Los carnavales de Areu Crespo

Domingo 13 de enero de 2019
María Marta Fierro

Por María Marta Fierro mfierro@elterritorio.com.ar

En la novela Bajada Vieja, de Juan Mariano Areu Crespo, se lee una pormenorizada descripción de los antiguos carnavales posadeños. Es en esa noche delirante y calurosa, entre polcas paraguayas (ojo, nada de sambas brasileños) y disfraces donde tendrá lugar un homicidio con arma blanca. Una pelea en la que se cruzan las disputas entre comparsas tanto como la pelea por el amor de una mujer.
Bien vale dejarse llevar por las páginas de ese libro fascinante, si se lo encuentra, claro. Está agotado en librerías, sobrevive en bibliotecas escolares y públicas, aunque afortunadamente puede hallarse alguna copia subida a internet. Allí se ve a Silvino Cardoso partir del caserío de la Bajada Vieja, vestido de cacique con su gran capa negra con adornos negros y rojos, y el penacho con plumas. A Ermelindo Soto, el organizador de la comparsa del Chaquito, admirado por todos en el barrio, con su traje de capitán. Al Chaquito, hoy cubierto por las aguas de la represa Yacyretá, entonces inundado por la Laguna San José, también desaparecida. El rancherío, sus chiquillos semidesnudos y las mujeres fumando cigarros de hoja en las puertas de las casas.
Y la aclaración de que los de las comparsas no se disfrazaban, se vestían, con gran solemnidad, sintiendo que esos trajes, para los que ahorraban gran parte del año, les daban por las noches de corso el poder y la riqueza de las que carecían el resto del año.
El corso avanza por la calle Bolívar, recién regada por el calor, tras la explosión de la bomba inicial. Y desde la mesa del Café de los Japoneses, un grupo de amigos discute.
“- ¡Este corso es una porquería!
- ¿Por qué?, vos que estás adquiriendo una cultura, ¿cómo no te das cuenta de la belleza primitiva que encierra nuestro carnaval?...
-¿Belleza?... Catinga querrás decir.
(…)
- Sí señor. Belleza y mucha. Te puedo asegurar que en estos días de carnaval, acá en Posadas, veo tanto color y tanto misterio y poesía, que pienso que son estas gentes las que mantienen la tradición de esta tierra.
- ¡Pero sos loco! ¿Lo tradicional de Misiones, esos roñosos que huelen a bestia?
- ¿Y quiénes pueden ser?, (…) los gallegos, los alemanes, los polacos y los italianos que nos inundan? Alguna raíz debe tener esta tierra y no son estos extranjeros rudos, que hacen florecer una tierra, que recién empezará a nutrirlos y a metérseles por los poros en la sangre…
- Si es así, no tenemos pasado y esta tierra sólo tiene porvenir” (Bajada Vieja, 51).
Areu Crespo sabe pintar en rápidos trazos una instantánea de la naciente provincia, todavía pariéndose a sí misma.
El destino de olvido de las memorias que Areu Crespo dejó sobre Posadas va más allá del libro. En 2007 su pintura Carnaval fue robada del Museo Juan Yaparí junto con otras dos obras de otros pintores. Los lienzos nunca fueron recobrados ni el robo –que se realizó en circunstancias extrañas, ya que ninguna puerta del centro cultural fue forzada y se presume que el ladrón utilizó llaves para acceder a las salas- fue esclarecido.
La familiar imagen del cuadro, expuesto por años en la Pinacoteca del Museo Yaparí y luego repetidamente difundida tras el robo, cobra, tras la lectura de Bajada Vieja, un nuevo color.
En sus danzas se distinguen claramente los diablos con sus capas rojas desplegadas descriptos por el escritor en la fatídica noche final del corso que terminaría bañada en sangre. También se distinguen los indios. Y toda la composición cobra de pronto un nuevo sentido. Una pintura desaparecida, como los carnavales de los que se ocupa.

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