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Hambre de gloria

domingo 28 de agosto de 2016 | 6:00hs.
Hambre de gloria
Ganar el doble de medallas en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 no parece tan difícil, pero porque tres de oro y una de plata son pocas y ocho serán todavía pocas para lo que la Argentina puede dar. Reconozcámoslo: no somos una potencia olímpica y estamos todavía muy lejos de serlo. Decía el domingo pasado que salimos en puesto 65 en proporción a nuestra población, con una medalla cada casi once millones de argentinos. Una cada cinco millones ya nos daría el doble y no hay razón para pensar que no puede ser con delegaciones de más de 200 atletas, que para colmo, algunos de ellos estuvieron muy cerca de conseguirlo en Río. Pero el problema no es de número, porque por ese lado podemos llegar a predicciones al azar: si podemos ganar una medalla cada cinco millones, también podríamos ganar una cada quince…
Es que no es cuestión de cuentas sino de ganas. Parece obvio pero es así en todas las actividades humanas: ganan los que quieren ganar y nunca ganan los que no quieren ganar. También los que quieren ganar pierden y hasta son mayoría, pero la diferencia entre los que pierden sin ganas de ganar y los que pierden a pesar de sus ganas de ganar es simple: los que no ponen ganas jamás ganarán, mientras que los que sí tienen ganas lo volverán a intentar, una y otra vez, hasta conseguirlo y aunque no lo consigan nunca.
Después de esta introducción tengo que decir que vi esas ganas y ese hambre de ganar en los que ganaron medallas en estos Juegos Olímpicos y en muchos más que no llegaron ni a una medalla de bronce o quedaron muy rezagados en la clasificación. Eso no importa. Son todos deportistas y estar más cerca de ganar para ellos es cuestión de políticas públicas, de dinero, inversiones, becas, participación constante en los grandes eventos de su especialidad (más dinero)… Pero todo eso no sirve para nada cuando el que participa no tiene ganas de ganar.
Digo esto porque recuerdo que estábamos viendo una pelea de box con un amigo y los dos nos decíamos “pero este pajarón no tira una sola piña”. Y era tal cual. Me acuerdo muy bien de su nombre, pero prefiero obviarlo. Tenía tres rounds para clasificar y no pegaba piñas. Era evidente que jugaba a trabar la pelea o a que sancionaran al otro. Puro clinch y escapar. Y comentábamos entre nosotros: si tenés tres rounds para la gloria o el fracaso, morís matando: le pegás una catarata de trompadas hasta dejarlo en la lona, lo surtís a piñas sin preocuparte de las que recibas… Perdón por lo crudo y por la opinión de aficionado. Lo mismo nos pasó con una pelea de judo: el argentino jugó a la sanción de su contrincante y lo consiguió haciéndose el que le dolía una palanca prohibida. En el turno siguiente lo revolearon y quedó planchado en la lona con una sola toma.
¿Y el fútbol? Un desastre y sigo opinando como aficionado. Jugaron sin ganas y le echaron la culpa a los dirigentes. Los periodistas hicimos lo mismo. No señores. Seas quién seas, si te dan la oportunidad de consagrarte en unos Juegos Olímpicos, te rompés el alma para ganar la medalla de oro y no te conformás con ninguna otra hasta conseguirla. Y entonces no importa nada si nos elimina Honduras. Deberían aprender del handball, del vóley, del hockey, del rugby… Eso es jugar, eso es matarse por la bandera y por la medalla, eso es hambre de gloria y ganas de ganar.
Mire lo que pasó con el genial garrochista brasileño Thiago Braz que arrebató la medalla de oro al seguro ganador. Cuando le quedaba sólo un salto subió la apuesta, levantó la vara y desafió al arrogante campeón del mundo y oro olímpico en Londres 2012, el francés Renaud Lavillenie. Lo hizo bolsa. Una prueba más de que el mundo es de los audaces.
Si queremos ganar medallas en los Juegos Olímpicos, ser campeones mundiales –o lo que sea que nos propongamos en la vida, individual o colectivamente- los argentinos tenemos que dejarnos de llorar y competir con hambre de gloria y con unas ganas irrefrenables de ganar. Lo demás es perder el tiempo y dar lástima, a nosotros mismos y al resto del mundo.

Por Gonzalo Peltzer

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