La idea, sus luces y sombras

Domingo 15 de septiembre de 2019
Por Silvia Godoy

Por Silvia Godoy sociedad@elterritorio.com.ar

En el transcurrir incesante de la eternidad existen ventanas,  esos fragmentos que dan la sensación de que se puede asir un acontecimiento o su proceso, son del pueblo la memoria colectiva o lo que la historiografía llama el tiempo histórico, un corte para estudiar y registrar hechos -que de otra manera serían inadvertidos para la ciencia-.
Así, al momento de acercarse a la producción de arte en estas tierras bañadas de agua y selva, hay mucho de tradición oral y de minucioso trabajo investigativo académico.
Por estos dos andariveles, de una a otra ventana, se construye este relato incompleto que pretende rescatar algunos hitos en el hacer artístico, como también a sus protagonistas -hombres y mujeres- y sus pensamientos. 
Para esbozar una historia del arte en esta región, señala el historiador Esteban Snihur a El Territorio, hay que situarse al menos en el período de la experiencia guaraní-jesuítica, ya que se conservan piezas elaboradas por los indígenas reducidos. Son en su mayoría tallas en madera, imágenes religiosas que no llevan firma. 
Precisó Snihur: “El arte de las misiones jesuíticas no lleva firma, hay muchas tallas, no quedan pinturas pero sí las hubo en gran cantidad en las iglesias y en otras dependencias, aparecen en los inventarios de 1768 -luego de la expulsión de los jesuitas-, sí se conserva una pequeña pintura que para el investigador Darko Sustersic se trata de la primera obra pictórica de la región y de todo el Río de la Plata y fue hecha por un guaraní que firmó como Habiyú, es la imagen de una virgen y se encuentra en el Museo de Luján”.
Precisó que esta pintura fue realizada en los primeros años del siglo XVII en la reducción de Itapúa, actual Posadas.
“Este rico pasado que nutre los territorios que hoy son Misiones, también se ve en el arte, porque los jesuitas traían un arte barroco que era el paradigma de la época en Europa, pero al llegar acá y trabajar con los indígenas, los nativos imprimieron su manera de hacer arte, sus creencias, su mundo, dice Sustersic que en este sentido, los guaraníes ganaron, el arte guaraní primó por sobre el barroco europeo en las tierras de América”. 
Después, es conocido el vendaval de destrucción que sobrevino al éxodo de los padres jesuitas y la persecución de los indios. 
El fuego enemigo y la voracidad de la guerra no pudo reducir la necesidad de comunicar inherente a la humanidad y que encuentra una boca en el arte.
Ya en el siglo XX, los nuevos representantes de la pintura procuraban reunirse, “hacer algo importante, generar un movimiento que hiciera ruido y que fuera un síntoma del momento social”, contó Hugo Viera, pintor, xilógrafo, dibujante, escultor, orfebre, docente. 
En su taller de Ayacucho 1452, este correntino de 74 años, radicado en Posadas desde 1971, relató parte de la historia de la producción pictórica en la ciudad capital.
Fue desde su arribo, maestro y profesor de dibujo y pintura de primaria y secundaria en la Normal Mixta y también gestor cultural. Junto a sus pares abrió ‘La casa del artista’, que se localizaba en avenida Corrientes, en la planta baja del demolido comedor universitario. “De eso nadie se acuerda, funcionó más o menos desde 1973 y debimos cerrar cuando llegó la dictadura, estábamos marcados, era un espacio donde los pintores y los artistas de todas las expresiones nos juntábamos para charlar y para impulsar proyectos de arte”.
Luego, vino el taller de Cerro Pelón junto a Colorín Otaño. Y de allí se mudó a la Bajada Vieja, desde donde retrató a los personajes del puerto.  
“Me quedan entrañables amigos de esos años como Héctor Martinoli, Ramón Ayala y otros que no están como Otaño, Pedrozo, era un momento en que los artistas queríamos encontrarnos, luego la cosa se fue haciendo más individual y cada artista se quedó en su taller, es cosa de los tiempos”, marcó. 
Crítico con el arte actual, entendió que “hoy, el artista moderno no es que quiere comunicar mucho con su arte, y a mí eso me parece un problema, porque el artista debe sentirse movilizado y sensibilizado por los acontecimientos de su época y dejar un registro”.  
Autor de importantes esculturas emplazadas en toda la provincia y de cuadros que integran el patrimonio provincial, sin embargo, Viera se siente de otro pozo; “yo hoy no tengo mucho espacio en el circuito del arte en la provincia y tampoco tengo una definición del arte”.
Continuó: “Todo está cambiado, es lo mismo alguien que estudió y tiene la técnica y compone y piensa que alguien que calca y va a un taller a hacer sociales y manualidades”.
Un viso de solución sería, analizó, “recuperar el arte en las currículas de las escuelas”.
Por su parte, Bernardo Neumann reflexionó sobre la tarea del artista en un medio donde las posibilidades de vivir de la venta de obras es prácticamente imposible: “La verdad es que acá no es posible vivir del arte, hay pintores que constituyen una excepción y que tienen una proyección internacional, pero en general para los artistas misioneros es complejo”. 
Y convino que él pinta porque es parte de su esencia, “el artista quiere comunicar, yo lo hago desde el arte figurativo, también desde lo surrealista y abstracto, pero entiendo que no está mucho en nuestra cultura querer pensar  frente a una obra de arte, creo que hay que rescatar la educación en el arte”.
En este punto, retomó “hay una gran falencia de la educación en el arte, no se le da la importancia que debiera, y el arte es tan importante como otras materias y tiene un plus, enseña valores”. 

Vida cotidiana en la aldea
Susana Rendón, artista plástica obereña radicada en Apóstoles, hace casi tres décadas, se ha especializado en el retrato y las pinturas de la vida cotidiana en las comunidades mbya, además de la fauna misionera.
Entendió que “hace 30 años cuando volví de terminar la universidad en Rosario, había paisajistas pero nadie pintaba a los guaraníes y me pareció que era importante visibilizarlos y que el arte era una herramienta valedera, para mostrar, para educar”.
Para lograr la intimidad que se observa en sus óleos, Rendón  convivió con las familias mbya y de esta manera pudo acceder a su modo de vida. “Los juegos de los niños, las charlas de los adultos, las fiestas, es toda una costumbre muy rica que debe conocerse; si mis cuadros ayudan a ello, eso me hace muy feliz”.
Cada artista, con su universo interior, sus creencias y discordancias, coincidió en que el arte tiene que estar ligado a su tierra -de alguna manera-. “Pintar desde la raíz es a la vez pintar el mundo entero”, ponderó Neumann. Y por ser hijos de este suelo generoso en formas y colores es cada pieza de arte ojo y espejo que mira, refleja y multiplica. 

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