Feitiço

Domingo 26 de julio de 2020 | 04:30hs.

Elsa Leonor Pasteknik Ryndycz

Escritora

A unos cientos de metros corría el río Uruguay; se avistaban enmarcado entre dos grupos de árboles, que se cortaban en una quebrada divisoria de dos cerros. Una canoa cortaba sus aguas que aparecían azul y plata, en idas y venidas, mientras su tripulante recorría un espinel. Casitas como el juguete, todas parecidas, todas de techos rojos parecían en la otra costa, en territorio brasileño.


Doña Pola cebó un mate despaciosamente. Estaban sentadas las dos mujeres en el patio delantero de la casa de madera, en el patio que daba a la calle y que tenía algunas pretensiones de jardín. Doña Dulce se sorbió los dientes. Una miga de bizcocho le molestaba en el hueco del diente cariado.

Hacía calor, mucho calor en aquella tarde de diciembre. Para colmo, las lluvias habían sido escasas y, como es bien sabido, en Misiones, quince días sin lluvia ya son seca. El polvo, casi impalpable, lo cubre todo con un velo rojizo, basta que pase un caballo al tranco para levantar nubes de tierra.

Tañeron las campanas de la iglesia llevando su tañido, como eco, una nube de palomas.

-¡La pucha! ¡Ya son las siete! comentó doña Pola pasando un mate a su amiga.

- ¡Ummm…ya…! Y yo te vine visitá como a las cinco…, vi en el reló de la estafeta la hora…

En dos horas de charla los temas estaban agotados. Pasaron por la saliva y lengua de las mujeres honras y honores, enfermedades, partos, casamientos, noviazgos, críticas acerbas, observaciones mal intencionadas, sospechas, etc. Estaban, casi silenciosas rumiando alguna nueva.

Se sintieron unos pasos en la vereda de tierra. Ambas se volvieron hacia donde iba a aparecer el caminante. Un cerco de ligustrina lo escondía. Pasó frente a ellas una linda quinceañera. No las miró, ni las saludó. Llevaba la cabeza bien erguida y miraba hacia el frente, fija la vista en el horizonte.

- ¿La viste? ¡Esa odiosa! ¡Parece que cree que es hija e’ rey! -dijo doña Pola.

- ¡Creída como caballo parejero, la hija de p…! ¡Yo quisiera saber si tiene ese cuerpo solamente de comer mandioca…! -expreso, malévolamente, doña Dulce.

Benigna las oyó porque no hablaban despacio, casualmente. Las oyó pero se rió de ellas entre sí. ¡Viejas de mierda! pensó. ¡Claro! ¡Como no le hice caso al hijo de doña Dulce, están resentidas! ¡Y, ni al hijo de doña Dulce, ni a nadie…que se creen! Doña Pola dejo pasar un rato y medio, con mala intención la espeto a doña Dulce:

_ ¿Y tu hijo, el Pocho… no dice nada? -No… él es muy orgulloso… aunque debe sufrir el desengaño… ¿eh?

-¡Lástima de muchacho! ¡Mire que arruinarlo así esa…!

-¡No te aflija vo! ¡Yo tengo mi remedio para esa y no se me ha de escapar! ¡Ni nunca!

Y las últimas palabras de doña Dulce fueron dichas con fiereza, casi como escupidas, y entrañaban una amenaza cierta. Doña Pola, que la conocía, se estremeció. No preguntó nada porque el frío que le corrió por la espalda, fue suficiente advertencia. Días después, pasaba Benigna por el Correo. La estafetera la llamó a gritos, sacando la cabeza por la ventana:

-¡Benigna! ¡Benigna! ¡Vení que acá hay una carta para vos!

- ¿Para mí? ¿Tas segura?

-Y… si no te cambiaste el nombre, como las artistas, es para vos. Acá dice Benigna López…y la única del pueblo sos vos…

Benigna tomó emocionada el sobre. ¿Quién podría escribirle a ella? Nunca en su vida había recibido una carta. No tenía parientes lejos del pueblo. No tenía novio, ni amigos, fuera del pequeño villorio...quién… No abrió el sobre de camino. Lo iba palpando y estudiando atentamente. Era grande, ordinario, amarillo. No tenía remitente y era carta simple. El contenido era bastante voluminoso al tacto ¿Qué sería? Llegó a su casa y de entrada, nomás, pegó el grito: ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Recibí una carta!

- ¿Carta? -dijo la madre. ¿Carta? ¿Y quién puede escribirte a vos una carta? Y ya la miró medio con sospecha.

-No sé mamá… pero acá hay una carta para mí… ¿ve?

-Y bueno, pedazo de zonza, abrila a ver que es…Trémula, Benigna tironeó de la punta del sobre.

- ¡No! -intervino la madre-. ¡Así no! ¡No seas bruta! Tomá la tijera y cortá el sobre, se hace así, ¡hay que aprender un poco de educación…! Benigna cortó el borde del sobre con cuidado infinito. Luego abrió con su mano izquierda, mientras que con la derecha, movía la carta con la abertura para abajo. Algo comenzó a salir. Parecían dos cartones. Cayó un pequeño objeto sobre la mano, que evidentemente, estaba entre los dos papeles gruesos que contenía el sobre. Benigna quedo mirándolo, desencantada. La madre miraba también absorta.

- ¿Y eso…? -¿Qué es mama?

- ¡Parece un escarbadientes, m’ hija!

-¡Es un palito hueco, mama! -¿Una espina de pescau, será?

Benigna dejó sobre la mesa el pequeño objeto y abrió del todo el sobre. Adentro, entre los cartones, solo había una mancha amarillenta y mal oliente.

- ¡La pucha, que son jodido…mire que judear así!, rezongó la madre. ¡Agarrá esas porquerías y echalas al fuego…, si parece como cosa de hechicera…, eso mismo parece…!

Perpleja y algo atemorizada, Benigna llevó la carta y el “palito hueco” y los dos papeles, gruesos, marrones. Pero el trozo, con la forma de la mancha amarillenta, quedó brillando como una brasa. El “palito hueco”, también. De pronto, y como al unísono, el primero produjo un humo rápido y denso, y el segundo saltó explotando como una chispa. Benigna, que había cerrado instintivamente los ojos, sintió un leve golpe en su vientre y un ardor raro. No le dio importancia. Su madre seguía rezongando en el dormitorio.

Siguió el tiempo su curso. Llegaron las lluvias. Los pájaros hicieron su segunda puesta y criaron sus hijos. La zafra de la yerba comenzó a festonear los caminos de ramitas que lucían hojas verdes, coronando de esmeraldas, destinadas a marchitarse, los rojos trazos de tierra. Carros y camiones andaban de chacra en chacra y se cargaban hasta los topes con “raídos” de yerba que reventaban con su contenido. Los bolicheros tenían sonrisas de satisfacción que iluminaban sus rostros: llegaba el tiempo de la buena plata para todos, el tiempo de la zafra de la yerba. Y en las banquinas, las botellas abandonadas daban fe de que había dinero y que el dinero se gastaba.

Pero Benigna estaba enferma.

Tuvo fuertes dolores de vientre y vómitos por la mañana. No podía comer. Se descomponía y desmayaba a menudo.

-¿Que anduviste haciendo vos, muchacha? -inquirió la madre.

-¿Haciendo? ¡Nada mamá…nada…! - ¡Pero si vos estás creciendo…!

-No mamá…no… me siento mal… enferma… no puedo más…

La madre decidió un día que había que hacer algo definitivo. Decidió llevarla a lo de don Propicio, un “dotor” serrano, de cuyas mentas estaba enterada a través de hechos y curas milagrosas. Para llegar a él había que hacer un largo camino. Primero en ómnibus hasta Alem, de allí tenían que tomar el que iba de Alem a San José. Después en la Sierra, las esperaba un carricoche que ya un serrano que se había dado cuenta del “negocio” tenía preparado para los “pacientes” de “Don Propicio”.

Llegaron al “dotor”. Los esperaba -les dijo-. Esa mañana había tenido un “aviso” de que vendría a verlo una madre afligida. Y como nunca se equivocaba veía que tenía delante a la madre afligida que el “aviso” le había indicado. ¡Y como se iba a equivocar, si era “dotor”! Y allí estaba la hija seguro con “feitiço”…

Quedaron asombrados del saber del hombre aquel. ¡Era tal cual se lo habían dicho! Don Propicio la palpó a la Benigna. La miró a los ojos. Puso un vaso con agua sobre su vientre, que comenzó a hervir y a formarse en él las extrañas figuras oscuras.

- ¡… la menina non teim remedio…! -más que dijo, masculló don Propicio.

-¿Qué dice don Propicio?  

La miró a la madre y la llamo aparte.

-Decía que non teim remedio…teim un feitiço bein graudo… eh… graudo… sí. La siguió hablando a la madre. Ella asentía. Ella lloraba. Siguieron hablando.

Benigna, sentada en el patio, perdía su vista en el paisaje. Las sierras se le antojaban azules, manchadas aquí y allá de verde oscuro picado por las rojas estrías de senderos y picadas. El cielo ostentaba dos nubes blancas, redondas, que oscurecían partes del paisaje cuando paseaban ante el sol. Los carayás a lo lejos bramaban: iba a haber cambio de tiempo. Una araña cortaba en radios el paisaje mientras subía y bajaba teniendo su tela. La saeta tornasol de un picaflor se perdió en el cielo, después de haber rozado con su piquito, una flor. Los perros jadeaban rodeándole, echados en el suelo. Uno de ellos dormía bajo la rústica silla. Y algo monstruoso crecía dentro de ella. Benigna sufría. Apretaba un pañuelo, que ya era una bolita húmeda de trapo.

Se fueron de nuevo al pueblo: la madre lloraba, cada tanto un hipo la conmovía. No supo cuánto tardaron en llegar, ni cómo llegaron. Volvió el tiempo de despunte de la yerba, y con el volvieron a poblarse los caminos de camiones y carros cargados de gentes que en las mañanas luminosas se dirigían a la tarefa. Se bordearon nuevamente los caminos de ramitas y de hojas de yerba.

Y Benigna empeoraba. Su vientre era una muda acusación, que daba pasto a los comentarios crueles de las comadres. Su voz doliente y desmayada desmentía la evidencia continuamente. Su madre, cada vez más callada, meditaba… y ya no lloraba más. Se había vuelto hosca, seca, dura como un trozo de urunday. Y doña Dulce y doña Pola se codeaban y reían, despreciativas, cuando la madre de Benigna pasaba frente al rancho, cuando ellas hacían sus interminables sesiones de mate y chismes.

Un día llegó la partera. Todos se imaginaron lo que era… pero… ¿de dónde venía? Nunca se la había visto por el pueblo. Era una viejita arrugada, pequeña patizamba, con el pelo completamente blanco atado con un pañuelo negro… y ella no podía desmentir que también lo era, una autentica descendiente de africanos.

En Misiones cada tanto se ve una negra. Suelen venir de Brasil. Pero esta hablaba castellano. Una de las vecinas aventuró:

-A esa yo la conozco… ¿No es la mujer de don Propicio, el “dotor”? A mí me parece que es…

La madre lloraba ahora silenciosamente, en el cuarto donde se quejaba Benigna. La viejita hizo encender un gran fuego en un rincón, bajo una ventana que daba al patio. El calor ya era mucho y aumentaba con aquella fogata. Las vecinas fueron obligadas a salir. La enferma transpiraba copiosamente y sus ayes eran desgarradores. Se cerró la puerta. Las comedidas quedaron afuera. Adentro solo la madre, la enferma y la comadrona. Las curiosas hacían comentarios y ninguno de esos comentarios era favorable a Benigna. Todo se centraba en quién habría sido el padre de la criatura por nacer.

Fueron interrumpidos, en su parloteo, por un grito desgarrador. Después, silencio. Una exclamó: ¡Ya está! Las otras, un poco intimidadas, no dijeron nada. Otro grito. Pero ahora ronco, infrahumano.

- ¡Jesús! ¿Y eso? –exclamó una. ¡Nunca escuché algo igual!

Un humo denso aceitoso –que esparcía raros y nauseabundos olores y en el que se entreveraban el olor a cuerno quemado, a carne putrefacta, azufre, estiércol y otros indiscernibles- llegó a las mujeres. La exclamación fue unánime: ¡Dios mío! Y ahora… ¿Qué pasa? Salió la madre tiesa, seria, los labios apretados y las miró como sin verlas.

-Doña Amelia… doña Amelia… diga… ¿Qué fue? ¡Ah que nene…!

La madre no contestó nada. Las apartó y se alejó. Detrás venía la partera; ella sí contesto. Dijo:

-No fue nada… la Benigna murió ya… y parió un erizo… sí… un erizo… yo lo quemé vivo y ahora será lo que Dios quiera que sea… Don Propicio ya dijo: arte de feitiçero… un feitiço…Y era la hora del mate. Doña Dulce y Doña Pola sorbían, una vez más, junto al rancho sus diarios mates.

-¿Habrá parido ya? -Más que preguntó, se dijo doña Pola. -¡Y con dolores! Te aseguro…-contestó doña Dulce.

Una niña venía corriendo por la calle, levantando nubecitas de tierra con sus pies descalzos, polvo que la seguía como mordiendo sus talones.

- ¡Maaamá! ¡Maaamá! ¡Vení maaamá, vení…! -gritaba llorando mientras corría.

-¡Pero si esa es tu hija, mirala! -exclamó Pola.  -¡Pero qué pasa, mi hijita! ¡Venga… no llore…!

Entre sollozos la niñita, ahogándose, decía:

-¡El Pocho mamá! El Pocho mamá…

-¿El Pocho? ¿Qué le pasa…? -¡Se revuelca en la cama, mamá! ¡Se revuelca y dice que se está muriendo! ¡Que un erizo le está comiendo las tripas! ¡Vamos, mamá… vamos…!

En el mismo cementerio, al otro día, el pueblito contempló dos entierros casi al mismo tiempo. Pero una sola madre acudió: la madre de Benigna. Seria, dura, sin lágrimas. Hay quien dice que, cuando pasó por el caminito de tumbas frente a la tierra removida que contenía el cadáver del Pocho, escupió sobre ella.

Pasteknik Ryndycz es investigadora científica del Conicet. Epistemóloga.

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