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El sexo de los ángeles

domingo 23 de octubre de 2016 | 6:00hs.
El sexo de los ángeles
Buscando en la Wikipedia el bolero Píntame angelitos negros, me entero que está basado en una poesía del venezolano Andrés Eloy Blanco. La música del bolero es del actor y compositor mexicano Manuel Álvarez Rentería, a quien llamaban Maciste, y fue muy popular en la época en que los boleros eran lo máximo. Píntame angelitos negros fue una de las primera canciones de protesta por la igualdad de las razas. Pide la letra de la canción al pintor de santos que pinte ángeles negros, por lo menos tantos como blancos, porque “también se van al cielo todos los negritos buenos”.
Me acuerdo del bolero cada vez que ando por Itatí y veo el fresco que rodea a la Virgen en su camarín. Abajo, en la tierra, unos indiecitos rezan, cantan y tocan instrumentos musicales; y arriba, en el cielo, unos angelitos europeos rezan, cantan y tocan instrumentos musicales. Todo mal con el pintor y con el que mandó pintar esta exageración, pero también es cierto que no debemos juzgar el pasado con categorías del presente.
Nadie sabe de qué color son los ángeles porque no tienen raza como los humanos. Tampoco son varones o mujeres y es una discusión necia la del sexo de los ángeles, tanto que se ha acuñado esa expresión para referirse a toda discusión inútil o innecesaria. De paso y ya que nos metimos con la basílica de Itatí, recuerdo que en el ábside de la catedral de Posadas hay dos ángeles, uno vestido de rosa y otro de celeste, que es un modo habitual de representar a los ángeles cuando hay dos: uno varón y otro mujer. Al final era buena la queja del poeta venezolano a los prejuicios raciales de los artistas que también suponen que es afeminado usar ropa rosa, gobernar en la Rosadita o que te guste el helado de frutilla. Estaría mejor vestirlos de comandos anfibios, como San Miguel, ya que hoy hay soldados varones y mujeres en todos los ejércitos del mundo, y para el caso da lo mismo porque resulta que los ángeles no tienen sexo, ni color, ni ropa, ni alas, ni cara ni nada que no sea espíritu.
Pero los seres humanos –el animal hombre– sí que tiene sexo y también raza. Somos hembras y machos, varones y mujeres, damas y caballeros, señoras y señores… Y viene a cuento la idea porque en estos días ocurrieron en el país dos hechos relacionados con nuestra común semejanza y entretenida diferencia que me parece son como la discusión sobre el sexo de los ángeles. Uno fue la manifestación Ni una menos convocada para repudiar toda violencia de género, que tuvo su epicentro en la Plaza de Mayo y correlato en casi todas las ciudades del país. La motivó el tenebroso femicidio de una chica en Mar del Plata, la 19ª en lo que va de octubre en todo el país. El otro fue la aprobación en el Senado de la Nación de la ley de paridad de género en las listas electorales, que si no hay un terremoto universal se convertirá el Ley de la Nación una vez que la apruebe la Cámara de Diputados.
Quiere decir que a partir de la efectiva sanción de la ley habrá que elegir igual cantidad de varones que de mujeres en las listas de candidatos; intercalados en las listas de las elecciones generales y como les guste ponerlos en las listas partidarias. Y hay proyectos en la Nación y en algunas provincias para conseguir esos cupos en todos los cargos colegiados de sus poderes Ejecutivo y Judicial.
Ya está. Hemos llegado al 50/50 y con la Ley del Cupo hemos decidido discriminar por igual a varones y mujeres. Y no importa que el proyecto aprobado ponga en segundo término el principio constitucional de la idoneidad para ocupar cargos públicos y en primero a los órganos sexuales o lo cromosomas que nos distinguen a varones y mujeres.
En nuestra era y en nuestra geografía, es indiscutible la diferencia natural entre hombres y mujeres y también su igualdad esencial. Esa igualdad es la que nos hace elegir indistintamente a varones o mujeres, sin importar la cantidad de unos o de otros. Imponerlo por las bravas es machismo, aunque sea femenino.

Por Gonzalo Peltzer
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