Carlos Gandolfo, un artesano del teatro
viernes 14 de enero de 2005 | 2:00hs.
Gandolfo.
El reconocido y experimentado director y maestro de actores Carlos Gandolfo, de 73 años, falleció a la 1.30 de la madrugada del miércoles, como consecuencia de un cáncer de garganta que padecía hace tiempo.
Su deceso se produjo en la porteña clínica de la Trinidad donde se hallaba internado. En plena actividad pese a la enfermedad que lo cercaba, en septiembre último estrenó en la sala Casacuberta del Teatro General San Martín la obra En casa/en Kabul, de Tony Kushner; y en marzo iba a reponer también en ese complejo la inquietante Copenhague, de Michael Frayn.
Nacido en Buenos Aires el 27 de marzo de 1931, Gandolfo se inició actoralmente en el mítico grupo de Teatro de los Independientes, y su debut teatral fue en 1950 interpretando papeles en El alquimista, de Ben Jonson, y El casamiento, de Antón Chéjov.
En 1956 comienza su actividad como director teatral con la obra La condena de Lucullus, de Bertold Brecht, siendo recordadas sus puestas de El gran deschave y Gris de ausencia. Formando en la Escuela Nacional de Bellas Artes, Gandolfo comenzó a partir de 1962 una fructífera y reconocida trayectoria como maestro de actores, siendo entre 1975 y 1976 rector de la Escuela Nacional de Arte Dramático.
En un comentario publicado en el Diccionario de directores y escenógrafos del teatro argentino (Perla Zayas de Lima, editorial Galerna), el artista confesó que “dirigir y enseñar teatro fueron tareas a las que arribé más como novedad y como producto de las circunstancias que como deseo personal”.
Sin embargo fue en esos dos campos donde desarrolló una tarea esencial y reconocida local e internacionalmente, tal como lo demuestran los seminarios que desde 1978 dictó en Centro Dramático Nacional de Madrid, en el Instituto de Teatro de Barcelona y en el Instituto de Teatro de Sevilla.
También en España comandó media docena de piezas en salas de Madrid, Barcelona, Sevilla y Zaragoza.
“El actor debe vivir una vida interior fruto de una elaboración ardua y paciente, si quiere transmitir al espectador una emoción escénica genuina y auténtica”, postuló. Con idéntico conocimiento del tema, sostuvo que “no faltan actores sino conciencias comprometidas con el arte” y se mostró partidario de un teatro “esencialmente realista” que, dijo, “me permita hacer lo que quiero, pero de tal manera que interese a todos y que lo entiendan todos”.
Su deceso se produjo en la porteña clínica de la Trinidad donde se hallaba internado. En plena actividad pese a la enfermedad que lo cercaba, en septiembre último estrenó en la sala Casacuberta del Teatro General San Martín la obra En casa/en Kabul, de Tony Kushner; y en marzo iba a reponer también en ese complejo la inquietante Copenhague, de Michael Frayn.
Nacido en Buenos Aires el 27 de marzo de 1931, Gandolfo se inició actoralmente en el mítico grupo de Teatro de los Independientes, y su debut teatral fue en 1950 interpretando papeles en El alquimista, de Ben Jonson, y El casamiento, de Antón Chéjov.
En 1956 comienza su actividad como director teatral con la obra La condena de Lucullus, de Bertold Brecht, siendo recordadas sus puestas de El gran deschave y Gris de ausencia. Formando en la Escuela Nacional de Bellas Artes, Gandolfo comenzó a partir de 1962 una fructífera y reconocida trayectoria como maestro de actores, siendo entre 1975 y 1976 rector de la Escuela Nacional de Arte Dramático.
En un comentario publicado en el Diccionario de directores y escenógrafos del teatro argentino (Perla Zayas de Lima, editorial Galerna), el artista confesó que “dirigir y enseñar teatro fueron tareas a las que arribé más como novedad y como producto de las circunstancias que como deseo personal”.
Sin embargo fue en esos dos campos donde desarrolló una tarea esencial y reconocida local e internacionalmente, tal como lo demuestran los seminarios que desde 1978 dictó en Centro Dramático Nacional de Madrid, en el Instituto de Teatro de Barcelona y en el Instituto de Teatro de Sevilla.
También en España comandó media docena de piezas en salas de Madrid, Barcelona, Sevilla y Zaragoza.
“El actor debe vivir una vida interior fruto de una elaboración ardua y paciente, si quiere transmitir al espectador una emoción escénica genuina y auténtica”, postuló. Con idéntico conocimiento del tema, sostuvo que “no faltan actores sino conciencias comprometidas con el arte” y se mostró partidario de un teatro “esencialmente realista” que, dijo, “me permita hacer lo que quiero, pero de tal manera que interese a todos y que lo entiendan todos”.