Mate del tarefero

Lunes 15 de diciembre de 2014

En su poema Tareferos, Manuel Antonio Ramírez manifiesta su preocupación por los débiles, pobres, desheredados; y puntualmente, en relación al mensú (mitad indio, mitad blanco) como conjunción de etnias, de pobreza, de géneros, de necesidades, de soledades. Dice: “Para la época de la zafra se ve cruzar las picadas de Misiones a los tareferos. Son los que cortan las hojas de la yerba. Tienen pequeña estatura, ojos aindiados, pómulos salientes, piel morena, manos rudas. Mujeres y niños trabajan a la par del hombre, en una carrera con el sol, con las brutales ponchadas y con las necesidades de todo un año. Ellos no tienen yerbales ni camiones. No saben de cupos. Su lujo máximo es un par de alpargatas. Ellos y sus hijos van entre abismos de miseria, de alcohol, de ignorancia y de enfermedades. Ellos no tienen nada más que el color ocre de nuestra tierra, nada más que la esperanza de los yerbales infinitos y una luz de guarania en las pupilas retintas”.
Muchos años después mira en la tapera el tarefero de pupilas encendidas las llamas de las ramas con la misma adoración con que extasían los suyos los ladrones frente al botín de oro recién alzado. El fuego fusiona y hermana a esos ojos porque el fuego también fue robado a los dioses por lejanos prometeos y ahora se amalgama en una doble mirada cofrade. Las finas manos que moldearon aquel cáliz que se llenó una anunciada noche en tierras de Oriente ahora se han vuelto en Misiones rústicas manos curtidas y llenan con cierta ternura parecida a aquella un cuenco para que sueñe en su siesta de yerbales, no la sangre convertida en vino sino la hoja molida. Y con la misma gravedad, pesada y trajinada, con que levanta el casco el viejo buey en su rodeo al tranco (y ese paso es un remanso del sol en su camino hacia al ocaso) el cimarrón, humeante, amargo, indómito, pasa de mano en mano con idéntica mansedumbre de sosiego que no agotará el Cebador antes que agote sus días el tarefero.

Aguará-í

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