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Aeropuertos en ningún sitio

domingo 02 de octubre de 2016 | 6:00hs.
Aeropuertos en ningún sitio
Empezaba la columna de hace dos domingos refiriéndome a los no-lugares, esa construcción sociológica de Marc Augé para los aeropuertos y también otros sitios transitorios que son a la vez de todos y de nadie. No es que lo quiera corregir al antropólogo francés, pero pensaba estos días que más que no-lugares los aeropuertos argentinos están en ningún lugar.
Es una simple experiencia de viaje: lo importante no es si el aeropuerto es grande o pequeño o si está cerca o lejos de la ciudad, lo que importa es que esté bien comunicado con la ciudad a la que sirve. Y hoy en el mundo más o menos civilizado, ir y volver del aeropuerto es lo más fácil, cómodo y barato que hay.
Los de Londres tienen estaciones de tren adentro del aeropuerto. Por unas libras (que siempre son caras para nosotros pero no para ellos) usted llega en media hora y en trenes expresos a cualquiera de las grandes estaciones terminales de Londres. Pero eso no es nada comparado con el metro, que tiene tres estaciones en Heathrow, el más grande y transitado de los aeropuertos de Europa y del mundo. Desde cualquiera de las terminales de Heathrow y por lo que cuesta un pasaje de metro los viajeros tienen acceso a la inmensa red de subterráneos de Londres.
También llegan el tren de cercanías y el metro de Madrid a las viejas terminales y a la alejada y supermoderna terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez (Barajas). El aeropuerto ha inaugurado, además, una lanzadera que lo lleva o lo trae del centro de Madrid: por cinco euros usted se sube a un autobús vidriado, con wifi y lugar para sus maletas, y le da su último adiós a la ciudad. Y lo mismo o parecido ocurre en todos los aeropuertos de Europa o de los Estados Unidos.
En cambio en los aeropuertos argentinos –y casi todos los sudamericanos, para qué nos vamos a engañar– cuando usted se baja del avión no llegó a ningún sitio. Que Dios lo ampare en su soledad y también en la inseguridad que campa como un fantasma en nuestro continente y mucho más en cuanto hay un indefenso, que es lo que somos los pasajeros en los no-lugares de Marc Augé. Lo bueno es que en nuestros aeropuertos es improbable que alguien de Daesh –el Califato que mal llaman Isis– ponga una bomba y le pido que cruce los dedos ya que yo no puedo hacerlo cuando esto escribo.
Basta que transponga la puerta de salida para que se encuentre con la nada. Si no lo han venido a buscar, no hay a dónde ir ni en qué ir y si quiere usar algo parecido al transporte público de pasajeros tiene que prever el doble de tiempo para irse o para llegar a un sitio al que ya tiene que estar bastante antes si no quiere tener problemas, y todo para un vuelo que dura un poco más de una hora.
El Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires sigue incomunicado por transporte público de pasajeros y rodeado de bandidos. Bueno, si tiene Sube puede tomarse el 45, el 33 o el 160, pero no es nada fácil hacerlo con una valija más o menos grande. Cuando pasa las puertas de salida se encuentra de repente en el territorio comanche, siempre falto de luz, desordenado, sucio y dominado por mafias codiciosas de desprevenidos. Últimamente a alguien le ha dado por anular una de cada dos puertas corredizas con cintas de peligro, como para que empieces a acostumbrarte a lo que vendrá. Ezeiza es otro caso de ningún lugar y tiene que rezar para que no le toque un piquete al llegar o salir y no le digo nada lo que se siente en aeropuertos del interior, incluido el de Posadas. En algunos da miedo salir de la zona de desembarque por el acoso al que somos sometidos. Para colmo y para más susto, a la Policía de Seguridad Aeroportuaria se le ha dado por llenar los sitios neurálgicos de nuestros aeropuertos con pegotes de bandidos buscados por la policía o perdidos buscados por la Justicia o por sus parientes.
Es imperioso para el turismo comunicar nuestros aeropuertos con las ciudades a las que sirven con transporte fluido, seguro, barato y rápido. Hasta que no hagamos eso, no hemos ni siquiera empezado a cuidar a los turistas.

Por Gonzalo Peltzer
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