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Aeropuertos

domingo 18 de septiembre de 2016 | 6:00hs.
Aeropuertos
Marc Augé es un antropólogo francés contemporáneo al que se le dio por llamar no-lugares a los sitios transitorios en los que nos relacionamos los seres humanos. Son no-lugares los hospitales, pero también las autopistas, los supermercados y sobre todo los aeropuertos. Resulta que a medida que pasan los años son más grandes, más anchos, más largos y más no-lugares. Se explica perfectamente que haya gente que viva en los aeropuertos, como en la película La Terminal de Steven Spielberg en la que Tom Hanks se convierte en un náufrago apátrida en un aeropuerto norteamericano. Pero la película es pura ficción basada en la historia real de un refugiado iraní que vivió 18 años en una sala de embarque de la Terminal 1 del aeropuerto Charles De Gaulle de París. Es que las salas de embarque de los aeropuertos internacionales son no-lugares al cuadrado, la tierra de nadie entre migraciones y el resto del universo.
Hoy los grandes aeropuertos más que no-lugares son no-ciudades o no-países por el tamaño que tienen y sobre todo por la cantidad de habitantes permanentes y transitorios. El aeropuerto de Heathrow, en Londres, recibe unos 75 millones de pasajeros por año. Por el de Barajas (ahora se llama Adolfo Suárez pero sigue quedando en el pueblo de Barajas, en Madrid), pasaron 46 millones en 2015. Pero hay que agregar que Barajas es el único aeropuerto civil de Madrid, mientras que Londres tiene por lo menos cuatro si sumamos a London City, Gatwick y Luton. Estos datos nos ponen de un plumazo donde realmente estamos: en el mismísimo fin del mundo. Aunque estar en el fin del mundo también tiene sus encantos que no vamos a despreciar.
Es que tanta gente concentrada en los aeropuertos los ha convertido en blanco preferido de los yihadistas islámicos, esos guerreros fanatizados que han aparecido en el mundo civilizado para jorobarnos la paciencia a los viajeros. Y para colmo resulta que Bin Laden –o quien sea que haya sido el que usó aviones repletos de pasajeros para atentar contra las Torres Gemelas de Nueva York– nos complicó la vida para siempre a los que andamos perdidos por los aeropuertos una parte de nuestra vida.
Gasté casi todo el martes pasado entre los aeropuertos de Heathrow y Barajas para llegar el miércoles a la madrugada a Ezeiza, en Buenos Aires. Lo curioso es que ya no nos sorprende que unos extraños de Londres miren todo lo que llevás en tu valija con rayos x o metan sus manos en el bolso y saquen al aire tu ropa interior como si nada. Eso pasa hasta en el aeropuerto de Posadas, pero lo notable de Londres es que le hacen esas perrerías a unas 100 millones de personas por año (si las cuentas no me fallan son 274.000 pasajeros por día). A las 5.30 de la mañana del martes un señor con un turbante dio vuelta mi mochila para encontrar un tubo de pasta de dientes y un desodorante que no estaban en su correspondiente bolsa plástica, que es donde hay que poner ahora esos recipientes si no quiere tener un problema con la Policía. En Madrid me hicieron parar en unas huellas de zapatos para hacerme una especie de tomografía porque sonó un pitido por culpa de algo que -supongo- habría comido esa mañana. “¿Qué busca?” le pregunté al guardia civil cuidando las palabras. “Explosivos” me contestó como si estuviera hablando de las musarañas.
Cada nuevo viaje nos avisan que hay que estar más temprano en el aeropuerto y tienen razón. Hay que dedicarle tiempo a las vejaciones de la seguridad y también hay que prever que uno se pierde unas tres veces con el riesgo de subirse al avión equivocado. Tanto tiempo de espera ha convertido a esos no-lugares en no-mercados: tiendas de todo tipo que compiten para sacarles a unos exhaustos cautivos sus últimos billetes.
Pero no son los únicos que hacen negocio. Desde el 11 de septiembre de 2001 se me ocurre pensar que la familia de Bin Laden o algún gerifalte de Isis debe ser el dueño de la fábrica de escaners de valijas y de todos los sistemas de seguridad que nos han complicado la vida a los pasajeros. No sé si son ellos, pero sí que tenían información para hacer ese negocio. Para colmo, si lo que quieren es incordiarnos la vida a cientos de millones de esforzados viajeros, los del Isis no necesitan ningún atentando más.

Por Gonzalo Peltzer
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