Los gauchillos correntinos

Viernes 13 de septiembre de 2019
Por Alfredo Poenitz

Por Alfredo Poenitz Historiador

En 1854, en pleno desarrollo de una economía fundada en la ganadería, el gobernador de Corrientes, don Juan Pujol, ordenó un empadronamiento general donde se asentaran datos de las existencias ganaderas, pero también de los oficios de los habitantes de las áreas rurales. Un dato relevante del censo es que un gran porcentaje de la población, no consignó ninguna actividad. Eran aquellos pobladores escasamente arraigados, dedicados a “recorrer los campos”, sobreviviendo a través de actividades ilícitas como el robo de ganado o la venta clandestina de cueros. 
Precisamente el control de los pobladores sin arraigo constituyó uno de los principales problemas para la administración correntina entre 1830 y 1850. Y no fue de fácil resolución. Porque además de tratarse de un  atractivo género de vida para muchos, la mayoría de estos “malentretenidos” no poseían suficientemente arraigados los conceptos de propiedad y trabajo regular.  Y la política ganadera correntina favorecía la movilidad de la gente y la propagación del vagabundaje, sobre todo en aquellas zonas donde no estaban totalmente delimitadas las propiedades. Una ley del 11 de junio de 1827 obligaba al uso de pasaportes y de “boletas de conchabo” a todos los habitantes de Corrientes. Del mismo modo, se obligó a los pobladores a poseer un trabajo estable y el Estado incluso ofreció el otorgamiento de pequeños lotes para la actividad agrícola, en enfiteusis, un sistema de cesión perpetua o por largo tiempo del dominio útil de un inmueble mediante el pago de una pensión anual, en este caso al Estado correntino.
La opción por la vida en libertad, sin la sujeción a las leyes llevó a que existiesen algunas zonas en la provincia donde especialmente se refugiaban individuos sin títulos de propiedad. Las costas del Iberá fue uno de esos refugios favoritos para esta gente, por la protección de los esteros. De esa zona son los mayores reclamos de los hacendados sobre robos de ganado, rapto de mujeres, etcétera, existentes en el Archivo Histórico de Corrientes. Se trata de una nueva mentalidad. La del habitante marginal caracterizada por un hombre sin patrón, que no desea poseer tierras ni una residencia permanente.  
En Corrientes, algunos de estos denominados “bandidos sociales” adquirieron fama de “héroes” y aún de “santos”. ¿Por qué fueron sacralizados? ¿Cuál fue la significación de sus muertes? Son recordados como modelos de valentía y de haberse enfrentado con coraje a la ley, aliados a la población pobre y marginal de una sociedad que se iniciaba en el mundo del capitalismo. La legalidad se la daba el propio pueblo, que, en definitiva es quien determina sus propios héroes y santos. 
Isidro Velásquez, nacido en una isla del Iberá, en los esteros del Santa Lucía fue muerto por una partida policial numerosa en el Chaco, después de años de persecución. Se decía que poseía una fuerza inmanente que lo libraba de la acción de las balas. Después de ser acribillado, se arrastró en largo trayecto hasta un árbol que con el tiempo se transformó en un lugar de culto. El gaucho Antonio María fue muerto por otra cuadrilla en una isla del Iberá, en el paraje Ñu´py donde vivía, cerca de San Miguel, después de haber dado muerte a su compañera, embarazada supuestamente de un amante, soldado de la policía provincial, y también a éste. Al pie del timbó donde fue muerto se levantaron varias cruces y se llamó al lugar Curuzú Jethá. Cada tres de mayo (Día de la Cruz de los Milagros, una de las principales celebraciones religiosas de Corrientes) se concentran los peregrinos, sobre todo enfermos, que le piden ser sanados de sus dolencias. Francisco López, quien diera muerte a unos forajidos cuando iba en busca de auxilio para su mujer parturienta, fue capturado por policías, maniatado contra un árbol y degollado. Dicen que en ese mismo momento su sangre produjo efectos milagrosos en las propias manos de sus victimarios, curando a uno de una parálisis y a otro de un mal en los dedos. Al pie de ese árbol hoy se levanta una ermita que nuclea a sus devotos. 
Acaso el más famoso de los “gauchillos” correntinos, Antonio Gil, se dice que desertó del ejército, durante la Guerra del Paraguay, porque escuchó al dios guaraní Ñandeyara que le indicó que no derramase sangre de sus semejante”. Lideró una banda de cuatreros y, detenido por las fuerzas policiales, el 8 de enero de 1874, cerca de la ciudad de Mercedes, lo colgaron por los pies de un algarrobo y le cortaron el cuello. A la cruz que se colocó en el lugar, a la que acudían miles de promeseros, se la trasladó al cementerio de Mercedes. Pero una serie de calamidades que comenzaron a ocurrir al dueño de la estancia donde estaba anteriormente enterrado el Gaucho Gil, hicieron que la cruz fuera nuevamente colocada en su sitio inicial. Como el Gauchito murió boca abajo, las velas hay que prenderlas para abajo, según indica la tradición. Cada 8 de enero, multitudinarias peregrinaciones, a pie, a caballo y en diversos medios, desde todos los puntos del país, se acercan al “santuario del Gauchito”, donde se celebran enormes fiestas populares. 
Y como los nombrados hay muchos casos más: el Mencho José, Tuquiña, el gaucho Lega, Aparicio Altamirano y tantos otros forman parte de este santoral popular correntino que hoy, como desde hace un siglo, provoca un hechizo en el colectivo popular.

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