Instrucciones para tragarse un sapo

Domingo 12 de abril de 2020 | 06:30hs.

Por Roberto Abinzano Escritor

A lo largo de su vida, hombres y mujeres deben, inexorablemente, tragar algunos sapos cada tanto. Hay quienes deben hacerlo muy seguido y otros solo de vez en cuando. Pero no hay quien se salve. Muchos tragan tantos sapos que ponen en riesgo su vida y, otros, los seres más anodinos, que nunca arriesgan nada, degluten, de tarde en tarde, pequeños sapos casi invisibles.
Porque el tamaño de los sapos depende de las razones que nos obligan a su deglución. Hay sapos pequeños de un color verde claro que parecen vegetales y otros, también, casi insignificantes, marrón-verdosos, y existen sapos gigantescos como el sapo buey y el sapo cururú del Iberá, que son del tamaño de perros muy chicos.
Tarde o temprano todos deben enfrentarse a la dolorosa experiencia de introducir un sapo en sus fauces y, sin masticarlo, (esto es obligatorio), hacerlo pasar por la faringe y el esófago hasta que una vez superada la válvula estomacal el batracio se pierde en un mar de jugos y comienza allí, no solo su descomposición y su asimilación, sino la posibilidad de evacuar los restos que queden de él.
Esta evacuación es el comienzo del olvido, la restitución de la paz y la salud mental (hasta el próximo sapo).
Los sapos más grandes (podríamos hacer una tipología), son los que deben tragarse luego de pérdidas irreparables, grandes frustraciones políticas, amores contrariados, traiciones de amigos, etcétera. Pero hay también sapos ínfimos de ingestión cotidiana: las colas, el tráfico, la estupidez, los precios, y una infinidad de plagas de variada estirpe.
El mérito más valorado entre quienes tragan sapos es la dignidad. Cuando llega el momento está muy mal visto quejarse, arrepentirse de algo, golpearse el pecho y mucho menos lagrimear. No, el coraje es fundamental.
Es legítimo, en cambio, acudir a un psicoanalista. Los especialistas están preparados para convencernos de que tragar el sapo es la única solución posible ante lo irreparable. El analista no convence a nadie sobre las virtudes alimenticias del sapo, ni de su buen gusto, ni de porque hay que comerlo crudo, sin aderezos y a veces vivo (eso es obligatorio también). No, el analista solo nos abre un canal de reflexión para entender por qué tenemos que merendar un sapo gigante de México o un sapito de Plaza Francia y, como yapa, que podemos hacer para prevenir futuras mega-ingestiones.
A veces uno vota a un presidente y cuando se entera de cómo va a estar integrado el gabinete ya tiene que empezar a abrir la boca. Otras veces nos ocurre que amábamos a alguien que estaba pensando en otro/otra y así, podrían citarse innumerables ejemplos.
Los grandes especialistas aconsejan no demorarse en la deglución de los sapos. Es cierto que ante la vista del animal hay que tener mucha valentía para iniciar el proceso indicado, pero no es menos cierto que tener en forma permanente la sensación de espera sobre algo inexorable puede destruir psicológicamente al más pintado de los humanos. Por otra parte, la imagen del batracio se cruza obstinadamente ante nuestra vista o aparece en los sueños.
No existe ninguna posibilidad de eludir las reglas estrictas de la deglución. No se puede masticar, ni cocinar, ni condimentar, ni matar (si está vivo), ni acompañar con guarniciones de ningún tipo. Vomitar el sapo cuando está a medio camino representa un retroceso peligroso y, en definitiva, no cambia nada ya que habrá que insistir a riesgo de vivir en permanente zozobra.
A veces, la tragada de sapos es colectiva, lo que no deja de ser una instancia de consuelo (de cretinos, pero consuelo al fin). Los tragadores pueden compartir experiencias y hacer comparaciones. Ayuda, por ejemplo, observar que nuestros sapos son de menor tamaño que los otros. O que la cantidad y la frecuencia nos favorecen.
Pero cuando uno está frente al sapo no hay aplacamiento que valga.
Algunos de los más grandes filósofos contemporáneos dejaron bellas páginas sobre el significado de tragarse sapos. Von Raichuster, profesor de Baden-Baden, solía afirmar: “Trata de abrir la boca bien grande y ya. No pienses en nada ni te arrepientas de las causas que te llevaron a esta encrucijada”.
Como frecuentemente confundimos nuestros deseos y fantasías con la realidad. Cuanta más imaginación posea un individuo y más fabulaciones genere más sapos deberá fagocitar. Hay grandes deglutidores cuya vida parece destinada a no poder cerrar la boca y relajarse por largos períodos.
Creo, en definitiva, que tragar sapos es un síntoma positivo que demuestra haberse atrevido a sueños y riesgos audaces. Sobre todo, cuando la tragada se sitúa después de muchas realizaciones y momentos felices que justifican cualquier consecuencia y que, por ley de las cosas, un día se desmoronan. Del libro: “La vida sin Plan “B”” Editorial Universitaria de Misiones. Abinzano es Profesor Emérito de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales Unam

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