La correspondencia

Domingo 14 de junio de 2020 | 02:30hs.

Por Marcelo Rodríguez Escritor

Ella llegó en un taxi a su casa pasadas las 19:30 horas. Todavía conservaba todo el glamour y la elegancia que distingue a las mujeres del Barrio El Palomar de Posadas. Para ser sincero nadie imaginaba que tan atractiva señora abrazaba ya su cumpleaños número 40. Regresaba del trabajo con una migraña intensa y ansiosa por tomarse un miorrelajante. Al ingresar observó el garaje. El auto ya estaba estacionado. Su marido le había avisado que se iría a trotar unos 50 minutos por las calles lindantes y que más tarde participaría de una fiesta. Ella decidió no acompañarlo pues en el próximo amanecer defendería su tesis del Doctorado en Ciencias Humanas y Sociales. Estaba muy nerviosa. Era un logro académico sin precedentes en su familia y un acontecimiento relevante para su desarrollo profesional como trabajadora social. Debía estar descansada y tranquila para contrarrestar su carácter impulsivo y temperamental, perfil que no la ayudaría en esta oportunidad.
Después de una tibia ducha comenzó a seleccionar el vestuario que luciría en su examen final. Lo tenía casi todo, sólo restaba hallar el labial ultra matte preferido. Se sentó un segundo, y como revisando los archivos del tiempo en su memoria, hizo una retrospectiva del día… Y allí lo recordó: mientras su esposo la acercaba temprano al trabajo en el auto familiar, ella maquilló sus labios y no devolvió el cosmético a su cartera. Presurosa fue al garaje, abrió la guantera del vehículo y sintió un gran alivio al encontrarlo. Pero para su sorpresa también halló una corbata azul, una caja de chocolates en rama y un sobre blanco con un corazón pintado de rojo en cuyo centro se podía leer “para Dani”. En un primer momento dudó en hacerlo. Su marido, Daniel Beresoski, era un reconocido ingeniero en construcciones, un esposo cordial y una persona muy solidaria. Pero a pesar de esas virtudes la curiosidad le ganó la pulseada a la confianza y ella tomó el sobre. La solapa ya estaba abierta, en su interior extrajo dos hojas manuscritas, que en absoluto eran la descripción de un proyecto de obra, sino la confesión de una adolescente completamente enamorada. El preámbulo de la primera hoja aceleró estrepitosamente sus latidos: “amor de mi vida, caricia de mi alma, dueño y amo de mis días”. Estaba adusta en la lectura, incrédula, fastidiosa, confundida y visiblemente conmovida. Cada romántico párrafo eran estocadas certeras que atravesaban su alma, que desgarraban su esencia, que derrumbaban su mundo perfecto e implosionaban su corazón.
La legible y redonda letra describía, al detalle, las felices, nuevas y placenteras experiencias que había sentido cuando Daniel, en la casa de una amiga “la había hecho al fin mujer”.

—¡Me está engañando con una jovenzuela! ¡No te puedo creer! —murmuró en soledad y estupefacta.
Abatida, se quebró en llantos cargados de aflicción y angustia. En breves segundos de lectura se habían consumido, por el fuego de la traición, su connubio consagrado en el altar, quince años de matrimonio y el voto preciado de la fidelidad. Fue en ese momento que su razón perdió el norte, que el amor de un corazón cándido conoció su antípoda, que el rencor cinceló en su rostro la perfecta expresión del dolor y, como el más candente magma de un volcán, emergió desde sus avernos el impío deseo de la venganza.
Ni siquiera se tomó el tiempo de leer la segunda hoja, no quería seguir lesionando su dignidad de mujer. Poseída por la ira en su auténtica definición gramatical, caminó hasta el dormitorio y, entre sollozos, buscó en su mesa de luz una pistola Bersa calibre 380. Se había instruido poco en su manejo, pero acompañaba siempre a su marido en las prácticas de tiro en el polígono de la Policía de Misiones. Él no merecía su límpido y sincero amor, había cometido un perjurio cruel, la había despojado de su felicidad con un engaño y esculpido para siempre un epitafio de tormento y desconsuelo.
Con arma y carta en mano fue hasta el jardín a esperar al ladino estafador, al injurioso bastardo, al Judas de su amor. Entre las rosas, entre las espinas hirientes que sólo pueden dañar la carne, entre los pétalos de sus margaritas marchitas, en ese páramo anegado de pena y soledad, allí la esperaba ella. Su corazón humillado destilaba una luna roja de sangre y locura.
Cuando su marido al fin llegó, y como crónica de una inevitable tragedia, la frustrada mujer lo encaró de frente y sencillamente concretó tres acciones: con su mano izquierda exhibió la carta, lo insultó a gritos y con la mano derecha, intencionalmente o accidentalmente, jaló el gatillo. El potente disparo cruzó sin documentos el puente internacional y se escuchó hasta en Encarnación, Paraguay. El proyectil le perforó el cráneo a la altura del ojo derecho, provocándole la muerte en forma instantánea. Al ver a su marido tendido en el piso sobre un charco de sangre que hacía metástasis, apuntó el cañón del arma en su cabeza y, sin vacilaciones, se quitó vida de un disparo.
Los vecinos llamaron a la Comisaría Tercera y en pocos minutos los uniformados estaban actuando en el lugar. Todo era un verdadero caos. Tres personas atestiguaron el horrendo suceso que los investigadores lo caratularon como “homicidio seguido de suicidio”, pero las causales para nada estaban claras. En pleno peritaje y, en medio del tumulto de curiosos, un hombre se presentó ante la policía como Ricardo Beck y dijo ser amigo del profesional asesinado. Conmovido por lo sucedido, contó que hace sólo tres horas atrás había mantenido una última conversación telefónica. Que había llegado en taxi porque irían en el auto de Daniel a la fiesta del 20º Aniversario de la Promoción 2000 del Colegio San Roque González, donde cada uno de los integrantes compartiría recuerdos de esa hermosa etapa de sus vidas. Su difunto amigo le había anticipado, en esa comunicación, que llevaría tres elementos que aún conservaba para rememorar esos venturosos años de juventud, sueños y rebeldía: la corbata azul del uniforme, una caja de chocolate en rama con fecha de consumo vencida que trajera del viaje de estudios a Bariloche y la única carta de amor que le escribiera su novia en quinto año antes de su fatal accidente de tránsito.
Según las actas de los investigadores las evidencias halladas en el lugar del crimen eran muy pocas para llegar a alguna conclusión: un arma calibre 380 con 8 balas en su cargador, dos vainas servidas del mismo calibre y una carta manuscrita en dos hojas, firmada y fechada en la última hoja por una tal Constanza Sánchez un 21 de septiembre del año 2000.

Este relato forma parte de “Cuentos con Esencia Misionera” libro de inminente publicación en la Editorial de las Misiones.

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