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Arruinar las ruinas

domingo 12 de junio de 2016 | 6:00hs.
Arruinar las ruinas
En estos días ha sido noticia principal en el diario un pedido del municipio y los habitantes de San Ignacio: quieren que las Ruinas sean administradas por el municipio de la ciudad y dejen –por tanto– de ser gerenciadas por la Subsecretaría de Gestión Estratégica del Ministerio de Turismo de la Provincia de Ruinas… Es decir que pretenden cambiar la jurisdicción del enclave turístico más importante de la provincia después de las Cataratas del Iguazú, de provincial a municipal. Y el argumento que esgrimen es la fuente de buenos ingresos que, dicen, ven pasar de largo por la ciudad.
No fue un error sino un chiste malo lo de la Provincia de Ruinas. Es que si admitimos que lo que tenemos son ruinas y llamamos Ruinas a nuestras Misiones deberíamos llamarnos Provincia de Ruinas y no de Misiones. Pero el concepto de ruinas va todavía más allá y espero que se entienda porqué no deberíamos usarlo en la provincia que se llama Misiones y que atesora en su geografía uno de los Patrimonios Culturales de la Humanidad.
Es propio de la ruina estar arruinada y es una contradicción en los términos –un oxímoron– la expresión conservar las ruinas, porque si son ruinas el modo de ponerlas en valor es arruinarlas más. Es lenguaje, conceptos, y no son pavadas sino cosas importantes porque son las que al final rigen el pensamiento colectivo de todo un pueblo. Por suerte y por designio de las autoridades provinciales, hace ya unos cuantos años que ni las reparticiones locales ni la señalética llaman ruinas a las misiones y eso ha sido todo un avance en el tratamiento de las antiguas Misiones, de las que San Ignacio –hay que recordarlo por las dudas– es apenas la muestra mejor conservada de unas cuantas que hay en el actual territorio argentino en las provincias de Misiones y Corrientes.
Antes de seguir aclaro que no es la primera vez que explico lo que viene a continuación y estoy seguro que no va a ser la última, pero ahora me da pie el pedido del municipio y los vecinos de San Ignacio para volver sobre el punto que creo crucial para el desarrollo turístico de Misiones y también para potenciar la autoestima de los misioneros, que es cosa nada desdeñable para la política.
Poner en valor la Misión de San Ignacio debería significar reconstruirla como están reconstruidas las misiones de Chiquitos en Bolivia y no volver a arruinarlas. Reconstruir quiere decir volver a construir: volver a terminar las fachadas, los muros y los arcos, volver a poner las columnas y pilares y volver a techar esa magnífica iglesia y el colegio anexo de los jesuitas hasta que queden como eran antes de la expulsión, en 1767. Lo sabe todo el mundo, pero por las dudas tenemos que convencernos de que no hay mejor modo de mantener un inmueble que volver a darle vida, por eso lo ideal sería que una vez reconstruida, vuelva el culto a la Misión de San Ignacio Miní. Y el acto sublime de reparación histórica sería devolverle la misión de los padres jesuitas y no le digo nada si ese acto lo realiza el mismísimo rey de España, sucesor y descendiente directo de Carlos III, el rey que los expulsó con toda injusticia.
Ahora imagínese la Misión de San Ignacio Miní en pleno esplendor, como un santuario vivo que reconozca e interprete cabalmente la gesta civilizadora de los jesuitas en América. Sería como la película La Misión, pero en vivo y en directo. Imagínese en el antiguo Colegio restaurado de San Ignacio un Centro de Estudios de las Misiones, un lugar donde investigadores de todo el mundo puedan venir a estudiar estos episodios emocionantes de la historia de América. Imagínese el ámbito auténtico para disfrutar de la música barroca que se compuso para ser interpretada entre esos muros y en ese mismísimo lugar del planeta, en la misma época y de una calidad pareja a la de Vivaldi o Bach. Imagínese cientos de miles de turistas de todo el mundo disfrutando de esa música, de esa historia y de esa arquitectura y de mil bellezas más que rodean a San Ignacio. Imagínese, por fin, a los vecinos de San Ignacio con trabajo de sobra y con muy buenos ingresos por el florecimiento del turismo en su ciudad.
Claro que también podemos dejar todo como está: pasarle las ruinas a la Municipalidad de San Ignacio para que sean ellos los que corten los boletos y se queden con esa plata de chipero…

Por Gonzalo Peltzer
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