LOS DOS JULIOS

Lunes 11 de febrero de 2019
“Un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”.
Un Julio habla de otro
Por Julio Cortázar
Este libro se va haciendo como los misteriosos platos de algunos restaurantes parisienses en los que el primer ingrediente fue puesto quizá hace dos siglos, fond de cuisson al que siguieron incorporándose carnes, vegetales y especias en un interminable proceso que guarda en lo más profundo el sabor acumulado de una infinita cocción. Aquí hay un Julio que nos mira desde el daguerrotipo, me temo que algo socarronamente, un Julio que escribe y pasa en limpio papeles y papeles, y un Julio que con todo eso organiza cada página armado de una paciencia que no le impide de cuando en cuando un rotundo carajo dirigido a su tocayo más inmediato o al scotch tape que se le ha enroscado en un dedo con esa vehemente necesidad que parece tener el scotch tape de demostrar su eficacia.
El mayor de los Julios guarda silencio, los otros dos trabajan, discuten y cada tanto comen un asadito y fuman Gitanes. Se conocen tan bien, se han habituado tanto a ser Julio, a levantar al mismo tiempo la cabeza cuando alguien dice su nombre, que de golpa hay uno de ellos que se sobresalta porque se ha dado cuenta de que el libro avanza y que no ha dicho nada del otro, de ése que recibe los papeles, los mira primero como si fuesen objetos exclusivamente mensurables, pegables, diagramables, y después cuando se queda solo empieza a leerlos y cada tanto, muchos días después, entre dos cigarrillos, dice una frase o deja caer una alusión para que este Julio lápiz sepa que también él conoceel libro desde adentro y que le gusta. Por eso este Julio lápiz siente ahora que tiene que decir algo sobre Julio Silva, y lo mejor será contar por ejemplo cómo llegó de Buenos Aires a París en el 55 y unos meses después vino a mi casa y se pasó una noche hablándome de poesía francesa con frecuentes referencias a un tal Sara que siempre decía cosas muy sutiles aunque un tanto sibilinas. Yo no tenía tanta confianza con él en ese tiempo como para averiguar la identidad de esa musa misteriosa que lo guiaba por el surrealismo, hasta que casi al final me di cuenta de que se trataba de Tzara pronunciado como pronunciará siempre, por suerte, este cronopio que poco necesita de la buena pronunciación para darnos un idioma tan rico como el suyo. Nos hicimos muy amigos, a lo mejor gracias a Sara, y Julio empezó a exponer pinturas en París y a inquitarnos con dibujos donde una fauna en perpetua metamorfosis amenaza un poco burlonamente con descolgarse en nuestro living-room y ahí te quiero ver. En esos años pasaron cosas increíbles, como por ejemplo que Julio cambió un cuadro por un autito muy parecido a un pote de yogurt al que se entraba por el techo de plexiglás en forma de cápsula espacial, y así ocurrió que como estaba convencido de manejar muy bien fue a buscar su flamante adquicisión mientras su mujer se quedaba esperándolo en la puerta para un paseo de estreno. Con algún trabajo se introdujo en el yogurt en pleno barrio latino, y cuando puso en marcha el auto tuvo la impresión de que los árboles de la acera retrocedían en vez de avanzar, pequeño detalle que no lo inquietó mayormente aunque un vistazo a la palanca de velocidades le hubiera mostrado que estaba en marcha atrás, método de desplazamiento que tiene sus incovenientes en París a las cinco de la tarde y que culminó en el encuentro nada fortuito del yogurt con una de esas casillas inverosímiles donde una viejecita friolenta vende billetes de lotería. Cuando se dio cuenta, el mefítico tubo de escape del auto se había enchufado en el cubículo y la provecta dispensadora de la suerte emitía esos alaridos con que los parisienses rescatan de tanto en tanto el silencio cortés de su alta civilización. Mi amigo trató de salir del auto para auxiliar a la víctima semiasfixiada, pero como ignoraba la manera de correr el techo de plexiglás se encontró más encerrado que Gagarin en su cápsula, sin hablar de la muchedumbre indignada que rodeaba el luctuoso escenario del incidente y hablaba ya de linchar a los extranjeros como parece ser la obligación de toda muchedumbre que se respete.
Cosas como ésa le han ocurrido muchas a Julio, pero mi estima se basa sobre todo en la forma en que se posesionó poco a poco de un excelente piso situado nada menos que en una casa de la rue Beaune donde vivieron los mosqueteros (todavía pueden verse los soportes de hierro forjado en los que Porthos y Athos colgaban las espadas antes de entrar a sus habitaciones, y uno imagina a Constance Bonacieux mirando tímidamente, desde la esquina de la rue de Lille, las ventanas tras de las cuales D’Artagnan soñaba quimeras y herretes de diamantes). Al principio Julio tenía una cocina y una alcoba; con los años fue abriéndose paso a otro salón más vasto, luego ignoró una puerta tras de la cual, al cabo de tres peldaños, había lo que es ahora su taller, y todo eso lo hizo con una obstinación de topo combinada con un refinamiento a lo Talleyrand para calmar propietarios y vecinos comprensiblemente alarmados ante ese fenómeno de expansión jamás estudiado por Max Planck. Hoy puede jactarse de tener una casa con dos puertas que dan a calles diferentes, lo que prolonga la atmósfera que uno imagina cuando el cardenal de Richelieu pretendía acabar con los mosqueteros y había toda suerte de escaramuzas y encerronas y voto a bríos, como siempre decían los mosqueteros en las traducciones catalanas que infamaron nuestra niñez.
Este cronopio recibe ahora a sus amigos con una colección de maravillas tecnológicas entre las que se destacan por derecho propio una ampliadora de tamaño natural, una fotocopiadora que emite borborigmos inquietantes y tiende a hacer su voluntad cada vez que puede, sin hablar de una serie de máscaras negras que lo hacen sentirse a uno lo que realmente es, un pobre blanco. Y el vino, sobre cuya selección rigurosa no me extenderé porque siempre es bueno que la gente conserve sus secretos, su mujer, que padece con invariable bondad a los cronopios que rondan el taller, y dos niños indudablemente inspirados por un cuatro encantador, ‘El pintor y su familia’, de Juan Bautista Mazo, yerno de Diego Velázquez.
Este es el Julio que ha dado forma y ritmo a la vuelta al día. Pienso que de haberlo conocido, el otro Julio lo hubiera metido junto con Michel Ardan en el proyectil lunar para acrecer los felices riesgos de la improvisación, la fantasía, el juego. Hoy enviamos otra especia de cosmonautas al espacio, y es una lástima. ¿Puedo terminar esta semblanza con una muestra de las teorías estéticas de Julio, que preferentemente no deberían leer las señoras? Un día en que hablábamos de las diferentes aproximaciones al dibujo, el gran cronopio perdió la paciencia y dijo de una vez para siempre: “Mirá, che, a la mano hay que dejarla hacer lo que se le da en las pelotas”. Después de una cosa así, no creo que el punto final sea indecoroso. 

La amistad, una cofradía de literatura e imagen

En 1967 apareció el libro ‘La vuelta al día en 80 mundos’, en el que, mucho antes de que se hablara de la hipertextualidad y de formatos híbridos, Julio Cortázar y su amigo, el escultor y dibujante argentino Julio Silva, juegan a crear una obra mágica en la que interpelan la linealidad de las palabras incorporando elementos gráficos sin que ello funcione como una mera ilustración. Además, la clara referencia a Verne en el título, el tercer Julio en cuestión, anticipa que el lector se embarcará en una aventura cargada de trampas y desafíos.
El escritor y el pintor, quienes fueron buenos amigos durante muchos años -de hecho, Silva comparte con el escultor Luis Tomasello la autoría de la lápida del escritor en el cementerio de Montparnase- crearon a cuatro manos este libro cargado de ilustraciones en formato de collage, en el que de alguna forma conversan prosas dispersas con fotografías y dibujos, desafiando las clasificaciones usuales de los géneros, a partir de lo cual la lectura se convierte en una auténtica peripecia alrededor del horizonte literario, poético y artístico de Cortázar.
De hecho, los símbolos que refieren a obras icónicas del escritor están difuminados a lo largo de los diferentes textos que conforman la obra. Así, por ejemplo, en la narración que aquí compartimos, Cortázar tilda a Silva de “cronopio” -en alusión a una de sus obras más representativas-, seres que una vez definió como “un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”, como si viera en su amigo esas facultades. Eso se deja ver en las actitudes disparatadas del artista que Cortázar se encarga de poner en relato.
Con espíritu infantil calado en la esencia de cada uno, el escritor y el pintor jugaban box, escribían, pintaban, comían y bebían. Se trataba de una cofradía de la que da testimonio el propio Cortázar en las cartas que escribió a su amigo cuando andaba fuera de París, ciudad que compartieron. En esa correspondencia, Cortázar aborda las ediciones de sus próximos libros, así como el deterioro de su salud, que terminaría por vencerlo en 1984.
Las epístolas, junto con las publicaciones ‘Los discursos de Pinchajeta y Silvalandia’ -obras que realizaron en colaboración- se compilan por primera vez en el libro ‘El último combate. Julio Cortázar-Julio Silva’, un homenaje a la genialidad de dos artistas que supieron hacer de sus travesuras una obra de arte. 

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