La política en tiempos de selfies

Jueves 19 de septiembre de 2019
A lo largo de la historia, la comunidad científica nos ofrece múltiples teorías sobre las cuales observar la realidad política, algunas de ellas continúan manteniéndose vigentes en la actualidad, como es el caso de la denominada ”teoría de la democracia competitiva”, de Joseph Schumpeter. Este gran economista y politólogo de principios del siglo XX concebía el comportamiento de los partidos o agrupaciones políticas en forma análoga a lo de un empresario que busca posicionar su producto en el mercado, mediante una serie de estrategias, compitiendo por sus clientes y llevando adelante una lucha feroz por el poder, con la relevancia del liderazgo político y una política basada en el marketing. Entonces y continuando con la lógica del pensamiento, la conducción del gobierno le pertenece a quien logre dominar ese mercado. 
Podría decirse que la exclusividad de las campañas electorales en la actualidad le pertenece al mundo digital, un universo en constante expansión que ha ido desplazando en tiempo récord a los mecanismos de comunicación e interacción tradicionales. Basándose en ellas como fuente de consumo de información, surgen nuevas formas de participación política y socialización. Es así como las grandes corporaciones que compiten por el acceso al poder construyen, idean y pergeñan su plan de seducción al cliente (electorado).
Actualmente las redes sociales se han convertido en algo más que un simple medio de comunicación. Han evolucionado de manera tal, que se convirtieron en una poderosa fuente para la extracción de datos a la hora de construir el “producto” (candidato), agregando mayor sofisticación a la estrategia y planificación de cada uno de los actores políticos inmersos dentro de la contienda electoral.
De esta manera, la opinión pública, que antiguamente se encontraba también presente en el marco de instituciones fuertes (clubes de barrio, sindicatos, partidos políticos, asociaciones), se apoderó de este espacio de interacción, dando paso a la formación de nuevas redes y conexiones sociales.  
Una de las reglas básicas del marketing establece que para obtener cierto número de clientes es necesario apelar a la estrategia de la imagen. Es así que, si consideramos la psicología del sujeto, sabremos apreciar que el mismo es un animal de hábito, ya que cuanto más observa y repite un acto, más se apropia de el. La política y el arte de gobernar no son una excepción a la regla, ya que con la afluencia, la masividad, y la accesibilidad que tienen las redes sociales durante estos tiempos, no es difícil imaginar que es allí donde se coloca el mayor foco de atención a la hora de posicionar a un candidato.
La hipervisualización de una imagen logra persuadir hasta el más incrédulo de los individuos, como lo proponía el gran economista Schumpeter. Los grandes grupos elitistas que concentran y aspiran al poder acuden a una técnica antigua pero eficiente: la de la sugestión psicológica, es decir, el bombardeo de ilustraciones, propagandas, eslóganes y melodías características de las asociaciones partidarias para captar el voto del elector al que conciben como un cliente. Es por ello que, en el análisis y la observación del comportamiento social como nuevo estudio de mercado, es posible segmentar y clasificar al público destinatario, con el objeto de definir esa estrategia electoral y orientarlas hacia un fin en concreto. La mediatización del fenómeno político hace que los gurúes de la política (“new age”) sean conscientes de que el contexto comunicacional que apoya su “producto” (candidato), tiene el poder de posicionarlo o desecharlo. 
El surgimiento y desarrollo de estas interfaces digitales confrontan nuevas y viejas formas de hacer política, y en ella convergen la necesidad de atender la cosa pública con nuevas formas de organización, reproducción y participación de nuevos actores. Los cuales demandan asistencia y respuesta frente a la inmensidad de necesidades a satisfacer dentro de un contexto altamente globalizado y que camina a pasos agigantados, donde el Estado se enfrenta a nuevos desafíos que lo obliga a repensar la base de su representación y la capacidad de generar políticas públicas capaces de resolver problemas estructurales.
El nacimiento de una nueva generación de individuos que se incorpora al terreno político, con posibilidades de participación y con actitud critica de la realidad, es una arista más a tener en cuenta a la hora de pensar en la estrategia electoral. 
Con un público masivamente conectado, activo y observador del juego político, con nuevas reglas de participación e interacción, la gran tarea de la elite política será la de reinventarse y reprogramarse para obtener y conservar su cuota de poder frente a la ciudadanía, que demanda cada vez más la existencia de un plan de gobierno que reflejen el contenido real de las demandas sociales. Dicho de otro modo, la histórica dirigencia partidaria ¿será capaz de aggiornarse a este nuevo contexto y sentar las bases para una plataforma política mas real y ajustada, dirigida a satisfacer aquellos interrogantes de los tiempos que corren?

Por Daniela  Irupé  Rodríguez
Profesora en Ciencias Políticas

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