La serpiente lechera

Domingo 19 de julio de 2020 | 05:30hs.

José Antonio Cecilio Ramallo
Escritor

os niños serranos viven tan en contacto con la naturaleza, que no temen a las víboras, siendo para ellos una diversión matarlas cuando descubren una de ellas. 

Una mañana, los alumnos de la escuela me llamaron para avisarme que “los infantileros” -así llamaban a los alumnos recién ingresados- estaban jugando con una enorme yarará. Tomé el rifle 22 y acudí presuroso encontrando a un grupo de niños no mayores de 7 años empuñando varas finas, saltando una pequeña zanja y al paso castigando al reptil enardecido. 

Sus caras reflejaban la alegría de la “diversión”, que a ellos, como la cosa más natural del mundo, les encantaba, y a mí, como “pueblero” me horrorizaba. Un disparo en la cabeza del reptil terminó con su vida y el “divertido juego” de mis pequeños alumnos. Su cuero de 1,80 metros de largo pasó a engrosar el museo. En su vientre tenía dos cuises o apereás. 

En el grado los reprendí severamente, señalándoles el peligro que habían corrido, pero mis pequeños sonrientes a pesar de mi reto, me explicaron que ellos  siempre jugaban así con las víboras y que esta no ofrecía peligro, pues estaba casi aletargada por haber ingerido antes los dos cuises. 

Me contaron que cuando estaban en el “rozado” y se encontraban con una coral, los mayores, haciendo uso de los machetes, se la tiraban uno al otro haciéndola volar por los aires y recibiéndola con los filos de estos, hasta que ese juego terminaba con la vida del reptil. 

La mordedura de la coral es mortal, o mejor dicho era mortal hasta descubrirse en el Brasil el suero que cura su mordedura. Ignoro si actualmente el Instituto Malbrán fabrica esa clase de inyección antiofídica en la Argentina. 

En la cocina de la escuela encontramos una pequeña yarará que en ese momento trataba de merendarse un ratón. Pude observar todo el proceso desde el momento que la vi envuelta en el que pugnaba por escaparse, hasta que, cuando este estaba engullido por la mitad, traté vanamente de introducirla en un frasco con un preparado de formol. El largo trámite de tragar el ratón se interrumpió con la expulsión inmediata del ratoncito y la disposición de pelea de la pequeña yarará en cuanto le arrimé la vara con la que pretendía realizar la operación. Ambos fueron a parar al museo de la escuela. 

He escrito lo que antecede, considerando que para el lector es interesante poner nuevos conocimientos sobre los reptiles. 

Una mañana y antes de entrar a clase recibí el llamado de la comadres, quien por intermedio de mi ahijada me invitaba a cazar una “cobra lechera” al caer de la noche. Sabía a qué se refería pues los alumnos y algún vecino me habían hecho referencias a reptiles que, en horas de la tarde, o cuando las sombras de la noche comenzaban a espesarse, se aproximaban a las vacas y envolviéndoles las patas, les succionaban la leche. De acuerdo a mis estudios, no existían tales reptiles por cuanto la constitución de la boca no es apta para “chupar”. 

Llegué hasta la casa de doña Clemencia, llevando una escopeta y una linterna de cuatro elementos, de gran potencia y que nos permitiría, de hacerse noche, cazar la “cobra”. Me esperaba y se alegró al verme preparado para la cacería. 

Después de saludarme y sentarnos a matear me refirió lo que le acontecía. La mejor de sus vacas, desde hacía tiempo había disminuido en forma alarmante la leche. EI ternerito fue el que sufrió las consecuencias, pues estaba flaco y la tarde anterior al recorrer el potrero donde la vaca pastaba, le llamó la atención que el ternero balaba y la vaca no se movía en el lugar en que se encontraba. Cuando se aproximó, vio a una enorme “cobra” que la tenía prácticamente maneada chupándole una teta. 

-Nada pude hacer, compadre, sino ver a la cobra como tomaba la leche, pues si me hubiera arrimado ésta a lo mejor hubiera “picado” a la vaca y es la mejor lechera que tengo. En cuanto caiga el sol, iremos a ver si la matamos. 

-Llevé  la vaca hasta el lugar y la puse un poco más al descampado donde los pastos no son altos, así no se nos escapa. Había preparado este buen garrote -me dijo mostrándolo-, pero con su “espingarda” (así llamaban los serranos a las escopetas) terminaremos con ella. 

-Lo único que le voy a pedir, comadre, es que me deje ver como hace la víbora para tomar la leche -le dije. 

-Entonces iremos un poco más temprano para poder ver desde el principio. No se le ocurra arrimarse hasta que la “cobra” se llene y baje de la vaca. Desde unos diez metros podremos observar todo perfectamente-. Y así diciendo, salimos hacia el lugar, poco distante de la casa. 

EI animal pacía al parecer tranquilamente. Silenciosos, sin cambiar una sola palabra, recorríamos con la vista los espartillos cercanos, esperando ver aparecer al reptil. En un momento dado el ternero se aproximó a la vaca y comenzó a mamar. 

No habían transcurrido cinco minutos, cuando me pareció ver un leve movimiento entre los pastos a escasa distancia del vacuno. Con una seña, le marqué el lugar a la comadre, la que asintió afirmativamente con la cabeza llevando el índice de su mano a los labios en demanda de silencio. No alcanzaba a divisar el reptil, pero se veía el ondular de los pastos en dirección a la lechera. 

De pronto, esta quedó rígida. En las sombras de la tarde pudimos ver perfectamente cuando la víbora se enredó en una de sus patas e inmediatamente hizo lo propio con las otras, formando con su horrible cuerpo una manea. Su cabeza se deslizó hacia arriba suavemente, penetrando por las verijas. El ternero, al divisarla, dejó de mamar y se alejó rápidamente, poniéndose a balar. La víbora se prendió de la teta dejada por este y comenzó a succionar, mejor dicho a deglutir como si a través del pezón tratar de tragarse a la vaca. Esta parecía una estatua de piedra: rígida, sin un solo movimiento, sabiendo seguramente por instinto, que no debía moverse. Toda la operación no había durado más de tres minutos. Esperamos a que la víbora abandonara su tarea. La noche había caído casi rápidamente, y apenas se divisaba como una cinta gruesa y negra, la manea viva, que detenía al animal. Le di la linterna a doña Clemencia y saqué el seguro a la escopeta, haciéndole señas para que cuando yo se lo pidiera alumbrara. Cuando la víbora bajó, le dije: -¡Ahora, comadre! A mi orden, prendió esta que iluminó como el día los pastos, mientras yo corría aproximándome y pudiendo observar al reptil entre los espartillos. 

Un estampido interrumpió el silencio de la tarde. Los perdigones barrieron prácticamente el lugar donde se deslizaba la víbora, alcanzándola en el medio del cuerpo. 

Imposibilitada en continuar su fuga, se levantó hasta donde la ruptura de la columna lo permitía. Embravecida, pero ya sin ofrecer peligro, dada su imposibilidad de ataque, ofreció un blanco perfecto iluminada por la linterna que sostenía “la comadre”. El nuevo disparo terminó con su vida. 

Arrastrándola de la cola, la llevé hasta la casa. La medimos, tenía dos metros y cincuenta. No era venenosa, era una lampalagua, un hermoso ejemplar. 

De La Curandera y el Maestro. El autor ha publicado además Cuentos y leyendas de la tierra misionera, Cuentos de la selva del tío Rubio, Juan José en el país de las hormigas, entre otros.

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