Florencio de Basaldúa, un incansable viajero

Domingo 20 de diciembre de 2015
El domingo anterior, a modo de homenaje al importante aporte de los vascos en la formación de la sociedad misionera, en especial la posadeña, nos referimos a un texto extraído del libro de Florencio de Basaldúa titulado Presente, pasado y porvenir del Territorio de Misiones (1901). Al igual que muchos otros que dejaron sus pintorescos recuerdos de este territorio bendecido por Dios, como Holmberg, autor del libro Viajes a Misiones, Amado Bonpland, Félix de Azara, Basaldúa fue un incansable caminante de muchos y alejados rincones del país.
Florencio de Basaldúa había nacido en Bilbao (País Vasco), el 23 de febrero de 1853, hijo de Gerardo de Basaldúa y de Manuela Elodingoitía. Muy joven, atraído por cuantiosos comentarios escuchados sobre el Río de la Plata en su niñez, emigró a estas tierras con sólo 15 años y sin compañía. Llegó a Montevideo en 1868 y después de un breve período en Uruguay, se trasladó a la Argentina.
A partir de los 20 años recorrió el sur de Brasil, los bosques y ríos misioneros, las florestas del Chaco y Bolivia y gran parte de la Argentina de entonces, dejando de cada lugar recorrido pintorescas memorias, algunas de ellas publicadas, otras aún no. Se casó el 6 de noviembre de 1876, en la iglesia de San Nicolás de los Arroyos, con una criolla, Diolinda Núñez, hija de Rufno Núñez y Romana Tomaso. Tuvo cuatro hijas con Diolinda, quien falleció en La Plata, el 4 abril de 1899, a los 47 años.
Basaldúa fue un gran conocedor de cuestiones de ingeniería y agrimensura. En 1904 se había matriculado como Agrimensor en la Universidad de Buenos Aires. Esos conocimientos los deja entrever en decenas de páginas dedicadas a la geología de esta zona, los humedales, como el Iberá, críticas a las mensuras de los campos misioneros, etcétera.
En su profesión de agrimensor midió campos en Formosa, Chaco, Misiones y la Patagonia. Y en algunos lugares que le tocó trabajar los adoptó para radicarse algún tiempo allí. Así, vivió en La Plata, San Nicolás de los Arroyos, Pergamino y Rawson, además de Buenos Aires, donde pasó buena parte de su vida. Como muchos intelectuales de aquellos tiempos del positivismo científico, Basaldúa fue miembro de la Masonería Argentina, al igual que Eduardo Ladislao Holmberg. Se había iniciado en 1885 en la Logia Fraternidad Nº 53 de Pergamino.
Florencio de Basaldúa amaba profundamente sus raíces vascas, tanto como su patria de adopción, la Argentina. Por ello participó continuamente de las actividades de la colectividad vasca en nuestro país. Fue frecuente escritor de una reconocida revista ilustrada de la comunidad vasca argentina, La Baskonia, tarea en la que encontró apoyo en sus hijas, quienes también escribían y firmaban sus artículos en tal edición. Fueron sus amigos, entre otros, el director de la revista Rufo de Uriarte; Martín de Errecaborde, presidente de Euskal Echea; Adolfo Saldías, senador nacional en el período presidencial de Domingo Faustino Sarmiento; Pedro Luro, inquieto empresario hacendado del sur de la Provincia de Buenos Aires.
Audaz en sus escritos se animó a plantear una hipótesis muy cuestionada por la sociedad científica argentina, en la que mencionaba el origen del pueblo vasco en una hipotética “raza roja”, de breve estancia en la península ibérica.
Basaldúa expuso también arriesgadas teorías sobre supuestas catástrofes glaciales antiguas, en relación con lugares donde habrían habitado los vascos primitivos. Le interesaron vivamente las ciencias naturales y participó en actividades ligadas al Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires y de La Plata, a la Sociedad Científica Argentina y al Instituto Geográfico Argentino.
Como se dijo en el artículo pasado, la exploración del Litoral argentino fue a solicitud del Instituto Geográfico Argentino para informar sobre las principales producciones económicas de Entre Ríos, Corrientes y Misiones. Participó por ello en la Exposición Universal de París de 1900.
Su carácter de emprendedor de proyectos faraónicos lo impulsaron a estudiar profundamente la posibilidad de un canal de navegación que iría desde el río Bermejo, Chaco, a los esteros del Iberá. Lo explica detalladamente en las memorias de su viaje a Misiones. Así también planificó una extensa e ingeniosa colonización vasca en la Patagonia en 1897.
Cultivó la amistad de personalidades de la época, como los presidentes Domingo F. Sarmiento, Julio A. Roca, Luis Sáenz Peña y José F. Alcorta, entre otros. En 1910, el presidente Alcorta lo designó cónsul general argentino en Calcuta, India, donde conoció al famoso escritor Radindranath Tagore (1861-1941). Movido seguramente por las conversaciones con Basaldúa, Tagore, distinguido con el Premio Nobel de Literatura en 1913, visitó la Argentina, donde es famosa la relación que entabló con Victoria Ocampo, a quien le entregó, en 1968, el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Visva Barathi (India en el Mundo), iniciada por el mismo Radindranath Tagore.
En una Exposición Universal en Chicago fue premiado por el invento de una segadora de maíz que denominó Euskaria, en tiempos en que la Argentina se constituía en “granero del mundo”.
Los últimos 20 años de su vida los pasó en Chubut donde fue funcionario nacional. Luego de una larga trayectoria fructífera, murió en el campo “Sol de Mayo”, cercano al sur de la capital chubutense, curiosamente para quien tanto amó a este país, un 25 de mayo de 1932.

Por Alfredo Poenitz
Historiador

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