leprosario, en 1838, que los jesuitas habían edificado en una isla frente al pueblo de La Cruz. Anoticiado de su existencia por una caritativa lugareña, doña Victoriana Cristaldo, que se encargaba de mantener, con escasísimos recursos, la dignidad de los enfermos confinados en esa isla, don Amado se encargó de conseguir financiamiento del gobierno correntino, higienizar el lugar, proveerlo de los recursos necesarios y personalmente dirigir la reconstrucción del leprosario donde se instaló también una guardia militar para la seguridad del nosocomio.
Viajero incansable, él mismo formaba parte del arreo de su tropa de ganado hacia el interior de Corrientes, Entre Ríos o lugares más lejanos como Montevideo y Porto Alegre. En esos viajes enriquecía su libro de especies exóticas, muchas de las cuales hacía llegar a las instituciones científicas francesas.
Cuando regresaba de sus largos trayectos, rápidamente iba a controlar el estado del leprosario prolijamente administrado por doña Victoriana, quien con el tiempo se convirtió en su esposa y tuvo tres hijos, Carmelita, a quien tuvo en sus jóvenes 77 años y fue quien la acompañó en su muerte en 1858. Además de Carmelita, Bonpland tuvo dos hijos varones más, Amadito y Anastasio.
El leprosario tuvo un lamentable final. Un caudillo mandisoveño, Manuel Tacuabé, en la difícil década de 1840 de enfrentamientos entre entrerrianos y correntinos, en un ataque a La Cruz destruyó la obra iniciada por los jesuitas y reconstruida por don Amado Bonpland.