Hacia Colombia sobre dos ruedas

Domingo 26 de mayo de 2019 | 10:00hs.
Por Sonia Benítez

Por Sonia Benítez comerciales@elterritorio.com.ar

Cuando se tiene una meta personal, el espíritu no descansa hasta verla cumplida. No importa cómo, no importan los riesgos del camino, sólo se piensa en llegar y, en que probablemente, el viaje hacia la cima va a traer consigo miles de experiencias enriquecedoras.
Cuando Matías Cott tenía 20 años conoció a un amigo que le abriría las puertas del mundo. Se trataba de un motoviajero que despertó la curiosidad en Matías, que pronto sintió ganas de viajar también. 
“Empecé los primeros viajes acá, siempre por la curiosidad de saber que había más allá. Empecé por la provincia y después empecé a hacer viajes más largos y cada vez era ir más lejos. Fui cuatro veces a Brasil,  hice la ruta 40 y con mi amigo fuimos a Machu Pichu, ahí tuve toda una historia porque me habían robado. Él estuvo que venir a Argentina y yo me quedé como 15 o 20 días más y después de eso mi amigo no viajó más, pero  yo seguí”, indicó Matías, que este año recorrió más de 7.000 kilómetros hasta llegar a Santa Marta, en Magdalena, Colombia.
Fue el primer viaje que realizó completamente solo. El desafío fue triple: llegar a Colombia en una cantidad de tiempo determinada, viajar solo y cumplir una promesa hecha a un amigo.“Este viaje lo hice solo. Lo planeé en un mes. Era un sueño que yo tenía desde hace mucho, pero no sabía cuándo lo iba a concretar y justo este año se dio todo. Yo quería conocer Colombia porque tenía un amigo que había venido acá a Argentina, que había hecho un viaje a Sudamérica y, cuando él se fue, yo le había prometido que iba a llegar hasta Colombia. El falleció hace tres años y medio. Nos hicimos muy amigos cuando estuvo acá y esa fue una de las promesas que yo le había hecho”. 
Con el objetivo puesto fijo en la mente, comenzaron los preparativos para este desafío. Había que llegar a Colombia y regresar a Posadas en un lapso de alrededor de 45 días y el recorrido se realizaría enteramente en moto. 
“Cuando armé todo el itinerario de por dónde iba a ir, lo único que yo sabía era que quería llegar a Colombia. Yo no sabía por qué ruta iba a ir, dónde iba a dormir, qué iba a comer, nada. Yo armé la moto, es más no tenía ni las alforjas para esa moto, porque es una moto nueva, no tenía carpa, no tenía nada, mis amigos me prestaron y yo ya estaba a dos semanas  de la salida.  Salí el 26 de diciembre, un día después de lo planeado y organicé mi negocio, las cosas de mi hijo y me largué”. 
Luego de salir de Posadas, este motoviajero tomó la ruta 16 y en sólo un día y con casi 1.000 kilómetros recorridos llegó a la provincia de Salta. “Fui por la ruta que va por Monte Quemado y esa zona, desde Salta fui directo hasta La Quiaca y ahí ya crucé a Bolivia, donde me fui directo al Salar de Uyuni”. 
“Ese salar es como infinito, es tan grande que no llegás a ver el horizonte y cuando llueve y se llena de agua parece un espejo, parece el cielo. Ahí se me ocurrió acampar en el Monumento de las Banderas y a consecuencia de eso la moto se me rompió. Cuando yo ingresé al salar había muchos charcos de agua y se llenó de sal todo el motor; cuando uno mete en esos lugares un vehículo, ese mismo día ya se tiene que lavar, y yo lavé como tres días después, allá ya en el Desierto de Atacama, en Chile”.  
Durante todo su viaje, Matías estuvo constantemente conectado con motoviajeros de toda la zona, que le indicaban quién podía hospedarlo para pasar la noche. “Experimenté mucho lo que son las comunidades para motoviajeros. Yo por ejemplo si estaba en una ciudad, antes de llegar a la próxima preguntaba si había apoyo y si alguien se ofrecía, entonces yo me ponía como objetivo en el día llegar a esa ciudad próxima. Entonces esa noche yo tenía lugar donde dormir, en cambio si no tenía, me iba a algún camping o a un hostel”, explicó.  
Gracias a estos grupos pudo pasar el Año Nuevo acompañado, en un club con más personas que entendían su pasión. “Desde Bolivia tenía que llegar a una frontera con Chile. Recién el 31 de diciembre pasé a Chile y cuando llego a Calama yo ya me había contactado con gente de Perú  y ellos a su vez me hicieron contacto con gente de Calama, para que pase Año Nuevo con ellos. Era un club de motos y al otro día ya me fui a para la costa del Pacífico, ahí estuve en Quiquel y Arica, que es frontera con Tacna (Perú),  ahí yo seguía subiendo”.  
Más allá de la aventura y el hecho de conocer paisajes distintos al misionero, Cott afirma que el vínculo con las personas que encuentra en el camino es lo que lo lleva a continuar viajando.
“Cuando yo inicié los viajes, era por curiosidad absoluta de conocer lugares, pero después me di cuenta de que el sentido de los viajes que yo hacía y lo que empezó a motivarme era la gente, la gente que uno va conociendo, eso es lo más increíble para mí. Había una montaña con una casita y yo quería saber quién vivía ahí  y eso me pasaba en Bolivia. Yo me iba hasta esa casita solitaria y empezaba a hablar con esa familia que ahí vivía”. 
De todas formas, Matías trataba de no detenerse mucho. Tenía un tiempo determinado para llegar a destino y parar significaba una gran pérdida de tiempo. “De Arica pasé por Lima y de ahí seguí hasta Mancora. En Mancora tuve un problema con la moto que me retrasó tres días. Es una ciudad súper linda, muy turística. Cuando iba saliendo ya para la frontera con Ecuador se me paró la moto, no iba para ningún lado, fue en plena ruta, no había nadie. Así que ahí me quedé, llamé a mi mecánico (siempre tuve señal porque en cada país que yo llegaba cambiaba de chip, entonces tenía activo internet con mi número)”. 
“La moto se paró a consecuencia de lo que me pasó en Bolivia con la sal. Espere una hora por ahí y pasó una moto que me remolcó hasta Mancora de nuevo, pero ahí los mecánicos son muy básicos, sabían todo de moto a carburador y mi moto es a inyección. El mecánico no podía hacerla arrancar, me desarmó completo el motor y le dije que por favor me arme y si podía conseguir una camioneta para llevar la moto a la concesionaria más cercana de la marca. Así me fui 200 kilómetros para atrás, para una ciudad que se llamaba Piura y era una pavada el problema, era una bobina que se había sulfatado por la sal”.  El tiempo comenzaba a apremiar ya que el 15 de febrero Matías debía presentarse a trabajar y tres días de demora significaban menos tiempo en Colombia. Una vez solucionado el problema siguió el viaje para cruzar hacia Ecuador. 
“Llegué a la frontera con Ecuador. Hice toda la parte de cordillera, hacía mucho frío, nunca sentí tanto frío, todo enero ahí estaba helando y en toda parte de la cordillera que es súper alta fue terrible. De ahí seguí, me fui hasta la mitad del mundo. Estuve en los museos históricos y también hubieron un montón de lugares que yo me pase porque tenía poco tiempo. De Quito me fui hasta Tulcán, ahí está la frontera con Colombia”.   

Situación extraña
Antes de llegar a la región colombiana del Eje Cafetero, el GPS de Matías dejó de funcionar. La ciudad de Cali es llamada la capital mundial de la salsa y se caracteriza por ser una de las más bellas del país, pero nuestro motoviajero, en búsqueda de un amigo que lo hospedaría, ingresó en un barrio donde casi se perdió y además le ocurrió algo extraño.  
“Había cables por todos lados y era muy oscuro. Yo iba despacito porque tenía que encontrar la casa donde me iba a hospedar. De repente aparece un hombre en moto al lado mío y me dice ‘hermano, ¿vos que estás haciendo acá? Me di cuenta de que sos extranjero, por eso vine. Alguien te miró para robarte y por eso te voy a acompañar’, me dijo y para mí fue como un ángel porque me acompañó hasta que apareció la gente de tránsito y llamaron a mi amigo para que me venga a buscar”.
De todo el recorrido transitado lo que más destaca Matías es el buen trato de la gente. En todos los países a los que llegó se encontraba con alguien dispuesto a ayudar. El viaje siguió y luego de pasar la noche en Cali, continuó su viaje hacia el Eje Cafetero, donde pudo admirar la belleza de las montañas y la vegetación del lugar. 
“Hice la ruta del sol que pasa por unos pueblitos súper lindos, súper coloridos, con muchos paisajes, muchas montañas. Ahí se cosecha mucho café. Ahí nace el café colombiano puro”. 
“En cada país al que yo llegaba, siempre trataba de probar comidas típicas; ahí probé el café, que es mucho más suave y más rico. En Perú probé ceviche, que es un salteado con cebolla y salsa picante. La comida de ellos es súper abundante, el desayuno de ellos hasta que podría ser un guiso de fideos”.  
Matías llegó a destino: después de miles de kilómetros arribó a Colombia. Allí recorrió también varias ciudades y la solidaridad de la gente. “En Colombia estuve en ferias, en museos, en la región de Antioquia, en el Puente de Occidente de un pueblo que se llama Santa Fe, es medio casero, pero tiene muchos años. Cuando llegué a Medellín me alojó un chico, estuve seis días en esa ciudad y fue una de las que más me gustó. Toda la ciudad tiene sendas para bicis, tiene estaciones de bicicletas, es muy organizado, muy limpio y está todo rodeado de montañas”. 
“De ahí me fui hasta Turbo, ahí también me alojaron. Esa ciudad es muy comercial, está llena de negocios y había muchísima gente, barquitos, canoas por todos lados. De ahí seguí haciendo toda la costa hasta llegar a Cartagena. Ahí yo quería quedarme a acampar, pero no pude. Llegué a la zona de playas, había muchísimos turistas y vendedores de paquetes turísticos, yo compré uno y me fui a una isla para conocer los pescaditos de colores y los corales. Las playas son terriblemente lindas, no me quedé mucho pero de todas formas pude conocer una isla. De ahí me fui hasta el centro de Cartagena y quedé en un hostel dos noches y llegué a Santa Marta. Eso fue lo más alto que llegué, desde ahí comencé a bajar hasta Bogotá, tenía mil y pico de kilómetros, los hice en casi dos días y en ese viaje ardía el asfalto, esta vez me morí de calor”. 
Matías llegó a la meta, por fin iba a cumplir la promesa que le hizo a su amigo Cristian. Llegó a Bogotá y se encontró con la familia del motoviajero que había conocido en hacia años atrás. “Cuando estaba llegando, vi la cripta de mi amigo, que había fallecido en la ruta y al costado le hicieron su cripta. Me quedé un rato y le dejé una dedicatoria. Al otro día conocí a su mamá, estuve en su casa y ahí fue un poco triste, claro. Con su familia anduvimos paseando por el centro de Bogotá, comimos arepa, bandeja paisa, aguapanela que es como un  té con un queso adentro, y también paseamos por los museos. Me despedí un lunes y empecé mi regreso por Amazonas”. 

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