Fructuoso Rivera y el destino de los guaraníes de las Misiones Orientales
domingo 01 de diciembre de 2013 | 0:00hs.
General Fructuoso Rivera.
El territorio que había pertenecido a la Provincia Jesuítica de Misiones se fragmentó a partir de 1801, como una de las principales consecuencias de la gravísima decadencia que experimentaron los 30 pueblos de guaraníes a partir del momento de la expulsión de los Padres de la Compañía de Jesús. Ese año, mediante una operación de “razzias” liderada por caudillos luso-brasileños de poca monta, los pueblos de las Misiones Orientales, es decir las siete comunidades guaraníes existentes al oriente del río Uruguay, fueron ocupados militarmente y, en muy poco tiempo incorporados al Imperio del Brasil.
Prácticamente hasta los tiempos del artiguismo en Misiones (1815-1819) no hubo interés ni del Gobierno virreinal, ni del Gobierno porteño por recuperar ese extenso y rico territorio que hoy pertenece en su mayor parte al estado de Rio Grande do Sul. El intento heroico y tenaz de Andrés Guacurarí derivó en una lamentable sangría del valiente pueblo guaraní, el abandono de los pueblos y prácticamente la extinción de su población activa. En 1819 la provincia de Misiones sobrevivía a partir de dos pequeños y precarísimos pueblos, San Roquito y Asunción del Cambay, fundados a orillas del río Miriñay en el límite sur del territorio misionero. Es decir que Misiones existía sólo por la codicia de poder de caudillos transitorios. Carecía de los atributos esenciales de un estado.
En esas circunstancias, en 1828, el caudillo oriental Fructuoso Rivera hizo realidad lo que Andresito no pudo en tres largos años de sangrientos combates. Los hechos que llevaron a don Frutos, como se lo conocía popularmente a intentar la reconquista de las Misiones Orientales están relacionados con el levantamiento de patriotas uruguayos contra la ocupación brasileña de la Banda Oriental, el apoyo argentino a ese levantamiento y la guerra de las Provincias del Plata contra el Brasil (1825-1827). Ese conflicto concluyó con la Convención Preliminar de Paz donde se reconoció la independencia del estado oriental.
Durante esa Convención, cuando la paz aún no se había logrado, Rivera, con el apoyo de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, cruzó la frontera brasileña con el Ibicuy, desbarató a las fuerzas que la defendían y penetró en las antiguas Misiones Orientales, donde sus pobladores lo vieron como un libertador.
En mayo de 1828 informaba al gobernador Dorrego que los pueblos ya habían sido recuperados. Ese hecho fue decisivo para que el Imperio del Brasil reconociese la independencia de la Banda Oriental, con la condición de que las fuerzas de Rivera abandonase el territorio de las Misiones Orientales. Pero sus pobladores siguieron a Rivera, no quisieron continuar siendo administrados por las fuerzas imperiales brasileñas. Por ello decidieron abandonar sus tierras y seguir al caudillo oriental en su retirada. Con ellos se arrearon miles de cabezas de vacunos y caballos, carretas con los bienes de los pueblos, especialmente las imágenes religiosas y toda la confusión que se pueda imaginar en un pueblo en marcha.
Traspuesta la frontera del río Quareim, Rivera decidió formar con esa multitud en éxodo, un pueblo que llamó Santa Rosa de la Bella Unión. Ese pueblo, que aún hoy existe, se instaló con rapidez como consecuencia del enorme entusiasmo puesto en su construcción por el transhumante pueblo guaraní.
Pero Rivera, más preocupado por los vaivenes políticos de su patria, pronto abandonó a su suerte a esta inmensa multitud. El Gobierno oriental, a su vez, se desentendió del problema, al igual que la administración porteña. La imprevisión, la falta de recursos, pronto condujeron al hambre y la miseria y muy pronto los problemas se fueron sucediendo.
En 1830 el cabildo de Bella Unión, compuesto de corregidores, alcaldes y caciques pidieron la protección de Entre Ríos, adonde muchos de sus pobladores se dirigieron, a compartir su destino con sus hermanos de sangre, de San Antonio del Salto Chico (hoy Concordia) y Mandisoví (hoy Federación). Muchos de ellos aún tuvieron ánimo de fundar un nuevo pueblo en la campaña oriental, a orillas del río Yi, cercano a la ciudad de Durazno, pueblo que denominaron San Borja, por ser la mayoría de sus habitantes provenientes de aquel pueblo. San Borja del Yí existió, con la particularidad de ser dirigido por una cacica, doña Luisa Tiraparé, hasta la década de 1840 y fue el último pueblo fundado por población guaraní-misionera.
Mirados con indiferencia por los gobiernos, perdido el suelo natal y deshechas las familias en las guerras civiles rioplatenses el pueblo guaraní concluyó en estas tierras orientales su largo peregrinaje.
Por Alfredo Poenitz
Historiador
Prácticamente hasta los tiempos del artiguismo en Misiones (1815-1819) no hubo interés ni del Gobierno virreinal, ni del Gobierno porteño por recuperar ese extenso y rico territorio que hoy pertenece en su mayor parte al estado de Rio Grande do Sul. El intento heroico y tenaz de Andrés Guacurarí derivó en una lamentable sangría del valiente pueblo guaraní, el abandono de los pueblos y prácticamente la extinción de su población activa. En 1819 la provincia de Misiones sobrevivía a partir de dos pequeños y precarísimos pueblos, San Roquito y Asunción del Cambay, fundados a orillas del río Miriñay en el límite sur del territorio misionero. Es decir que Misiones existía sólo por la codicia de poder de caudillos transitorios. Carecía de los atributos esenciales de un estado.
En esas circunstancias, en 1828, el caudillo oriental Fructuoso Rivera hizo realidad lo que Andresito no pudo en tres largos años de sangrientos combates. Los hechos que llevaron a don Frutos, como se lo conocía popularmente a intentar la reconquista de las Misiones Orientales están relacionados con el levantamiento de patriotas uruguayos contra la ocupación brasileña de la Banda Oriental, el apoyo argentino a ese levantamiento y la guerra de las Provincias del Plata contra el Brasil (1825-1827). Ese conflicto concluyó con la Convención Preliminar de Paz donde se reconoció la independencia del estado oriental.
Durante esa Convención, cuando la paz aún no se había logrado, Rivera, con el apoyo de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, cruzó la frontera brasileña con el Ibicuy, desbarató a las fuerzas que la defendían y penetró en las antiguas Misiones Orientales, donde sus pobladores lo vieron como un libertador.
En mayo de 1828 informaba al gobernador Dorrego que los pueblos ya habían sido recuperados. Ese hecho fue decisivo para que el Imperio del Brasil reconociese la independencia de la Banda Oriental, con la condición de que las fuerzas de Rivera abandonase el territorio de las Misiones Orientales. Pero sus pobladores siguieron a Rivera, no quisieron continuar siendo administrados por las fuerzas imperiales brasileñas. Por ello decidieron abandonar sus tierras y seguir al caudillo oriental en su retirada. Con ellos se arrearon miles de cabezas de vacunos y caballos, carretas con los bienes de los pueblos, especialmente las imágenes religiosas y toda la confusión que se pueda imaginar en un pueblo en marcha.
Traspuesta la frontera del río Quareim, Rivera decidió formar con esa multitud en éxodo, un pueblo que llamó Santa Rosa de la Bella Unión. Ese pueblo, que aún hoy existe, se instaló con rapidez como consecuencia del enorme entusiasmo puesto en su construcción por el transhumante pueblo guaraní.
Pero Rivera, más preocupado por los vaivenes políticos de su patria, pronto abandonó a su suerte a esta inmensa multitud. El Gobierno oriental, a su vez, se desentendió del problema, al igual que la administración porteña. La imprevisión, la falta de recursos, pronto condujeron al hambre y la miseria y muy pronto los problemas se fueron sucediendo.
En 1830 el cabildo de Bella Unión, compuesto de corregidores, alcaldes y caciques pidieron la protección de Entre Ríos, adonde muchos de sus pobladores se dirigieron, a compartir su destino con sus hermanos de sangre, de San Antonio del Salto Chico (hoy Concordia) y Mandisoví (hoy Federación). Muchos de ellos aún tuvieron ánimo de fundar un nuevo pueblo en la campaña oriental, a orillas del río Yi, cercano a la ciudad de Durazno, pueblo que denominaron San Borja, por ser la mayoría de sus habitantes provenientes de aquel pueblo. San Borja del Yí existió, con la particularidad de ser dirigido por una cacica, doña Luisa Tiraparé, hasta la década de 1840 y fue el último pueblo fundado por población guaraní-misionera.
Mirados con indiferencia por los gobiernos, perdido el suelo natal y deshechas las familias en las guerras civiles rioplatenses el pueblo guaraní concluyó en estas tierras orientales su largo peregrinaje.
Por Alfredo Poenitz
Historiador