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Pedacito de selva en Buenos Aires

Julio Pérez Sanz (63) es uno de los artistas más reconocidos en la urbe porteña. Tiene una particular fuente de inspiración: el monte de Misiones. Desde hace años le dedica tiempo y dinero a la construcción de un jardín. Primero fue en una terraza, ahora en el patio de su casa

domingo 09 de junio de 2013 | 2:00hs.
Pedacito de selva en Buenos Aires
Podría decirse que mucho de su obra se la debe a María Uranga. La doña vivió casi hasta los 112 años, de los cuales la mayoría estuvo en Aristóbulo del Valle, siendo su despedida de este mundo terrenal en Jardín América.
María Uranga ostentó orgullosa el título de abuela del escultor Julio Pérez Sanz (63), quién atesora con recelo los recuerdos de su infancia en los que se imponen los colores de la selva misionera. Perdió la cuenta de las veces que viajó a Misiones, pero reconoce que en esos viajes encontró su fuente de inspiración. Tanto amor por la naturaleza lo llevó a construir un inmenso jardín que en la actualidad alcanza a 1.800 especies de plantas.
“Yo vivo en mi casa donde además de mi jardín tengo varias terrazas en las que tengo producción de cosas diferentes. Yo soy un recolector de plantas y voy de cacería. Tengo plantas abuelas, de años, la ciudad de Buenos Aires está poblada de plantas pero la gente las abandona”, comenta en diálogo con NEA.
Un pedacito de selva en la urbe porteña. Eso quiso trasladar Julio Pérez Sanz, artista devenido en empresario -aunque quizás no le guste esa etiqueta-. El hombre es reconocido en el mercado del arte por su impecable e original trabajo. “Vivo en una casa taller  y vivo trabajando, me encanta trabajar y no lo padezco para nada”, dice sin culpa. Los materiales elegidos para sus piezas son plata, alpaca, bronce, cobre, acero inoxidable, y toda clase de maderas y piedras. Entre los logros que cosechó gracias a años y años de dedicación, están sus tres locales de venta de accesorios y objetos que él mismo crea, uno de ellos se encuentra en Nueva York y los otros dos en Buenos Aires. Su socio en los negocios, no es otro que el más fiel compañero de ruta, su hijo Luciano.
Pérez Sanz (63), es hijo adoptivo de Rosario, en tanto los papeles dicen que nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires. En el año 2000 se mudó a la gran ciudad porque se impuso una recargada agenda laboral. Y no le va mal, todo lo contrario. Por ejemplo: su nombre es marca obligada en el itinerario de los personal shoppers. El dato no es menor teniendo en cuenta que los personal shoppers son requeridos muchas veces por ejecutivos de billetera larga y tiempos cortos, los buscan especialmente los turistas cinco estrellas (ver recuadro).
Consultado sobre la popularidad que alcanzó su trabajo desliza: “Tengo esa suerte”.
Por lo general, sus diseños son pequeños objetos, joyería no tradicional, candelabros, cencerros, adornos para el hogar, así como carteras con detalles de piedras que son una obra de arte, y cinturones de cuero y metal.
Formado en instituciones específicas de las artes plásticas y la arquitectura, constituye uno de los casos más polifacéticos y prolíficos de la creación artística al articular en su producción diseño de joyas y accesorios para moda, objetos y esculturas.

Amor por la tierra roja. Muchos conocen su obra no así su devoción por las plantas, más bien por la selva paranaense. “Tengo muchas plantas, todas las que tengo son de previo estudio. Hemos armado un jardín en mi casa, un pedacito de selva que yo recuerdo, es mi selva en Buenos Aires”, dice Pérez Sanz.
“Fui y soy un enamorado de Misiones toda mi vida. Mi abuela nació en Uruguay, lo conoció a mi abuelo en Buenos Aires y después se mudó a Misiones. Mi mamá y yo nos quedamos en Buenos Aires e íbamos periódicamente, yo iba en las vacaciones y pasaba dos o tres meses. Hemos hecho de indios allá. Me gusta mucho la naturaleza, yo aprendí muchísimo de ella. Entonces me fui arrimando al nombre de las plantas para comprarlas”, relata el escultor.
“Dibujé mucho las plantas y siempre fue una fuente de inspiración. Me sorprendió la naturaleza, el desarrollo, la sorpresa de ver una flor, es un mundo maravilloso y el mundo de los animales también”, señala. Y agrega: “La vida en la provincia es maravillosa, sabemos de las virtudes que tiene, tiene otros ritmos”, cuenta.
“Yo tenía todas las plantas en una terraza en Rosario. Era una terraza muy espectacular. Y desde allí mudé todo a Buenos Aires. Las plantas cuando se trasladan en el momento adecuado (necesitan ser trasladadas en verano) después viven. Fue toda una logística trasladar el jardín a Buenos Aires. Pero yo soy escultor y estoy acostumbrado a invadir los espacios”, recuerda entre risas aquella proeza.

Viajar, reflexiones. Estudió en la Escuela de San Fernando, Madrid, un tiempo corto pero suficiente para crecer. “Me ayudó mucho, me dio otra mirada” esboza quién entiende que el viaje abre la cabeza, no sólo del artista, sino de todo aquel curioso, aquel con ganas de aprender. “He viajado, no sé si mucho o poco. Quizás no tanto como hubiese querido. Pero sí, viajé. He estado en Japón, Estados Unidos, Europa”, enumera.
“Viajar le ayuda a cualquier persona, si es curiosa va a aprender cantidad de cosas que después van a ser suyas. Es fascinante la capacidad de viajar, es la posibilidad de aprender. Estoy hablando de un crecimiento interior que uno tiene cuando aprende cosas de otras culturas. Es saludable tener la capacidad de poder trasladarse" dice Julio desde su casa - taller que tiene un poquito de selva y tierra colorada.


De compras con un experto
Si bien los personal shoppers son requeridos muchas veces por ejecutivos de billetera larga y tiempos cortos, los buscan especialmente los turistas 5 estrellas, aquellos que no sólo están dispuestos a gastar bastante sino que, además, quieren llevarse lo mejor de cada puerto. Y el modo de conseguirlo es contactarse con gente que los lleve adonde no llegan ni el extranjero ni el lugareño desprevenido. “Ante todo, somos un buen filtro”, nos cuenta Ana Inés Ochoa, que trabaja dirigiendo un selecto grupo de personal shoppers para el Hotel Alvear. “Esta actividad empezó hace cinco años por iniciativa del hotel, con el que tengo una relación de muchos años por mi trabajo como productora de moda. Me lo propusieron pensando que se limitaría a ese rubro y luego se sumaron decoración, antigüedades y arte. Hacemos que las compras de sus pasajeros sean un paseo placentero y sin sobresaltos. Nuestras agendas se van actualizando día a día: el objetivo es mantener un nivel alto para clientes importantes pero de perfil bajo.”
“Nuestros clientes son principalmente profesionales norteamericanos (están más acostumbrados a este servicio que los europeos que, por otro lado, son más sobrios y menos consumistas) quienes, antes de venir a Buenos Aires, casi siempre por tres o cuatro días, se han asesorado y han leído extensamente acerca del tipo de cosas que pueden encontrar”, nos dice Ochoa. “Aunque también nos pasa que alguien nos pide ir a lugares que ya no existen más, porque un amigo que estuvo hace años le pasó ese dato o lo vio en una revista hace tiempo”.
Los pedidos suelen incluir, lógicamente, artículos en cuero de excelente calidad (desde zapatos y botas de polo hasta sacos de hombre, carteras y monturas), para lo que se visita La Dolfina, Casa López, Botticelli, Correa o Rossi & Caruso. Pero también ésta es una suerte de tierra prometida para muchos coleccionistas. La Argentina, por ejemplo, sigue siendo un rico surtidor de muebles art déco (en este caso, Guevara Gallery es parada obligada). También es marcado el interés por la pintura argentina contemporánea y de principios del siglo XX, las antigüedades de todo tipo (en los anticuarios de la calle Arroyo y los de San Telmo) y la platería hecha a mano (como pueden ser los mates, collares y pulseras de Plata Nativa, o los objetos del local del artista Julio Pérez Sanz). “Esta es gente que valora tremendamente lo artesanal. Quedan fascinados por las mantas hechas en telar de Tierra Adentro o con los santos de madera, muy buscados por los coleccionistas, y que también pueden ver en Plata Nativa. Y todos quedan deslumbrados en Airedelsur, un lugar muy canchero, que no da a la calle, donde ven objetos para la casa en alpaca y asta”, concluye Ochoa.

Fuente: http://www.espacioliving.com/


Por Griselda Acuña
@Griselda0707


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