La política se simplificó

Domingo 14 de julio de 2019
Las dos principales fuerzas rompieron por adentro lo que Lavagna creyó que rompía desde afuera. A su modo, Lavagna le hizo un favor a la política con la "generosa soberbia" de quien no sabe darse a sí mismo lo que le da a los demás. Se destrabó la política. Los packaging electorales de las dos principales fuerzas quebraron la inercia de una confrontación cerrada en sus tercios que era la zona de confort del macrismo. 
Podríamos decir: la política opositora se despertó en 2019. Massa también cedió, y su incorporación al Frente de Todos era una de las gestiones que obsesionaban a Alberto Fernández. Seguirán expectantes para saber si eso alcanza para la recaptura del "votante massista". Que, para ubicarlo rápido, diremos: es un voto de clases medias (y medias bajas) del Gran Buenos Aires. Los cruelmente llamados "aspiracionales", los que representan del modo más despojado un sentido común generalizado de progreso que se instaló durante décadas: progresar es privatizar mi vida. Para simplificar diríamos: pasar de la escuela pública a la privada, del hospital público a la obra social, de la obra social a la prepaga. Se visualiza como ideal de progreso sacarse el Estado de encima. Una tendencia de individuación de la que nadie podría declararse completamente ajeno, ¿qué más argentino que esta remembranza de la movilidad ascendente asumida de un modo personal y contra el viento? Pero insistamos: no se trata del massismo como identidad política, sino de algo así como el "massismo social", hijos del modelo kirchnerista, hecho con lo que el "progresismo" deja afuera (derecho a la seguridad y al confort), sobre los que se descargó este ajuste. Las clases medias y medias bajas metropolitanas a las que también Vidal, como dicen ahora, "interpela". Pero la biografía de Vidal (barrio de Flores y escuela parroquial) ofrece una sociología que sus ideas no contienen. Sociológicamente, la familia de Vidal votaría más a Massa a que a su propia hija. ¿Y entonces?
La unidad de los dirigentes (Alberto, Cristina, Massa, Axel) no refleja automáticamente la unidad de la estructura social dividida. La unidad no es la suma de las partes. Tema del politólogo jesuita, Rodrigo Zarazaga: la división del peronismo fue también consecuencia de una fragmentación social. Por eso la confianza en los efectos mágicos de la unidad debe ser prudente y atenta. Sin embargo la crisis alienta la idea de que esa "fragmentación" se atenúa. Podríamos decir: ¿y si se unen por arriba porque la cosa se empezó a unir por abajo? Las crisis compactan. 
Una duda se extiende estos días: ¿qué pasa con la campaña? Por momentos parece demasiado confiada en "las representaciones". Alberto Fernández, como dice un consultor bajo amable reserva, se toma café con todo el arco político, pero le falta "el cafecito con la sociedad". Las tareas políticas se cumplieron todas. Todas las que se pudieron, pero todas las necesarias. El "debe", obviamente, está en el aprendizaje del duro oficio de "ser candidato". Paciencia oriental, cara de piedra, besar niños y mascotas y selfie con sonrisa dibujada. Un candidato en campaña no le habla nunca a Mercedes Ninci, le habla siempre "a la gente". 
Pero la política se simplificó. El peronismo federal (la Alternativa Federal) que literalmente estalló, se basaba, sin más, en la hipótesis de reconciliación de la economía sojera con el peronismo. Parecía entonces más una alternativa verde, un peronismo de los agronegocios, competidor natural con el voto macrista, que un federalismo profundo y periférico. Por eso el intríngulis de Córdoba y cómo se nacionaliza ese voto cordobés. Visto así, la "fusión" entre esa "alternativa federal" y el macrismo estuvo siempre latente, porque no era "federal", sino pampeana. Los votos del norte o de la Patagonia nunca fueron tan esquivos al kirchnerismo como los de la zona núcleo. El peronismo federal era lo que se rompió en 2008, el massismo lo que se rompió en 2012. Pero lo que se fue en 2008 ya tiene representación nacional: es Cambiemos, es Macri. 
"Argentina: el país en el que a cada minuto cambia todo y diez años después no cambió nada". Eso tuiteó el brillante periodista Fernando Rosso. Las novedades políticas se desplazan sobre una sociedad un poco metida para adentro, más agazapada, ceño fruncido y paciencia. La pelea cuerpo a cuerpo con la inflación es agotadora. En una organización familiar, ¿cuánto dura el mapa barrial de precios? La gaseosa está más barata en "el Chino" pero los yogures en el Día y el agua en el Carreffour y así hasta el infinito. Al final "la gente" cae rendida. El realismo macrista lo logró: desmotivó a la sociedad. Un amigo que atravesó una huelga laboral usó esta frase: "Ya no necesito un aumento, necesito un golpe de suerte".
Pero preguntémonos quiénes construyeron poder en los años macristas. La respuesta está "abajo". Los pañuelos verdes construyeron poder. Los pañuelos celestes construyeron poder. Los evangelistas. Los feminismos. La CTEP. Los curas villeros. Regla de oro del ajuste: cuando retrocede el Estado avanza la sociedad. En desorden, en contradicción, sacándose chispas. Es una sociedad cuyos temas se escuchan en modo aleatorio: leyes suecas en una Argentina devaluada. Ninguno de los dos partidos mayoritarios puede ajustar su discurso a un solo pañuelo. Como Macri: obligado al equilibrio de ponerse medias verdes una mañana y recibir a Amalia Granata una tarde. Construyeron poder las minorías que desde afuera de la política hicieron política. 
Las decisiones de las fórmulas presidenciales en las principales fuerzas se deben analizar por separado pero se puede hacer una lectura común: "apertura". En el caso kirchnerista: ir de la izquierda al centro a buscar los votos. Y en el macrismo: abrirse a la clase política ("más círculo rojo, no menos") y a la vez darle más verosimilitud a su punitivismo. Tan así que un mes después el cierre de listas legislativas dio cuenta de una compensación sobre esa "apertura" en las dos mismas fuerzas (dando más espacio a los "puros").  Del lado peronista hay agenda (la de la sociedad "golpeada) pero cuesta encontrar ejes de comunicación "inclusivos" más allá de la invocación al todos/as/es. El macrismo tiene aceitados ejes de comunicación pero no tiene agenda. Por ahora, con la palabra "presente" liquidada, el lejano acuerdo del Mercosur con la Unión Europea le permite el usufructo de la palabra "futuro" en medio de una paz cambiaria que parece una siesta en el nervio del volcán. ¿Quién gana? Gana el que convence el voto del que dice: "gane quien gane al otro día me levanto y tengo que ir a trabajar igual". Gana el que conquista a esos que no le importan a nadie: los argentinos y argentinas no constituidos en colectivos de minorías potentes y/o discriminadas. Porque la Argentina no es un rompecabezas de minorías. Tanta intensidad ideológica y su resultado paradójico: definen los indiferentes. No indiferentes a lo que les pasa (¿quién podría estarlo?), sino a las "soluciones" que les ofrecen. Ganan si convencen al que dice "yo no le debo nada a nadie". Gana quien primero se anime a usar en un spot el auténtico "futuro" para la Argentina: "volver a la clase media", ese hecho maldito del país peronista.

Por Martín Rodríguez
La Política Online

El Territorio no tiene responsabilidad alguna sobre comentarios de terceros, los mismos son de exclusiva responsabilidad del que los emite.

El Territorio se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina