Los malditos del Caaró

Domingo 19 de abril de 2020 | 01:30hs.

Por Roberto Maack Escritor

“… en el fuego habló dentro del pecho el corazón del santo Padre Roque clara y distintamente y les dijo en la lengua de ellos que él había venido a sus tierras por el bien de sus almas. Y añadió, aunque me matáis, mi alma va al cielo, y no tardará el castigo”. Padre Antonio Ruiz de Montoya.

El espectáculo de luz y sonido había terminado. El proyector quedó fijo en la fachada de la antigua iglesia de São Miguel das Missoes. Los turistas empezaron a marcharse. A la salida, pegado a la pared del museo donde se guardan imágenes de santos tallados en madera, los esperaba un viejo sentado en el piso.
Esperen, esperen, tengo algo para contarles.
Un matrimonio joven lo miró y apresuró el paso. Dos mujeres, que parecían amigas e iban del brazo, se detuvieron.
Tengo una historia para relatarles -repitió-. Algo que no está en los libros. Está en la memoria de nuestros antepasados y yo tengo la obligación de recordarlo.
El viejo, que tenía cuerpo de niño, empezó:
A pocos kilómetros de acá había otra misión, que era hermana de ésta. Se llamaba la reducción de Todos los Santos del Caaró y fue fundada por dos padres que habían llegado desde Asunción. Estuvo en ese lugar apenas unos meses. Hasta que sucedió la peor de las tragedias que se registraron en las reducciones jesuíticas. Los padres fueron asesinados a golpes por los indios cuando construían el campanario de la primera iglesia, que era de madera y tenía techo de hojas de pindó. Un ataque similar ocurrió en la reducción de la Asunción de María que estaba junto al río Ijuí. El promotor de esas muertes fue un cacique y chamán. Se llamaba Ñezú. De él y de Marangoá, el más despiadado de los asesinos, les quiero hablar- dijo.
Otros turistas se fueron arrimando al grupo. Se pusieron como en un círculo alrededor de la voz distinta y que no se correspondía con ese pequeño y desgreñado cuerpo. El viejo se puso de pie y siguió:
Ñezú era un líder natural, respetado y querido por su gente. Su aldea estaba entre el cerro Ñakurutú (cerro de la lechuza) y el río Ijuí. Desde ahí empezó su prédica contra los padres jesuitas que cruzaron el río Uruguay, desde las misiones del Paraguay, para evangelizar en estas tierras. Los religiosos llegaron aguas arriba del río Ijuí invitados por un viejo cacique que entendió que la llegada de los sacerdotes era para el bien de la comunidad y los pondría a salvo de los bandeirantes que cada tanto aparecían en busca de esclavos.
Esto preocupó mucho a Ñezú, que vio que su poder y su autoridad estaban amenazados. Lo que predicaban los padres atentaba contra la forma de vida de su pueblo que tenía muchos dioses y desconocía conceptos tan definitivos como pecado y vergüenza. Era el choque de la libertad, de la desnudez contra una cultura que vestía todo de negro y limitaba al matrimonio con una sola mujer.
Ñezú era también un buen estratega. Decidió convocar a una reunión a todas las aldeas de los alrededores. Entonces envío mensajeros a cada uno de los jefes de las tribus que conocía para reunirse en la primera noche de luna llena en la ladera del cerro. Como una forma de guiar a los visitantes, los indios encendieron una fogata en la cima del Ñakurutú.
La noche de la reunión Ñezú fue el único orador. Expuso todas sus razones para oponerse a la llegada de los religiosos. Habló de la pérdida de la libertad y del derecho a tener varias mujeres. Les dijo que había que ir a la guerra y echar a los padres. El humo de la fogata dibujó una figura en la cima del cerro, tenía las formas de una lechuza, símbolo del dios que todo lo ve, de la sabiduría. Los jefes vieron y entendieron que la señal era una confirmación de los dioses. Y estuvieron de acuerdo. La revuelta estaba en marcha e iba a suceder en todas las misiones en las horas posteriores.
El plan era un levantamiento en todas las reducciones. Ñezú iba a dar el ejemplo. Encomendó la tarea de matar a los sacerdotes de la reducción de los Santos del Caaró al cacique Carupé y a su hermano Areogatí. Estos le encargaron la misión a Marangoá, un guerrero hábil y despiadado, como les dije al principio.
Pero no sucedió como había prometido Ñezú una simple revuelta. Fue una matanza. Marangoá y su gente llegaron al mediodía a la reducción y solo se encontraron con gente pacífica. Ninguno de los indios que estaban ahí se resistió. Los padres tampoco lo hicieron. Todos estaban cantando y trabajando en la construcción de la iglesia.
Esto ocurrió acá cerca, donde ahora está el santuario de los Mártires del Caaró. Seguro ustedes pasaron por ahí. Desparramados por el predio quedaron los cuerpos de los curas masacrados por Marangoá y su gente. Los mataron a golpes de palos y piedras. Uno de los padres fue trozado a la altura de la cintura. Después arrastraron los cuerpos dentro de la iglesia y quemaron todo. Un padrecito todavía estaba vivo cuando el fuego tomó el techo de pindó del templo. El cacique que estaba ahí quiso pedir clemencia y también fue acuchillado. La conjura siguió horas después en la reducción de la Asunción del Ijuí donde también fue asesinado otro religioso.
Pero la gran revuelta soñada por Ñezú no se concretó, se terminó allí. No es que los curas y los otros indios se hayan defendido. No. La violencia de Marangoá y su gente espantó a los jefes de las otras tribus. Y decidieron abandonar a Ñezú y sus planes. Incluso algunos caciques se arrepintieron y fueron a pedir ayuda en las reducciones más cercanas, a orillas del río Uruguay.
Ñezú quedó solo. La historia cuenta que después su pueblo fue destruido y él fue apresado por los bandeirantes que lo llevaron como esclavo a trabajar en los cultivos de caña de azúcar. Murió esclavo y maldito por tan salvaje crimen. Ese fue uno de los castigos que recibió. El otro se trasladó a su descendencia.
El asesino Marangoá fue desconocido por su propia gente. Lo echaron de la aldea. Y se vio obligado a vagar de un pueblo a otro. Iba de reducción en reducción, de aldea en aldea. Cuando lo reconocían, era apedreado y corrido por los perros. Los últimos días de su vida los pasó acá en el Caaró, pero ya no sabía quién era. Vagaba sin parar, como un alma en pena, por las calles polvorientas, golpeándose la cabeza con unos palos. Y la gente cuando lo veía pasar sabía si iba a haber buen tiempo o lluvia por la cantidad de palitos que el errante llevaba en sus manos. Si eran cuatro, dos en cada mano, era garantía de buen clima. Dos o tres, llovía esa misma noche. La cabeza pelada se le deformó por los golpes. Hasta que un día desapareció. Mi gente dice que siguió errante, para toda la eternidad.
El viejo se calló de repente. El cuerpo pequeño que gesticulaba, como una marioneta de la historia que lo poseía, se aquietó de pronto. Y volvió a sentarse en el mismo lugar. Como parte del edificio, como si nunca se hubiera despegado de la pared.
Los turistas estaban absortos sumidos en la historia. Un hombre que se había agregado al grupo quiso saber más. Y preguntó:
Usted contó del castigo a Ñezú que murió esclavizado, pero por los bandeirantes, justo él que armó la revuelta en nombre de la libertad. Habló del castigo a Marangoá, despreciado por su gente y obligado a vivir errante. Pero también habló de otro castigo, más amplio, a los descendientes.
Sí -dijo el viejo, que ahora parecía todavía más pequeño, acurrucado contra la pared- Los descendientes de aquellos asesinos fuimos condenados a recordar y contar la historia por los siglos de los siglos. Pero esto se acaba ahora. Soy el último que queda y espero con ansias mi muerte. Sé que llegará, tengo la certeza. Acá me va a encontrar. Mientras, debo seguir contando aquello que tanta sangre inocente derramó. Este cuento es parte del libro La Clave Zipoli, publicado en 2019.

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