Haddad, Bolsonaro y la crisis

Viernes 12 de octubre de 2018
Los electores brasileños, motivados en buena medida por el enojo, el resentimiento y la idea de acabar con la clase política dominante, eligieron el domingo a dos candidatos presidenciales en los polos opuestos del espectro ideológico. Jair Bolsonaro, un agitador de extrema derecha y militar retirado partidario de la dictadura de Brasil, y el candidato de izquierda Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), el movimiento que está enredado en escándalos de corrupción, se medirán en una segunda vuelta electoral el 28 de octubre.
El ganador enfrentará retos abrumadores desde el primer día. El principal de los desafíos será liderar a un país con una economía débil. La economía brasileña todavía no logra recuperarse de la recesión que golpeó al país entre 2015 y 2016. El crecimiento se ha restablecido, pero no ha sido suficiente para crear empleos para los más de 13 millones de trabajadores brasileños desempleados. A pesar de la reciente turbulencia en el mercado financiero global, la inflación brasileña sigue contenida, pero los salarios están estancados. Lo más importante es que Brasil tiene déficits elevados y fuera de control, además de una relación entre deuda y PBI insostenible en el mediano plazo. Sin reformas ambiciosas, la deuda podría alcanzar el 100% del PBI en los próximos dos años. Niveles tan elevados de deuda tienden a reducir la inversión y el crecimiento, porque el sector privado comienza a temer que el gobierno no sea capaz de cumplir con sus obligaciones financieras. Por lo mismo, gane quien gane en la segunda vuelta tendrá el mismo problema: una mayor posibilidad de que se desate una crisis fiscal profunda, la misma crisis que el país trató de evitar con la destitución de Dilma Rousseff y su remplazo con el entonces vicepresidente Michel Temer.
Es difícil sobrestimar las dificultades que enfrentará el próximo gobierno para implementar las medidas necesarias para solucionar los problemas fiscales de Brasil. Reducir el gasto público y aumentar los impuestos será difícil en una economía de por sí endeble, más si consideramos que los efectos a corto plazo podrían sacrificar el crecimiento. La reforma de pensiones, aunque urgente, es extremadamente impopular en cualquier circunstancia y todavía más en una situación en la que la población sufre por el alto desempleo y un crecimiento bajo. Pero sin estas medidas, el país se encaminará hacia una crisis fiscal inevitable. A pesar de estos desafíos tan evidentes, ni Bolsonaro ni Haddad han formulado planes económicos claros. En estas elecciones, las grandes inquietudes de los votantes han sido la corrupción y la violencia. Por lo mismo, los candidatos solo han presentado estrategias para resolver la corrupción y restablecer el Estado de derecho, y no planes para solucionar los problemas económicos.
Bolsonaro, abanderado del conservador Partido Social Liberal (PSL), ha respaldado la necesidad de una reforma de las pensiones, pero no ha ahondado en los detalles de su propuesta. En elecciones anteriores, los candidatos siempre habían presentado con minuciosidad sus planes económicos. Sin embargo, Bolsonaro ha delegado completamente esa responsabilidad a su asesor económico, Paulo Guedes, un doctor de la Universidad de Chicago conocido por su preferencia por políticas ultraliberales y promercado, y que nunca ha tenido un cargo público.
Por su parte, aunque Haddad no ha negado la necesidad de una reforma de las pensiones y ha dicho que no será un tema tabú, no ha presentado una alternativa. En su agenda económica no hay ninguna medida que aborde de manera específica el escenario ineludible de que, salvo que se reformen las pensiones, el gobierno se quedará sin recursos para proveer seguridad social y otros beneficios.
Bolsonaro ha prometido reducir la cantidad de miembros de su gabinete, una decisión que podría afectar sus posibilidades de crear coaliciones. En Brasil, las alianzas se construyen al repartir cargos en el gobierno. Si hay menos puestos que ofrecer a los posibles partidos aliados, hay menos incentivos para fomentar uniones.
El PT de Haddad tendrá 56 diputados en el Congreso y enfrentará la hostilidad de los gobernadores que apoyan a Bolsonaro. Esto no es menor: los gobernadores en Brasil tienen mucha influencia parlamentaria, por lo que pueden ayudar a moldear políticas o a obstaculizar agendas de reformas. Haddad también se enfrentaría al profundo sentimiento anti-PT que surgió en la primera ronda electoral. Y es que buena parte de los votos a favor de Bolsonaro provino de electores fuera de las bases del militar retirado que querían evitar que el partido del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva regresara al poder.
Con los resultados de la primera vuelta, la moneda se aceleró y el mercado de valores se recuperó de manera considerable. Los inversionistas parecen estar convencidos de que Bolsonaro gobernará como un ultraliberal que favorecerá a los mercados y creen que implementará una reforma al sistema de pensiones y un plan para atender los problemas fiscales, así como una reducción importante del intervencionismo estatal. Pero la economía política y las implicaciones económicas de un gobierno de Haddad o Bolsonaro son más similares de lo que a los mercados les gustaría admitir. En el pasado, Bolsonaro ha defendido una postura nacionalista que favorece la intervención estatal para impulsar el crecimiento, algo que no difiere mucho de las estrategias que el PT ha seguido en el pasado reciente. Bolsonaro también ha apoyado la idea de que los bancos del Estado den crédito a bajo costo y ha defendido las exenciones tributarias para impulsar la inversión en el sector manufacturero. La creencia de que su perspectiva económica ha cambiado de manera radical parece exagerada. Es probable que Haddad, en cambio, al saber que tendría que gobernar con alianzas, se verá obligado a hacer de lado las ideas más radicales del PT y ser menos intervencionista de lo que le gustaría ser.
Sin importar lo que ocurra el 28 de octubre, los problemas de Brasil no habrán terminado. Los dos candidatos a la presidencia, de quienes dependerá el futuro del país, son, por desgracia, los que tienen menor probabilidad de restablecer el crecimiento y la sostenibilidad fiscal. La economía más grande de América Latina tiene muy poco que festejar.

Por Mónica De Bolle
Para The New York Times

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