Historia del alma en pena que cuidaba su plata Igüigüi

Domingo 14 de junio de 2020 | 06:30hs.

Por Glaucia Sileoni de Biazzi Escritora

Usté no va a creer, pue, pero en el Paraguay suceden mucha cosa... mucha. No se olvide que nohotro pasamo la guerra, la guerra del Chaco; ahí murieron cantida de gente; quedaron todito en el monte, tirado, nadie ni sabe quiene eran. Y dicen que mucho de ello, antes de irse a pelear, enterraron lo ma que tenían: plata, moneda, alhaja de oro, para venir a retirar depué, cuando la guerra hubiera pasado.
Mi papá cuenta que lo lugare donde está la plata igüigüí son fácil de reconocer. Si e’ nel monte, segura que debajo del yukerití, que e’ el árbol preferido para esconder entierro. En los campo, al ladito mismo de las tranquera. También suele haber plata igüigüí en los naranjale, si no e’ muy grande. Pero ahí ¿cómo acertarle al naranjo donde hicieron el pozo? A meno que uno pase a la noche y vea tre vela encendida; entonce sí: quiere decir que ahí pusieron plata igüigüí.
Mi compadre dice que debajo del ropero de su pieza hay un entierro. Que cuando él compró esa casita de uno guayreño que la heredaron del padre muerto en Boquerón vio en el cuarto tre palito ... así... uno arriba y do ma abajo ... de esta forma. Y que cuando hay tre palito así, abajo hay plata igüigüí. El compadre no tocó el entierro; piensa sacarlo cuando se case su hija la mayora. Pero e’ peligroso desenterrar la plata igüigüí . El alma del que la puso ahí esta siempre cuidando, siempre rondando su envoltorio, o su ollita de barro, que e’ como escondían el tesoro bajo tierra.

Yo sé muy bien que e’ así y le voy a contar. Cuando yo era chico papá compró un campo grande, el que le llamaban Ita Berá por el cerro brilloso que tiene. Toda la noche teníamo que viajar desde Encarnación con el carro para llegar al campo. Ibamo llevando de a poco nuestras cosas. A vece trabajábamo todo el día y volvíamo al amanecer a la Villa. Una vez iba mi hermano, otra vez yo, otra vez mi hermana mayora y mamá, o papá solo. Un día que se fue solo y estaba partiendo leña se le apareció un indio. Era horrible, yo le conocí dehpué; un guayaquí puro, ni nohotro le entendíamo, pue. Tenía que hablar por seña en parte, porque su guaraní era cerrado, otro guaraní. La uña de él era como de bicho, y todo su piel negra, curtida, llena de vena. No usaba ropa; en invierno y verano, aunque lloviera, aunque hubiera viento, solamente un calzoncito usaba. Y habló con papá y le dijo que él quería trabajar en el campo. Y como papá conoce bien al guayaquí, y sabe que e’ fiero y salvaje que mata como un yaguareté si se enoja, le dijo que sí. Nunca supimo donde vivía ante.
¿En las cueva del Itá Berá? Puede ser. Con papá armaron un ranchito.
Y el indio cortaba leña para nohotro, y preparaba la tierra, y traía agua del arroyo que está cerca del cerro Itá Berá. Cuando tomó más confianza con papá le dijo: -”¡ca, ‘ca ... plata igüigüí !” -y señalaba el naranjal viejo, el naranjal abandonado que crecía al lado del monte, más allá del cerro. Papá nos dijo que le propuso desenterrarlo pero él no dio importancia, no hizo caso de él. Tenía miedo que si sacaba el tesoro el guayaquí lo matara. Cuando por fin terminamo de traer nuestra cosa y acomodar la casa nos vinimo a vivir a Itá Berá. Y a papá le empezó a dar la mala idea de sacar la plata igüigüí , de sacarla solo, para él, de embromar al indio. Pero no sabía cómo hacer y todo le teníamo miedo. El ni nunca no hablaba y a mi hermano no le quería. -”¡Vaye! ¡Vaye!” -decía cuando mi hermano estaba en el campo. Nunca supimo si le gustaba mujer. Solo que a mí, cuando yo estaba sembrando en el campo, pasaba y palmeaba por mi espalda o por mi brazo. Y parecía que la mano de él entraba par mi carne. Decía solamente: -”có ... có ...“- cuando palmeaba. Entonce papá no me dejó ma salir a sembrar. Solo la vaca ordeñaba al atardecer, por miedo al guayaquí.
Y una noche papá se decidió a cavar en el naranjal. Y salió cuando se entró la luna, con el carro, y enderezó para el cerro. Cuando amaneció y nos levantamo, un día dehpué, encontramo a papá sentado en la galería, serio ... toda la noche había pasado fumando.
-No pude llegar -nos dijo. Y nos contó que cuando llegó a la tranquera que separaba un campo con el monte y con el campo siguiente se bajó del carro para abrirla. Ya faltaba poco para llegar a Itá Berá y al naranjal. Pero por ma que empujó la tranquera no se abrió. ¬Entonce esperó un rato a que aclarara, sentado en el carro -nos contó él-. Y cuando la luz empezó a pintar empujó de nuevo -dice él que hizo-. Y la tranquera, dura; y entonce sintió una cosa que pegaba por su mano. Dice papá que se le encogió el estómago de la impresión y esperó a que saliera de todo el sol. Y entonce recién la tranquera se abrió y papá vio que no tenía candado. Papá entró en la picada y cuando estaba por llegar al naranjal, una gallina grande, gorda, blanca, salió del monte y se metió por las patas del caballo. Gritaba el bicho y pasaba de un lado para otro por debajo de las pata del caballo hasta que lo espantó y casi rompe el carro en la picada angosta, corriendo como loco.
A la fin, cuenta papá, cuando se paró ya había pasado lejo el naranjal y no se animó a meterse a buscar la plata igüigüí. Se volvió al campo y al pasar por el lugar donde había encontrado la gallina grande -ay, de contarlo todavía ahora se me pone todito mi piel de gallina- vio un fuego enorme que ardía en el monte, justo al lado del camino, cerca de la tranquera. Y en eso lugare no hay nadie, ni un cristiano para encender el fuego.
Entonce mi hermano dijo que eso eran pavada de viejo y que él iba a buscar el entierro, que él no creía en alma en pena. Y a la noche salió con el carro. Y nunca ma le volvimo a ver. Como no se volvía ni a la tarde ni a la noche papá y yo salimo con los caballo a buscarlo. Mamá quedó en casa prendiendo vela para la Virgen; no dejó que se apagaran la vela mientra íbamo y volvíamo. Pero ya era tarde. Y cuando amanecía llegamo al naranjal. Entramo y enseguida vimo allá adentro la naranja caída. Noh apuramo a venir junto al árbol y allí vimo a mi hermano tirado, con la cabeza partida lleno e’ sangre ... Y al lado de él estaba el naranjo arrancado y el aujero; tenía ma de un metro y abajo una cuevita redonda a un costado, como si algo hubiera habido ahí adentro, de bien conservada que estaba la forma de la tierra. Pero no encontramo ninguna plata iguiguí. Solo mi hermano muerto. Y al lado de él y del árbol dos o tre pedazo de teja, sucio de tierra ...
Despué que lo enterramo pensamo en el guayaquí. Mucho le buscó papá. No estaba en su rancho. Se había ido. Todito sus cosa había dejado. Y nunca le encontramo, ni le vimo siquiera de lejo.
Dehpué papá vendió el campo, y nos vinimo de nuevo a Encarnación y él empezó a trabajar de policía. Ma de veinte año fue policía. Y por todo lado de Itapúa buscó al indio y no lo pudo encontrar. Y sus compañero y la gente de la colonia, y de lo campo más allá del cerro Itá Berá, no supieron decirle ni una noticia de él. Porque nunca le habían visto.

Del libro Misiones Mágica y Trágica – (Antología de Capaccio y Escalada Salvo). La autora, del cuento -Licenciada en Lingúística- investigó sobre el habla regional. Publicó varios libros, entre ellos El Dios vencido

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