La negritud argentina en clave barroca

Domingo 10 de noviembre de 2019
Una noche de enero de 1729, mientras la peste disemina la muerte en Buenos Aires, el herbolario Gabriel Martos Galloso escucha llorar a un bebé. Así comienza Negro el dolor del mundo, la novela que tiene como protagonista a Félix, el niño negro criado con la educación que los españoles blancos acomodados daban a sus hijos, el “milagrito” que colmó el deseo de maternidad frustrado de la esposa del herbolario y creció como un pequeño fenómeno de talento y erudición.
Admirado en las tertulias de su protectora, virtuoso en la ejecución del clave y en la lectura, el encanto del pequeño liberto se desvanecerá en el aire cuando un personaje oscuro, Don Jerónimo de Esparza, se cruce en su camino. “Dios amasó barro e hizo al hombre blanco. Para el negro, echó mano de estiércol”, es la frase que suelta Esparza en plena reunión social, esgrimiendo los prejuicios de la época y anticipando el funesto futuro de Félix. 
Apenas mueran sus protectores, pasará de la libertad a la esclavitud, del roce con la alta sociedad al maltrato, la prisión y el mandato de ejercer el oficio de verdugo. Y la eterna espera de que la burocracia judicial admita que es un hombre libre pese al color de su piel.
En la ceremonia de entrega del 22° Premio Clarín, Marcelo Caruso, ganador con Negro el dolor del mundo, contó que el germen de su obra había sido una nota muy breve publicada en el mismo diario que ahora lo premiaba, un breve y tremendo relato de un negro comprado por el Cabildo para ser verdugo, que después fue condenado a muerte. “Esa historia me fascinó. Me contacté con una historiadora del siglo XVIII y arrasé su biblioteca. También el tema de la negritud en Buenos Aires me interesó muchísimo”, cuenta.
Escritor varias veces premiado por su novela Brüll y por sus cuentos, se reconoce discípulo de Abelardo Castillo y deudor del barroco latinoamericano, la literatura que lo formó como lector desde la escuela secundaria, cuando una profesora atenta le acercó los libros que lo marcaron: Pedro Páramo, La vorágine, Canaima, El siglo de las luces, El reino de este mundo. 
“Yo creo que esta novela tiene el sabor de esa novela latinoamericana. No me puedo olvidar de cuando leí Los pasos perdidos, de Carpentier. Son libros que a mí me transformaron. Además de la literatura, tengo una pasión que es la música y muchas de las cosas que escribo las concibo en términos de ritmos, contrastes, melodías, disonancias. A lo mejor una novela como esta se diferencia de algunos textos actuales porque no es heredera de la literatura norteamericana tan seca y efectista, sino del barroco latinoamericano, de Carpentier, de Roa Bastos. Cuando los leía pensaba: quiero escribir algo así”.
Como en alguna de esas novelas inspiradoras que cita, Caruso se remontó a un pasado lejano para contar la historia de un personaje menor, esos seres en los que la gran historia casi nunca se detiene. Y eligió el período colonial, un punto entre esos dos siglos y medio que transcurren entre la fundación de Buenos Aires y los sucesos de Mayo. 
Dice que retroceder hacia a ese pasado le permite trabajar como en un laboratorio para aludir a los conflictos del presente. “El personaje está en la peor de las condiciones para el peor de los trabajos con el peor de los finales. Lo ponen en la situación de matar o morir. ¡Debe haber pasado tantas veces! Pero decirlo poniendo Falcon verdes, no me parecía. Sentí que en esa historia estaba el nudo de una tragedia profundamente humana y que me permitía desarrollarla con una crudeza que una época más moderna no me habría permitido”.

¿Preferiste escribir sobre un liberto, un niñito negro criado y educado como un español blanco, para acercarlo más a nuestra experiencia?
Sí, y para mostrar la barbarie de la discriminación. Ese es un negro que es diez veces más humano, más instruido que la mayoría de los españoles que lo rodeaban. Y me pasó una cosa hermosa. Cuando pensé la novela, imaginé un pequeño Moisés abandonado en la puerta de una pareja anciana. Le conté esto a Sylvia Iparraguirre, y ella me trajo de Cuba la única autobiografía de un esclavo que existe, la de Juan Francisco Manzano, un hombre que de analfabeto pasó a poeta, de un talento enorme. ¿Qué encuentro allí? Que los padres de Juan Francisco eran esclavos de unos nobles -la vieja beata de Cárdenas- que agarra al chico como un juguete, como el niñito de su vejez, porque ya le habían crecido los hijos, y lo tenían vestido como un petimetre. Hasta que se muere la vieja. Entonces los hijos, ¿qué hacen?, lo mandan al negro a trabajar a una plantación de caña.

Actualmente, existe una corriente que denuncia la invisibilización de las raíces afroargentinas, ¿cómo pesó esto en tu novela?
Ojalá que esta novela guste y sea un aporte para que se piense el fenómeno. Tenemos la enorme desventaja de creer, como dijo Octavio Paz, con una frase que era ingeniosa pero bastante falsa, que los argentinos descendemos de los barcos. Pero hay millones de argentinos que no bajaron de uno y algunos que bajaron de los barcos negreros.

¿Qué tiene que ver esta con tu vida?
A todos alguna vez nos tratan como negros. Todos alguna vez somos esclavos y algunas veces también, verdugos. Deliberadamente o no. No necesariamente tenés que tener un potro de tortura. Pero, me costó. Por momentos, veía muy ajeno el personaje. 

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