Mi amor, estamos contagiados

Domingo 12 de abril de 2020 | 05:30hs.

Por Osvaldo Mazal Escritor

No sé por qué nunca más la llamé. Pero nunca más la llamé. Ese nunca más ya lleva como quince años y sigue sonándome por dentro y en sordina como un canto paralelo a la ristra de años que van pasando al lado mío como en un tren fantasma desde que me fui. Y supongo que para ella debe ser igual. Miren que nos llevábamos bastante bien. Ella me amaba con locura y yo a ella, nos lo decíamos todos los días. Empezábamos gritándolo a voz en cuello por la mañana al despertarnos, yo le acariciaba esa cabellera tan suave y perfumada y ella no se cansaba de enredar los dedos en mi barba; nos lo repetíamos a media voz por la tarde caminando en el jardín, esa naturaleza cómplice que parecía hecha a la medida de nuestros suspiros hiperamorosos, y después a la noche, antes de dormir, nos lo susurrábamos mutuamente: por turno, entre sábanas y piernas enredadas. Acostados o parados, teníamos la misma opinión: nos amábamos. Éramos como esos pájaros entusiastas que no se cansan de repetir todo el tiempo su propio trino, buscando la perfección día tras día. La perfección del amor. Leíamos juntos Catulo, Neruda, Becker, Benedetti, con eso les digo todo… Quizá todo eso fue un error, probablemente no haya amor capaz de aguantar esa exageración, pienso ahora, por ejemplo eso de declararse el amor mutuo cara a cara y con fervor tres veces por día. Todo se desgasta: la piedra y el plástico, el acero y el diamante, y por qué no el amor; sobre todo si uno lo soba demasiado. Hasta que pasó lo que pasó.
Bueno, no sé si pasó algo especial, seguramente nos sucedió lo que a casi todo el mundo: una acumulación de roces, de opiniones enfrentadas, de pequeñas miserias no compartidas, de acontecimientos intrascendentes, pequeños, casi diría diminutos pero tan erosivos como una gárgara de ácido. Aunque no, perdón, además de ese goteo chino de la rutina diaria que aqueja a cualquier integrante de nuestra especie, sí hubo algo especial, muy especial, claro que sí, cómo olvidarlo. Fue la peste.
No, no el coronavirus. Por esos tiempos, hace quince años, circuló otra peste, una de la que muchos ni se enteraron y que así como apareció, desapareció. Pero que, como al pasar, a nosotros dos, a ella y a mí, nos carcomió profundamente por dentro, yo diría. Nos puso en carne viva, nos dolió en el alma, nos hizo volvernos desconfiados y taciturnos. Creo que primero me contagié yo, y enseguida se la transmití a ella. Fue en el transcurso de una de esas tres declaraciones de amor diarias en las que nuestras salivas solían entreverarse de una manera imprudente como en un licuado incierto y vertiginoso, y transportaban vaya a saber qué elementos nocivos del interior de un cuerpo al interior del otro. Recuerdo que esa mañana, la mañana del contagio, me di cuenta, no sé si por algo diferente en la textura de su piel o de sus cabellos o porque su aliento de pronto se percibía más dulzón que de costumbre, y entonces en lugar del habitual “te amo” le dije “mi amor, creo que estamos contagiados. Es más, ahora mismo yo te estaré contagiando, o viceversa”. Ella me lo repitió como las veces anteriores me repetía “te amo” cuando yo se lo decía y las palabras rebotaban en ella como en una pared perfecta; pero cuando esta vez me repitió palabra por palabra el comienzo de la nueva consigna, “mi amor, creo que estamos contagiados”, se largó a llorar. Ese día empezó de verdad la cuestión. Comenzamos tres veces por día a repetirnos “mi amor, creo que estamos contagiados”, a la mañana a voz en cuello, a la tarde a media voz y a la noche entre sábanas y susurros y piernas enredadas.
Estoy seguro ahora de que ese cambio brusco del “te amo” al “mi amor, creo que estamos contagiados” fue el terremoto que descalabró lo nuestro y después lo recompuso de una manera inesperada: de pronto ya no éramos dos amantes ardientes sino un par de infectados temerosos y preocupados que ponían en palabras su desgracia tres veces por día. El espanto empezó a reemplazar a la seducción que solíamos desplegar esas tres veces por día en las que antes nos confesábamos nuestro amor, la desconfianza suplantó poco a poco a la entrega mutua, el diálogo de los cuerpos se volvió un monólogo de cada uno enfrentado al otro como si cada uno fuera un frontón en el que simplemente rebotaban las palabras del otro, y nuestra intimidad se desarmó como un edificio que se desmorona por un cálculo equivocado. Tengo que reconocer que esa debacle alcanzó la misma intensidad que nuestro amor descartado hasta nuevo aviso. Incluso un vecino inspirado nos llegó a decir una vez en la vereda que a nosotros ya no nos unía el amor, sino el espanto.
No quiero abundar en síntomas o sufrimientos, ni contar cómo durante esos duros meses de peste y para matar el tiempo de una manera coherente dejamos de leer las poesías amorosas y novelas románticas que poco antes insuflaban nafta al fuego de nuestra pasión, para dedicarnos a “La peste” de Camus, “La decadencia de occidente”, de Spengler, “El fin de la historia” de Fukuyama, o a películas apocalípticas clase C. Lo cierto es que en algún momento nos recuperamos, es sabido que de cualquier peste uno sale muerto o curado; al menos nuestros organismos empezaron a trabajar más o menos normalmente. Pero ya no funcionábamos sincronizados, habíamos sobrevivido a la peste pero sin saber cómo reemplazar las viejas palabras amorosas ni tampoco esa frase miedosa y contagiosa que nos veníamos diciendo con solemnidad tres veces al día, como si rezáramos en una mezquita o repitiéramos un mantra. Poco a poco ella dejó de enredar sus dedos en mi barba y yo de acariciar como antes sus cabellos perfumados, fuimos abandonando esas caminatas por el jardín en las que nos empalagábamos con las delicias infinitas de la naturaleza, y a la noche nuestras piernas ya no se entrelazaban como antes. Así que nos habíamos curado pero la peor cara del contagio siguió encastrada entre nosotros dos como si estuviera más vivo y sano que nosotros mismos y fuera una segunda piel pegada a la primera, que nos envolvía y a la vez nos separaba. Con el transcurso de las semanas y de los meses nos fuimos olvidando incluso de esa ceremonia verbal que celebrábamos tres veces por día, porque no supimos encontrar una frase nueva que nos representara cabalmente, o que al menos ilustrara con cierta precisión ese momento de meseta en nuestra relación, así como los lemas “te amo” y “mi amor, creo que estamos contagiados” habían logrado hacerlo en nuestras dos épocas sucesivas, tan gloriosas e intensas: primero la del amor, después la de la peste. Así que las tres veces por día en las que nuestros rostros ahora se enfrentaban para intentar decirse la verdad esencial de nuestra relación se volvieron más aburridas que un duelo de estatuas.
El asunto es que habíamos sobrevivido juntos a dos experiencias extremas, el amor y la peste, las habíamos enfrentado juntos, nos habíamos empalagado con lo que llaman las mieles de la pasión y luego descendimos a los famosos abismos del miedo de la mano de la peste; después de eso no había nada que pudiera empardar esas dos peripecias límite, todo se había vuelto para nosotros tan soso y sin gracia, tan playito, la vida ya no tenía la profundidad a la que nos habíamos malacostumbrado, para bien o para mal según el momento. Empezamos a aburrirnos por pura comparación nomás, nos sentíamos como Ulises de vuelta en su isla tras haber atravesado los amores más aguerridos y los trabajos y aventuras más peligrosas. Después de una Odisea, parecíamos decirnos a nosotros mismos, lo único que tiene sentido es la decadencia, la muerte o el reposo del guerrero. Todavía después de casi quince años de separación recuerdo esa amarga sensación compartida, supongo que ella también la guardará en su memoria.
Y no es que no hubiésemos tratado de reaccionar. Intentamos con la naturaleza, salimos nuevamente al jardín, los pajaritos habían pululado durante la peste; como muchos humanos nos habíamos guardado en nuestras casas, los animales habían recuperado provisoriamente el mundo. O, al menos, los jardines. Ahora regresábamos al verde para observar al colibrí suspendido en el aire chupándose una flor y al hornero trabajando su argamasa de barro, la fiesta natural ya estaba volviendo a sus límites precisos y los humanos estábamos volviendo a ocupar el centro del mundo que habíamos abandonado por un tiempo. Pero eso tampoco funcionó. Los pajaritos no eran suficientes para encender otra vez nuestras llamas. Hacía falta algo más. Incluso después de uno de nuestros paseos por el jardín le entregué a mi mujer un ramito de flores del jardín, pero hecho con hojas muertas y de distintos colores que el otoño había tirado al suelo. Un indicio de mi estado de ánimo, y seguro que también del de ella. “¿Es una naturaleza muerta, no?” me comentó con cierto sarcasmo.
En esa etapa de aburrida inercia que sucedió a la peste, descartamos los libros que hablaban de fines de ciclos y apocalipsis varios, para concentrarnos en aquellos que nos contaban del sinsentido de la vida de todos los días: desde Sartre a Beckett o Pessoa, recorrimos ese espinel con una mezcla de dedicación y hartazgo. Hasta que un día ella me iluminó de inmensidad la mañana despertándome con una espléndida bandeja de desayuno: café bien fuerte apenas cortado y medialunas recién sacadas del freezer, recalentadas pero sin quemarse. Noté con extrañeza que a ella los ojos le brillaban como antaño. Se habrá puesto un colirio, desconfié, últimamente no creía en ninguna clase de entusiasmo. Le pegué el primer mordisco a una medialuna y agarré el diario doblado en dos. Raro, ella nunca me trae el diario a la cama, pensé. Lo desplegué y vi en la tapa una noticia recuadrada con marcador rojo: “Miles de pacientes febriles como consecuencia de enfermedad desconocida disparan el alerta en la provincia más meridional de Kazajistán. Ya se anuncia un férreo cerco sanitario por la alta tasa de contagio que evidencia el incipiente mal, al que los lugareños comienzan a llamar con sorna el virus del fin del mundo”. El nombre del virus enseguida me llamó la atención, no supe bien si se refería al final de los tiempos por una eventual extinción de la humanidad, o a que los ciudadanos de Kazajistán asumían con humildad que quizá como tantos otros vivían en el culo del mundo. Pero eso no tenía la menor importancia, parecía que ella y yo estábamos otra vez excitados. A ella le brillaban excesivamente los ojos, supongo que a mí también. Desde que la abandoné después de compartir nuestra segunda peste ya llevamos casi quince años separados, y me cuesta olvidar el fulgor de sus ojos esa mañana: qué me importa ahora si fue un colirio, o la excitación, o el reflejo del sol de la mañana. Emocionado, repetí la noticia en voz alta un par de veces, sonaba como música para mis oídos y me di cuenta que para los de ella también: era como estar leyendo de pronto un poema de Ungaretti, un cuentito de Monterroso, un aforismo de Lichtenberg, una novela de Saer… un mundo otra vez incitante se abría frente a nosotros. ¡Qué diferencia…! Releí la noticia varias veces mientras ella se metía de nuevo en la cama y empezaba a desordenarme la barba como hacía mucho que no lo hacía, yo le acaricié con convicción la perfumada cabellera, enredamos nuestras piernas bajo las sábanas con fuerza como antes, y con los ojos cada vez más brillantes nos dispusimos a zambullirnos en el futuro, juntos otra vez y unidos más que nunca por algo intenso y superior a nosotros que, aunque sabíamos bien que no duraría demasiado, era algo así como una última oportunidad: nos daba otra vez forma, como hace un vaso con el líquido que contiene. Fuese el que fuese ese futuro, durare lo que durare, cayera quien cayese en el camino. Relato es inédito. El autor es profesor de Teoría Literaria en la Unam. Publicaciones: ‘Mundos-Diálogos-Silencios’ (Poesía).
‘Darwin Poeta’ (Novela). En vías de publicación su segunda novela, ‘Andrés vuelve’.

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