La tumba provisoria

Domingo 7 de junio de 2020 | 02:30hs.

Por Marcial Toledo Escritor

Esta vez no ocurrió a causa del tigre sino de las mujeres. Yo soy tranquilo, pero eso no quiere decir nada.
Estábamos en el almacén de Silvestre. Jugábamos a los naipes entre cuatro cuando oímos esas voces en la galería contigua. Mi compañero, que estaba sentado de espaldas a la puerta que comunicaba ambos ambientes, comenzó a hallar incómoda su silla. Yo tenía una carta de las buenas y el guiño coincidió con una vocecita que saludaba desde la puerta. Una carita bastante agraciada sonreía. Todos se habían vuelto. Saludó en general, pero me miraba de esa manera que uno reconoce. Solo restaba hacer coincidir la salida. Lo demás, sucedería como otras veces.
Cuando ella volvió a la galería, mi compañero comenzó a jugar a desgano, con ese desgano forzado y nervioso que no permite ver las cartas. De improviso saltó con el machete en la mano. Levanté a tiempo la silla para detener el golpe. Los demás intervinieron y el hombre quedó malparado. Para rubricar, el almacenero, mirándome, dijo. “Ni el yaguareté pudo con vos”. Y con una mueca me indicó la salida.
Comprendí que la vocecita se alejaba entre otras.
Compré algo para convidar y me despedí de los parroquianos presentes. Uno llegó a decirme: “Contale el cuento. A lo mejor te olfatea”.

Ya la voy alcanzando. Le diré las cosas que se me ocurran. No importa qué cosas. ¿Y lo del yaguareté? Bueno, a lo mejor tenga que contárselo. Trataré de recordar.
Soy un tipo de treinta años, moreno, feo, fuerte. Las mujeres saben que siempre tengo algo para ellas. Hace algunos años poseía aquí, en Cerro López, un lote con cultivos. Era suficiente para mí. Pero resulta que toda la gente joven se marchaba en busca de tierras nuevas, tierras fiscales, a Aristóbulo del Valle, Dos de Mayo, o lugares parecidos. Desmontaban, quemaban y sembraban. Y esa tierra fuerte, virgen, daba lo que le pedían. Un día me convencieron. Malvendí lo poco que tenía y me marché.
Aquella siesta estuve desmontando solo, sin más compañeros que las herramientas indispensables y una botella de caña. El verano partía las hojas de los árboles caídos. Un olor a monte virgen mitigaba mi cansancio. Yo estaba casi desnudo, fumaba de tanto en tanto y el nivel de la botella estaba llegando a la base. Dejé vagar la mirada por aquel verde cementerio de colores amontonados. Los árboles más grandes dibujaban figuras caprichosas. Eran como brazos y piernas de gigantes caídos en una lucha de locura. De pronto mi tarea me pareció desprovista de sentido. Los brazos y las piernas comenzaron a girar a mi alrededor. La última gota de líquido fuerte cruzó mi garganta. Con el machete en la mano entré en el monte. El terreno bajo los árboles más gigantescos se volvía acogedor. Sin motivo alguno pensé que allí sería fácil cavar una tumba y enterrar a alguien. Cerrarle los párpados y darle un empujón. Luego, la tierra y las hojas. Había por lo menos un espesor de diez centímetros de hojas caídas, algunas amarillentas, otras de un verde desteñido. La tierra debía de ser tibia, blanda, humeante. Pensé que no me interesaba el futuro. Mañana podría dejar todo esto y conchabarme en algún establecimiento importante. Ir de un lado a otro. No me faltaría dinero para un cigarro o una copa. Tampoco brazos tibios como esa tierra, ni palabras de cariño, ni voces tiernas que se resignan al adiós. Tener algo es estar atado. Me pareció un sacrilegio seguir volteando monte, a menos que después pudiera malvender las mejoras. De pronto las hojas comenzaron a girar, hojas de todas las formas y tamaños. Y el sol ya no me hacía cosquillas en la nuca. Caminé un poco más y noté que el machete ya no estaba en mis manos. Me sentía perder el equilibrio y se me antojaba que caería sobre la punta del machete. Me costaba un esfuerzo extraordinario tenerme en pie. Era como si desde abajo me tironearan unos enanos forzudos que morasen en las hojas. Cuando caí me sentí mullido lujosamente y un fuerte olor a vegetales terminó de adormecerme.
No sé cuánto tiempo estuve así. Pero recuerdo haber soñado que una anciana me abrigaba. No comprendía el motivo de esa protección pues el abrigo no me permitía respirar. De pronto sacudí la cabeza y escupí algunas hojas que se me habían metido en la boca. Un sudor abundante me llenaba la cara y el cuello. Estaba completamente cubierto de hojas, como si alguien se hubiese aprovechado de mi sueño para jugarme una broma de mal gusto. El abrigo aumentaba su espesor en la zona del vientre y los muslos. De los pies solo se veían las puntas. Me incorporé lentamente. Al limpiarme el pecho y las piernas, encontré que una especie de saliva espesa y de olor penetrante se obstinaba en permanecer adherida a la piel. Una sospecha me sacudió. A mi lado se levantaba, gigantesco, un timbó y a escasa distancia divisé el machete que se me había caído. Concebí rápidamente una idea. Sin perder un segundo, trasladé un tronco de unos dos metros de largo al lugar exacto donde había estado mi cuerpo y lo cubrí totalmente de hojarasca. Luego me encaramé en el timbó. Para ganar los primeros metros tuve que ayudarme con el largo cinturón que uso, como quien trepa un cocotero.
Apenas concluí la tarea cuando los gruñidos del bicho se oyeron cada vez más cercanos. Era un animal hermoso, un yaguareté hembra, a quien seguía a pocos pasos un cachorro, lustroso y confiado. Pude ver cuando el bicho destrozaba furioso el tronco que me reemplazara. Después comenzó la ceremonia de la espera, con gruñidos, saltos y giros alrededor del timbó. Está demás decir que solo pude bajar horas después, cuando estuve seguro de que mis huéspedes se habían marchado.
He contado tantas veces el episodio que no puedo asegurar cómo ha ocurrido realmente. Quizás lo he soñado. Tal vez lo imaginé, ardido de sol en la nuca y de alcohol en la garganta.
De todos modos, creo que cuando se lo cuente a ella me saldrá mejor que en otras oportunidades.
Estoy cerca. Se vuelve y me sonríe. El relato es parte del libro La Tumba Provisoria, Ediciones Índice 1985. Ilustración es gentileza de @lauritaserendipia

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