Gotas de Sofía - El Territorio Misiones

Gotas de Sofía

Domingo 9 de agosto de 2020 | 07:30hs.

Por Alejandro Joves

Cuando me citó en el bar, dudé. Mi criterio profesional no me permitía dejar las cosas a medias, así que fui.

Mis zapatos se estropeaban con la lluvia, las solapas levantadas del sobretodo me protegían del desagradable tiempo que azotaba la noche, tiene razón el viejo Kulicoskiev que en la calle Colón el viento es hostil. Por suerte el cigarrillo se consumía rápido, pero no se apagaba.


El colectivo llegó a tiempo, valentía del chofer detenerse a pesar de la oscuridad que reinaba en la parada. Mientras distribuía con mis manos las gotas que quedaron en mi ropa pude ver que no había tanta gente en el urbano. La noche trae consigo caras que de día parecen ausentes. El miedo acorrala como siempre mi cuerpo y tengo que decidir si esquivo la mirada o dejo salir el monstruo que me habita.

Por supuesto que tenemos diferencias, él va de ropas sueltas y con un pantalón que pide a gritos ajustarse, ofrece una risa burlona mostrando su lengua de lagarto y la música fuerte en su celular molesta a todos, pero nadie dirá nada. Yo voy de traje barato y con un piloto que necesita unos parches y van tres noches sin dormir por el dolor de muelas. Como dije, no me gustan las cosas a medias, me acerqué y estirando del piercing que llevaba en la ceja le pregunté si tenía algo para decirme. En medio de los gritos miré hacia los costados, pero nadie objetó lo que sucedía, el chofer miraba por sus espejos pero seguía atento al camino. Toqué el timbre y en la parada siguiente lo tiré por la escalera.

Me bajé en la rotonda y la llovizna parecía no querer caer, flotaba en un desmedrado vaivén. El ruido barato del cartel luminoso “Bar” me traía recuerdos de juventud, las baldosas como minas antipersonales me las conocía de memoria, al igual Brenda, que espera bajo la lluvia salvar la noche.

Me senté en la barra y pedí una manija con espuma. Las gotas de mi frente llegaban al jarro rebosante de cerveza. Cuando escuché su voz todo se volvió un oscuro silencio.


-¡Viniste! Qué bueno.

-Sí vine —dije — pero sabés muy bien que es por la guita. Así que decime rápido lo que necesitás y me voy de este antro.

-Quiero que lo mates, me está haciendo la vida imposible, cuando te dejé a vos no pasó esto.

-Tratá de enfocarte en el caso

-interrumpí- lo nuestro está muerto y bien enterrado.

-Está bien, tranquilo, estoy un poco nerviosa, traje los diez mil, la otra parte cuando esté realizado.

Deslizó un paquete forrado sobre la barra que de inmediato lo puse en el bolsillo interior del saco. No necesitaba contar la plata, lo único que había quedado entre nosotros era la confianza en los negocios.

Paré un taxi y le dije el domicilio al conductor. Cuando estuve frente al galpón sentí serias ganas de abandonar la tarea. Esperé en la vereda unos minutos para tentarme con huir. Entré al tinglado por una madera que estaba floja. El olor a aserrín mojado y barniz derramado por el suelo comenzó a despertar una alergia con desagradables recuerdos a mi niñez. Me acerqué a Zeus, lo conocía, había sido mi perro, dejé que me examine con su hocico, la luz que se colaba en las rendijas me ayudó a que pueda degollarlo sin verle la cara. Mi alma, si es que quedaba algún retazo, se fue con mi ex mascota.

Amaneció a las 6:45, el frío entumeció mis labios y esconderme bajo el torno fue el puntapié inicial para una contractura en el cuello que me hacía ver las estrellas. La puerta se abrió. Lucas, mi hermano mayor, se paró frente a las térmicas para encender las luces, lo tomé por la espalda y deslicé el filo por su garganta. Lo solté y se dio vuelta tomándose la herida que sangraba más allá de sus manos. Nos miramos y en sus ojos habitaba el infierno de ambos. Cayó sobre la fresadora inundando de sangre la carpintería.

Volví al bar a la noche siguiente a buscar mi paga. Pero esta vez cité a Sofía en la parte de atrás, cuando me entregó la otra mitad, usé el mismo cuchillo para atravesarle el pecho. Tapé su boca tan fuerte que me lastimaron sus dientes. Los veinte mil fueron para Brenda.

En la escena del crimen se encontró una nota escrita en una hoja sin renglones, amarilla por el sol del tiempo, roja por las gotas de Sofía.



“Sangran las traiciones y duelen los ausentes;

Busqué en mi alma tu nombre, tu cara.

Te juro que mi mente no para, te juro…

Estaré mientras me queden días,

llorando las gotas de Sofía”.

Relato inédito. Joves reside en Oberá. Publicó en varias antologías.

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