La soledad de los viejos

Domingo 19 de abril de 2020 | 03:30hs.

Por Norma Varela Escritora

La soledad se deslizaba por su cara como una gelatina espesa. El comienzo de la noche era lo peor. Desde la muerte de su esposa la casa se había convertido en un sarcófago abierto que exhalaba efluvios nauseabundos. Ése, exactamente, era el olor que tenía su soledad. Por la mañana, con algunos proyectos livianos, todavía tenía ganas de moverse. Limpiar la jaula del canario. Darle de comer. Revisar las plantas. Sacarles las hojas secas. Regarlas. Barrer el patio. Estirar las sábanas de la cama con la mitad en desuso. Mirar el cielo. Preparar un mate. Y ahí comenzaba la cuestión. Enfrentado a una silla vacía, el silencio se le hacía nudo en la garganta y nada… nada… Todo un día de nada lo conducía a un atardecer de angustia, una noche sin sueño y un alba de suicidio. Desde la muerte de su mujer la existencia se había transformado en un páramo sin esperanzas. Los hijos, lejos. Un llamado cada tanto, al fijo, por supuesto porque él nunca pudo entender eso del celular. A veces, compartía unas horas, el fin de semana con su hija que pegaba una limpieza a fondo de la casa y le lavaba la ropa. Su hijo pasaba, a veces, sólo unos minutos. Un -Hola , qué tal, viejo, cómo estás, necesitás algo, chau- y salía disparado porque le faltaba tiempo para hacer sus cosas. Estaba tan ocupado en ese puesto tan importante… Los dos lo querían mucho pero no podían dedicarle tiempo real, tiempo de charla tranquila, tiempo de compañía. Dolfi, el perro, había decidido seguirla a su ama y a él le quedaba sólo el canario que, con desgano, continuaba vivo. Después de unos cuantos meses de statu quo fue que tomó la decisión. Esa mañana se levantó temprano. Se puso su mejor ropa y se dirigió a la puerta de calle que se abrió con un chirrido de desuso. Habría que ponerle aceite en los goznes, pensó. Se dirigió al negocio de electrodomésticos de la esquina que recién estaba levantando las perezosas cortinas. Entró entusiasmado, saludando a los empleados que poca bolilla le dieron. -Claro, un pobre viejo- se dijo. Recorrió las hileras de productos. Se paró ante el stand de las planchas. Tomó una grandota de color rojo y salió corriendo, o mejor dicho, tropezando, ante el asombro de todos. Casi sin aire llegó a su casa, abrió la puerta, entró y echó llave. Quince minutos después unos golpes bizarros le indicaron que había alguien en la vereda. Con una extraña sonrisa en la cara que parecía decir -Por fin se solucionaron mis problemas - desllaveó la puerta y abrió. Y allí estaban los tres: el gerente del comercio y dos policías uniformados.
-Usted acaba de robar una plancha de nuestro local- aulló el gerente, gordo, rubicundo, furioso.
-Es verdad- respondió él, sereno.
- Y, ¿por qué lo hizo?- interrogó el policía más joven con aire profesional- Por esa causa usted podría ir preso.
-Eso quiero- contestó él, con alegría.
-¿Eso quiere? - repitió azorado el policía mayor, barrigudo y arrugado, que lo miraba sorprendido.
- Sí, señor.
-Y ¿por qué?- cuestionaron los tres al mismo tiempo sin comprender lo que pasaba.
-Porque en la cárcel no voy a estar más solo.
Lágrima final. El cuento es parte del libro Vivir muchos años. Varela es psicóloga, actriz y guionista. Publicó además A través de mi cristal y En el fondo del jardín

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