Una mente brillante

Viernes 27 de febrero de 2004

Abogado, profesor, escritor, periodista e inquieto dirigente… son algunas de las múltiples facetas de la personalidad de Enrique Gualdoni Vigo, el hombre de la memoria prodigiosa y el cigarrillo eterno.
Llegó a la cita sobre la hora, apurado por una cuestión familiar. “Tengo quince minutos”, dijo.
Pero la charla, luego de una consulta por teléfono para saber si todo estaba bien en casa, duró más de una hora. Es que Gualdoni -casi como el Funes de Borges- se acuerda de todo, y cada anécdota está llena de idas y vueltas, como el ondulante humo del cigarrillo siempre encendido entre sus dedos.
“En 1936 yo tenía dos años y hacía poco que había muerto Gardel, y me acuerdo que una maestra que era amiga de mis padres me enseñó la letra de un tango de él”, contó tarareando la vieja melodía. 
Hasta esa edad era un chico como todos, inquieto y travieso. Aunque enseguida comenzó a demostrar su extraordinaria memoria.
“Una noche, cuando tenía tres años, mi padre decidió llevarme a cazar peludos, o tatú como le dicen acá. Para mí fue como un juego y me divertí mucho, tanto que mucho después le dije a papá: hoy hace exactamente un año que fuimos a cazar peludos”.
Luego de hacer memoria, el padre constató que su hijito de sólo tres años tenía razón; pero en realidad no le dio demasiada importancia al asunto.
Aunque la cosa no quedó ahí. “Un mes después, en una revista vi una foto de todos los presidentes argentinos. Al pie figuraba el lugar y fecha de nacimiento y otros datos de cada uno. Entonces le pedí a mi papá que me leyera lo que decía, y cuando terminó le dije que me pregunte cualquiera de las fechas y a quién pertenecía. Lo hizo y le respondí todas exactamente”.
Para Gualdoni su capacidad de memoria tiene una sola explicación: “Es obra de Dios”. Para qué más palabras.

Hasta el presidente
Pero el papá de Gualdoni, más que asombrarse, se asustó por las cualidades de su pequeño. “Al viajar a Buenos Aires, cosa que hacíamos habitualmente, decidió consultar con el doctor Obarrio, que en esa época era uno de los más prestigiosos médicos especialistas del cerebro”.
Después de varias horas de exámenes y preguntas, el profesional dictaminó: un caso increíble de memoria, pero la criatura es totalmente normal.
Desde entonces, Gualdoni recuerda que le pedía a su padre que le leyera cosas, ya que todavía no iba a la escuela.
“A medida que lo hacía, yo iba grabando todo en mi mente: superficies, banderas, fechas patrias de todos los países del mundo; hechos históricos; formaciones de los equipos de fútbol, resultados, tablas de posiciones y muchas cosas más”.
Al poco tiempo ya comentaban su caso, y diarios como La Nación, Crítica y La Prensa se interesaron en la historia. Así, mucha gente se acercó a la familia de Gualdoni con distintos ofrecimientos.
Seguro que Susana Giménez lo habría llevado a su programa. Pero en esa época no había televisión y todo pasaba por la radio.
“Por eso varias firmas como Nestlé, Jabón Federal , Molimos Río de la Plata insistían en contratarme y me llenaban de regalos. Además las dos grandes radios de entonces, Belgrano y El Mundo, me abrieron sus puertas y conocí a las grandes estrellas de la época”.
De tantas anécdotas, Gualdoni recordó cuando compartió el vestuario y fue la mascota de Huracán de Parque Patricios; o cuando en 1941 quiso conocerlo el doctor Roberto Ortiz, el presidente de la República.
“Nos recibió su hijo, un hombre de unos 35 años. Nos atendió muy bien, y al rato nos sentamos en un sillón muy cómodo y yo empecé a tirarme de palomita sobre él”, contó entre risas.
Después de un buen rato apareció el presidente, que con algunas preguntas probó al “pebete” famoso. La visita pasó entre charla y chistes; al final, junto con el impresionante juego de soldaditos que le obsequió Ortiz, el pequeño confirmó lo que el pueblo rumoreaba entonces: el presidente estaba ciego.
A pesar de las innumerables ofertas para trabajar en radio y teatro, la familia de Gualdoni, siempre asesorada por el doctor Obarrio, se negó sistemáticamente a exponerlo y desechó las propuestas.
Aunque hoy recuerda todas sus andanzas con cariño, como parte de un pasado feliz.

Daniel Villamea

 

Un símbolo obereño
“Tuve unos 7 mil alumnos y habré sacado de la cárcel a unos 500 presos”, recordó En rique Gualdoni Vigo, que llegó a Oberá en 1956 cuando tenía 22 años para ejercer como abogado y profesor, tarea que desarrolló en los colegios Normal, Nacional y Comercio.
Además, ocupó distintos cargos públicos a nivel provincial y durante más de 20 años fue el titular de la Liga Regional Obereña de Fútbol, otra pasión de toda la vida.
“Yo vine a Oberá por dos años. Pero la segunda noche, en una reunión, pensé: yo quiero ser un símbolo de esta ciudad”, dijo como pidiendo permiso y como si no le sobraran méritos para serlo.
Así como es reconocido por su trabajo profesional y su activa participación en ámbitos de la vida social, cultural y deportiva, todos saben que Don Enrique Gualdoni Vigo es un fumador empedernido.
“Fumo desde los 20 años, cinco paquetes por día. Pero no trago el humo”, fue su escueto comentario sobre el tema.

 

La gran obra
Enrique Gualdoni Vigo publicó 17 libros de diversos temas. Pero destaca dos: Historia de Oberá y Viento, Guadal y Polvo.
El primero, es un libro de texto oficial en las escuelas locales y un punto de referencia para conocer el pasado de esta ciudad.
El segundo es más personal. A manera de cuentos el autor recorre los hechos más destacados desde su Bulnes natal, en Río Cuarto, Córdoba.
“Con Viento, Guadal y Polvo tuve muchas satisfacciones. Obtuve tres primeros premios nacionales, se publicó en fascículos y en casette, y fue emitido por 204 radios en todo el país. Eso sí, me estafaron con los derechos y casi no gané plata”, dijo resignado.