Kentukis. Tecnología con corazón humano

Lunes 14 de enero de 2019
Por Federico García

Es sabido que el desarrollo tecnológico estrepitoso de las últimas décadas ha cambiado de forma transversal los modos en que asimilamos la otredad: todo aquel que no soy yo pero también el otro-yo que soy ante y para los demás.
De eso se trata Kentukis, la última novela de la escritora argentina Samanta Schweblin. Publicada por Random House, fue seleccionada por el diario The New York Times en su versión en español como uno de los diez mejores títulos de ficción de 2018.
El nuevo tipo de mascota que da título al texto es definido por la autora como “una mezcla entre una app y un dispositivo que permite el acceso remoto de un ciudadano a la vida privada de otro”, contó en una entrevista reciente con Infobae.
Si bien es llamativo el recurso de poner el foco en estos dispositivos con apariencia de peluche, son en realidad un medio para retratar las experiencias humanas moderadas por la tecnología o bien una excusa para analizar la necesidad de observar y ser observado y, a la vez, de sentirse acompañados que tienen las personas.
El hilo argumental, entonces, gira en torno a estos ‘peluches’ que presentan diferentes formas de animales como conejos, cuervos, dinosaurios, entre otros, empáticas figuras detrás -o dentro- de las cuales habita otro ser humano que vive otra realidad y que quizás ni siquiera habla el mismo idioma.
De esta forma, la autora apela siquiera un poco a la iconografía de los 90, cuando fueron furor juguetes como el Tamagotchi y el Furby. El primero se trataba de una mascota virtual a la que se debía alimentar, cuidar y entretener para lograr que llegara a una edad adulta, mientras que el segundo era una especie de robot autónomo andante que respondía a ciertos estímulos y hasta simulaba adquirir una personalidad propia.
Sin embargo, Schweblin transgrede en cuanto a que la función de los kentukis no es meramente de entretenimiento, pues es manejado de forma remota por otra persona. Además, en la vida de los kentukis hay oportunidad para una sola conexión, es decir, no existe botón de reset ni mucho menos cambiar las pilas. El kentuki que no pueda cargarse y pierda toda su batería indefectiblemente morirá, además de poder ser destruido por un tercero y hasta cometer “suicidio”.
“El peluche genera un poco esta relación entre amo y mascota que tienen los kentukis. Es decir, creo que entre la tecnología y las mascotas hay algunas cosas en común. Son dos bichos neutrales, no son ni buenos ni malos, son lo que son, el problema es cómo nos reflejamos en ellos. El uso que hacemos de ellos”, explicó la autora, quien reside hace tiempo en Berlín.
Así, la configuración de la identidad, las formas de la soledad, el amor y la compasión en la sociedad moderna se replantean a partir de la aparición de la posibilidad de vivir, por ejemplo, en un remoto y olvidado pueblo de Perú y, al mismo tiempo, observar el día a día de una universitaria en la gran Alemania.
“Toda esa monstruosidad que ponemos en lo tecnológico tiene más que ver con quién está del otro lado de esa tecnología, digamos, con la parte humana de toda esa tecnología. Y justamente es un libro que si bien habla de nuestras relaciones con lo tecnológico no es un libro sobre tecnologías, de hecho no hay tecnología en el texto, es un libro sobre las conexiones humanas. Sobre las relaciones de personas con personas", expresó Schweblin.
En este sentido, se generan en el mercado dos clases de consumidores: quienes son ‘amos’; y aquellos que prefieren ‘ser’ kentukis. Es decir que la diferencia está en si se gusta más de mirar o ser mirado. Estos dispositivos además poseen solamente el sentido de la vista, a través de una cámara, y el del oído, pero no pueden hablar ni sentir al tocar u oler algo.
El único sonido que pueden emitir es un chirrido que puede expresar desde alegría hasta rechazo, por lo que las interpretaciones por parte de los amos toman varias direcciones. Ese esquema de estímulo-respuesta refleja un estado primitivo de la comunicación por medio del cual los habitantes del mundo kentuki se resocializan poniendo en juego las habilidades aprehendidas mediante la educación tradicional.
De esa forma, se entraman todo tipo de situaciones comunicacionales entre amos y kentukis que a la par determinan el tipo de relación que estos establecen, pues el anonimato está a la orden del día y, por ende, el voyeurismo se eleva a un extremo particular.
Los kentukis son, en realidad, una excusa para retratar la experiencia humana a través de la tecnología, la soledad y la necesidad de pertenecer o caerse del mapa. “Este mundo está conformado por muchísimas culturas, con distintas idiosincrasias. Somos iguales y somos muy distintos al mismo tiempo. Pero si hay algo que une a todas esas culturas y a todos esos mundos es el momento y la manera en la que nos relacionamos con la tecnología. La tecnología empezó al mismo tiempo para todos, con las mismas reglas, con los mismos emoticones, con los mismos modos, con los mismos límites y faltas de límites. Es lo único en lo que todas las culturas tienen un mismo lenguaje”, se posicionó Schweblin.
Respondiendo a ese plan que tiene a lo diverso como premisa, el libro se organiza en postales de la vida tanto de amos como de quienes eligen “ser”. Sin embargo, las historias no se relacionan unas con otras aunque obviamente tienen una relación intrínseca, basada en los kentukis, en la que es de notar que los diferentes protagonistas arribarán, pese a sus enormes diferencias socioeconómicas, a una misma conclusión.

Perfil

Samanta Schweblin
Nació en 1978 en Buenos Aires, donde estudió cine y televisión. Sus libros de cuentos ‘El núcleo del disturbio’, ‘Pájaros en la boca’ y ‘Siete casas vacías’ obtuvieron, entre otros, los premios internacionales Casa de las Américas, Juan Rulfo y Narrativa Breve Rivera del Duero.
Es autora de la celebrada novela ‘Distancia de rescate’ (2014) y en 2017 editó la novela corta ‘La respiración cavernaria’. ‘Kentukis’ (2018) completa la tríada.
La escritora fue traducida a más de 25 lenguas y becada por distintas instituciones, ha vivido brevemente en México, Italia, China y Alemania y desde 2012 reside en Berlín, donde escribe y
dicta talleres literarios.

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