Monseñor Jorge Kemerer, indiscutible defensor de los derechos humanos

Domingo 1 de octubre de 2006

Jorge Kemerer llegó a Posadas en 1934. Siendo sacerdote primero, luego obispo, cumplió una eficaz labor hasta 1996, poco antes de su muerte, ocurrida el 26 de junio de 1998, a los 89 años.
Exaltamos la personalidad de un hombre visionario, cuyos ideales  no fueron sólo quimeras. Todo se hizo posible merced a su constancia, férrea voluntad y amor al prójimo. Muchas veces nos sorprendió cuando lo entrevistamos. Lo vimos, a los 80 años, bajando y subiendo las escaleras de “su” Instituto Montoya, del cual no se desprendía. Atento al acontecer diario de los establecimientos que logró construir, este pastor de almas, hacedor de centros asistenciales y educativos, respetado por su sabiduría, logró ocupar un lugar especial en la comunidad misionera.
Con amabilidad y paciencia comentaba su infancia o la época de  seminarista, hecho que recordaba con una tenue sonrisa. Como cuando integró la orquesta del salón de música, del seminario. Aseguraba que él tocaba el pistón y entre sus compañeros de orquesta, citó al cura misionero José Bojzeniuk, quien ejecutaba el violín.
Cuántas veces lo veíamos trajinar por las calles posadeñas, saludando a su paso. A veces ágil   y apresurado. Otras lento, pero siempre había alguien que se unía a su recorrido en amena charla.
Kemerer nació en 1908 en Paraná, Entre Ríos, en el seno de una familia numerosa. A los doce años ingresó en el colegio de la congregación del Verbo Divino. Estudió en Roma en la Pontificia Universidad Gregoriana y en la Universidad de la Compañía de Jesús, donde se doctoró en teología. En 1932 fue ordenado sacerdote en Roma.
En 1934 fue designado cura de la parroquia San José de Posadas. Inspirado por la vida de los misioneros jesuitas, propuso la imposición del nombre Roque González al entonces colegio San Miguel. En 1937 fue director del establecimiento.
Luego estuvo en Buenos Aires y Honduras y regresó en 1940 como párroco de la iglesia Matriz San José y vicario foráneo de Misiones. En 1942 fue el organizador del Primer Congreso Eucarístico Diocesano en Misiones.
Se alejó de esta ciudad  y regresó en 1957 como primer obispo de la diócesis de Posadas.
El obispo emérito de Posadas  poseía características peculiares. Voluntarioso, idealista, amaba a sus semejantes. Tenía responsabilidad tanto en el orden eclesiástico como en lo personal. Defendía a los que sufrían injusticia, especialmente en los tiempos del proceso, por los privados de su libertad. Era voz popular, pues  contado por los propios impedidos de su libertad o de sus familiares, en los tristes años de la represión militar. Cuando monseñor, aún a costa de humillaciones,  debido a que  los represores lo desnudaban. Hasta sacarle la cruz y descalzarlo, cuando visitaba a los presos de Misiones. A muchos salvó de aquellos poderosos a los que no le importaba el pueblo. Eran perseguidos por no pensar como ellos y por sus ideles. Él llevaba y traía los mensajes familiares, los  ayudaba económicamente a éstos y los visitaba. Pedía por la libertad de los presos y nunca los abandonó. Así cuentan quienes sufrieron esos castigos, como Graciela Franzen y su hermano Luis Arturo, éste muerto durante el proceso. Estuvo preso en Unidad 7 de Resistencia. Es confirmado por su madre y hermanas. Junto a otros como Zaremba, Epidio González , éste estudiante del Montoya. Recuerdo, dijo Franzen, los maltratos al padre José Czerepak, por Asesor del Movimiento Agrario Misionero y al ex sacerdote Hugo Mathot. Muchos sacerdotes cooperaban, entre ellos el sacerdote español Bartolomé Vanrell. Fue  confirmada  la cooperación de Kemerer en defensa de la libertad, de quienes trabajaron en favor de los derecho de los mas necesitados.  Por el sólo hecho de integrar comisiones en defensa  de los mas humildes. T
ambién Jorge Kémerer integró en 1985, el Consejo de la Presidencia de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Uno de los represores comunicó a Graciela que la dejaban en libertad, por pedido de monseñor Kemerer. No corrió con la misma suerte su hermano Luis, quien fue muerto por sus torturadores. Es indiscutible su activa participación recorriendo las cárceles. Su figura emanaba seriedad y respeto. De él fluían  nobles sentimientos solidarios. Además, participó activamente en el Concilio Vaticano II.
Entre sus obras podemos citar el traslado del seminario menor a Villa Lanús, con el nombre del colegio apostólico “Nuestra Señora de Fátima”. Fundó el seminario diocesano “Santo Cura de Ars” ubicada en la avenida Alem casi Santa Catalina. En 1960 creó el Instituto Antonio Ruiz de Montoya y dos años más tarde el Bachillerato Humanista. En 1964 inició la obra del Instituto Politécnico Beato Arnoldo Janssen y en 1972 se hizo cargo del rectorado del Montoya.
En 1979 creó en Oberá la Aldea de Niños, donde familias sustitutas atienden a chicos sin padres, y más tarde, SALUS, institución destinada a enfermos, impedidos y ancianos. En 1882 fundó el Centro de rehabilitación del Ciego Santa Rosa de Lima y luego el Hogar para niños minusválidos Sagrado Corazón de Jesús, en Villa Lanús.
Intervino en la creación de los colegios Santa Catalina, de la parroquia del mismo nombre; Pedro Goyena, de San Antonio; José Manuel Estrada, de San Roque; Madre de la Misericordia; la escuela bilingüe para los aborígenes de Fracrán y Perutí, entre otros.

Aldeas indígenas
El profesor  José Antonio Margalot refería que en el mayor silencio, cuando ya se habían escuchado, como latiguillo de la vida ciudadana, las vanas promesas de proteger a los primitivos de estas tierras, monseñor Jorge había obtenido tierras y recursos. Que le permitieron organizar dos aldeas de naturales mbya, las de Fracrán y Perutí, con todos los medios a su alcance para procurar la dignificación humana, con una vida organizada.
En ambas se crearon medios de labor, escuelas bilingües, con apoyo cristiano, pero sin cercenar sus creencias ancestrales. Más adelante mencionaba que en Fracrán se habían conseguido 500 hectáreas, y que Perutí fue una obra iniciada por el padre Arnoldo Marquart.
Su única armadura fueron la fe y constancia, decía el extinto Margalot. De los trabajos de investigadores  históricos del Instituto Montoya creado por el primer obispo de Posadas, hemos extraído algunos datos. Entre ellos, refieren que su preocupación mayor fue la formación de sacerdotes.
Hasta entonces, la Congregación del Verbo Divino contaba con una institución en Azara, que luego fue trasladada a Villa Lanús de Posadas. Recorrió la Diócesis en visitas pastorales, interesándose por los problemas económicos y sociales de cada comunidad, propiciando soluciones que estuvieran a su alcance.
En los diferentes pueblos observó la penosa situación de las familias obreras en tierras de forestación y el aislamiento de la zona del Uruguay, especialmente de Alba Posse y El Soberbio, y denunció la necesidad de una integración real al país y a la provincia mediante una política vial, de salud, de promoción de los productos de la zona en el mercado, de la regulación de la tenencia de la tierra y de la reglamentación del tráfico fronterizo.
Con respecto al problema de la tierra advertía en el informe de su visita pastoral de 1981 que lo grave era que ese problema ya lo había visto hacía 24 años en la zona. Se entrevistó por ello con el Gobernador y con el ministro de Asuntos Agrarios, a quienes les manifestó que el arraigo era una condición para que se sintiera el espíritu argentino en la región.
Se reunió cuantas veces hizo falta con los obispos de la región, brasileños y paraguayos, con quienes se comprometió en la búsqueda de una verdadera pastoral del inmigrante, atendiendo especialmente la migración golondrina fronteriza.
Su impulso educativo nunca se detuvo, y otras instituciones nacieron por su iniciativa. En  1970 creó  la Junta Diocesana de Educación Católica, organismo de orientación y coordinación de los establecimientos de educación católica en Misiones. En ese mismo año asumió el Rectorado del Instituto Superior del Profesorado Antonio Ruiz de Montoya, para impulsar el cambio que surgió del Concilio Vaticano II, en el cual participó activamente.
Abrió las puertas para que la provincia toda recibiera la influencia benéfica de todas las órdenes  y congregaciones de religiosos y religiosas.
Recibió aportes de organizaciones católicas de Alemania Federal, de gran importancia en la creación del Centro de Rehabilitación del Ciego,  que cumple con la misión de preparar a quienes no pueden ver para integrarse normalmente a la sociedad.
Otra de sus grandes preocupaciones fue la situación de los hermanos guaraníes en la provincia de Misiones. En 1978 puso en marcha el Programa de Desarrollo Integral en las comunidades de Fracrán y Perutí.
Varias organizaciones internacionales prestaron su apoyo y un equipo del Instituto Superior del Profesorado “Antonio Ruiz de Montoya” asumió la responsabilidad de la atención integral de estas aldeas y del funcionamiento de escuelas bilingües en ellas.
Por iniciativa de monseñor Kemerer, el papa Juan Pablo II dividió la diócesis de Posadas en dos. Así, el 17 de agosto de 1986 monseñor Kemerer consagró obispo de Iguazú a monseñor Joaquín Piña Batllevell, y al día siguiente entregó su ministerio episcopal a monseñor Carmelo Juan Giaquinta, segundo obispo de Posadas.
En sus últimos años de vida, por su destacada actuación pastoral y educativa durante tantos años en la diócesis de Posadas, recibió varias distinciones, como la de "Adscripto Honorario del Instituto Nacional Sanmartiniano" (1981), Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Misiones (1982) y "Ciudadano Ilustre de Posadas" (1994), entre otras.
El primer obispo de Posadas fue un amigo leal. Con garras, defendió las cosas justas, porque tenía la sabiduría de los hombres de fe. Por ello Dios le dio su protección hasta el final de su vida.

"Mecha" Villalba